El Proceso Psicoanalítico en la Adolescencia

El Proceso Psicoanalítico en la Adolescencia

Metapsicología  y clínica

Dr. Luis Kancyper*

1) Introducción:

No resulta cierto el apotegma: “simplex sigillum veri”. La simplicidad es el sello de la verdad.

La adolescencia requiere una explicación de un nivel teórico-clínico de mayor complejidad.

En ella se contraponen múltiples juegos de fuerzas dentro de un campo dinámico: los movimientos paradojales del narcisismo en las dimensiones intrasubjetiva e intersubjetiva  y las relaciones de dominio entre padres e hijos y entre  hermanos.

Lo que caracteriza a la adolescencia es el encuentro del objeto genital exogámico, la elección vocacional más allá de los mandatos parentales y la recomposición de los vínculos sociales y económicos. Y lo que la particulariza metapsicológicamente a este período, es que representa la etapa de la resignificación retroactiva por excelencia.

La instrumentación del concepto del a-posteriori posibilita efectuar fecundas consideraciones clínicas.

En este sentido, el período de la adolescencia sería a la vez un punto de llegada y un punto de partida fundamentales.

Es a partir de la adolescencia como punto de llegada, que podemos colegir retroactivamente las inscripciones y traumas que en un tiempo anterior permanecieron acallados en forma caótica y latente y  adquieren, recién en este período, significación y efectos patógenos.

Por eso sostengo que “aquello que se silencia en la infancia suele manifestarse a gritos durante la adolescencia”. (21)

Y como punto de partida, es el tiempo que posibilita la apertura hacia nuevas significaciones y logros a conquistar, dando origen a  imprevisibles adquisiciones.

En esta fase se resignifican por un lado las situaciones de traumas anteriores, y por el otro, se desata un recambio estructural en todas las instancias del aparato anímico del

 

*Dirección: Güemes 2963 Piso 10. Buenos Aires. CP (1425). Argentina. E-mail: kancyper@sinectis.com.ar

el reordenamiento identificatorio en el yo, en el superyó, en el ideal del yo y en el yo ideal y la elaboración de intensas angustias que necesariamente deberá tramitar el adolescente y también sus padres y hermanos para posibilitar el despliegue de un proceso fundamental para acceder a la plasmación de la identidad: la confrontación generacional y fraterna.(21) Esta requiere, como precondición, la admisión de la alteridad, de la mismidad y de la semejanza tanto en los progenitores, como en el hijo y entre los hermanos. Para lo cual, cada uno de estos integrantes requiere atravesar por ineluctables y variados duelos en las dimensiones narcisista, edípica y fraterna.

Estos recambios de objeto, originan elevadas tensiones caóticas y displacenteras por la simultánea resignificación de la historia infantil en el adolescente y de los capítulos congelados y reanimados del pasado infantil y adolescente en sus hermanos y progenitores.

En este trabajo desarrollaré los siguientes temas:

  1. El proceso psicoanalítico. Metapsicología y clínica.
  2. Las autoimágenes narcisistas.
  3. Los complejos de Edipo y fraterno.
  4. El hijo-progenitor y el hermano-progenitor.
  5. El reordenamiento identificatorio y la confrontación generacional.

Estos temas serán ilustrados a través de un caso clínico.

 

2. El proceso analítico. Metapsicología y clínica

 

Dentro del vasto abanico que este tema convoca, me centraré específicamente en uno. Aquel relacionado con los indicadores clínicos y los fundamentos metapsicológicos que orientan acerca de la existencia de un proceso o de un no proceso en el psicoanálisis con adolescentes.

El resorte del proceso analítico se define como una repetición transferencial,  cuya interpretación permite una rememoración de lo reprimido y escindido y su eventual elaboración.

El proceso analítico presenta una alternancia de momentos de proceso y de no proceso, como trabajo de recuperación de obstáculos que determina su fracaso o su éxito.

El no proceso analítico es cuando el proceso tropieza o se detiene, siendo sus manifestaciones más complejas a descubrir  por la aparición de los indicadores positivos utilizados para disimular la existencia de un proceso que, en realidad, se disfraza de movimiento, pero permanece estereotipado.

El proceso analítico apunta a un cambio estructural del adolescente, a la reestructuración de la personalidad por medio de la elaboración.

La elaboración, representa lo esencial del proceso analítico. Confiere al tratamiento psicoanalítico su sello distintivo.

Si bien el método psicoanalítico reconoce como objeto fundamental “el hacer consciente lo inconsciente”, éste, en realidad, es el punto de partida. No confundir este comienzo con el análisis todo. El resorte y el paso más importante del proceso de análisis lo marca la durcharbeiten, el trabajo de elaboración. Freud lo considera como el principal factor de la eficacia terapéutica. (Recordar, repetir y elaborar.1914)

Laplanche y Pontalis definen a la elaboración como: “proceso en virtud del cual el analizante integra una interpretación y supera las resistencias que ésta suscita. Se trata de una especie de trabajo psíquico que permite al sujeto aceptar ciertos elementos y librarse del dominio de la insistencia de los mecanismos repetitivos”.(25)

La necesidad de la reelaboración se basa en poder vencer la fuerza de la compulsión a la repetición, la atracción que ejercen los prototipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido. Se interrogan si parte de la elaboración la cumple también el analista para ayudar a adquirir el insight en forma más duradera.

Porque todos sabemos que un insight  aislado no hace verano. (5) Se requiere del trabajo silencioso y prolongado de la elaboración.

Esta pregunta nos enfrenta a una confrontación de los diferentes esquemas referenciales teóricos, que originan profundas distinciones entre los analistas; cómo enfoca cada analista  la situación analítica en la adolescencia y los roles del analizante, de sus padres y del analista en la misma, y al interjuego que se establece entre las realidades externa y psíquica y dentro de esta última, cómo entiende la dialéctica entre lo intrasubjetivo  y la intersubjetividad.

Algunos analistas privilegian exclusivamente la dimensión intersubjetiva sobre la intrasubjetiva, haciendo tabla rasa con un postulado freudiano fundamental: aquel que formula que el síntoma es un producto transaccional, efecto del conflicto entre los sistemas psíquicos; conflicto definido por la represión y en última instancia, por el carácter de las representaciones sexuales que operan atacando constantemente al sujeto bajo el modo de compulsión a la repetición, es decir, de la pulsión de muerte. Mientras que otros, enfatizan en exceso los influjos de la realidad externa, pudiendo llegar a la disolución del carácter intrasubjetivo del conflicto psíquico que da lugar al síntoma.

 

2.1)Indicadores Clínicos y fundamentos metapsicológicos

 

Según Freud, los indicadores que informan acerca de la existencia o no de un proceso analítico se revela por el vencimiento de la amnesia infantil, la recuperación de los recuerdos reprimidos y escindidos y el análisis sistemático de las resistencias. Y además, no olvidemos, que el sentido de la historia, constituye un indicador esencial de lo que hay que develar en psicoanálisis.

El concepto de campo analítico acuñado por Willy y Madé Baranger (2) aporta valiosos indicadores clínicos para la evaluación de la existencia o no de un proceso.  Señalan que: “la fluidez de un discurso no bastaría si no se acompaña de la presencia de una circulación afectiva dentro del campo.”

La vivencia pura no cura. Sólo la convergencia de ambos indicadores (variación del relato y circulación afectiva) nos informa cabalmente sobre la existencia del proceso, para lo cual el analista requiere escuchar al analizante con su mente y con sus afectos. (3)

La dialéctica entre producción y resolución de la angustia y las transformaciones cualitativas de ésta jalonan el proceso.

El indicador más valioso son los momentos de insight, pero todavía queda por diferenciar el insight verdadero y el seudoinsight destinado por el sujeto a auto-engañarse y engañarnos acerca de su progreso.

El insight verdadero se acompaña de una nueva apertura de la temporalidad. La temporalidad circular de la neurosis se abre hacia el porvenir.

La clínica y la metapsicología son interdependientes.

Los intentos de simplificación se pagan con una severa limitación en el alcance explicativo de la vasta complejidad de los procesos anímicos y la adolescencia nos invita a la búsqueda y reformulación de la metapsicología a partir de los interrogantes que nos formula nuestro quehacer analítico.

A continuación, expondré cuáles son, en mi esquema referencial, teórico, los cuatro ejes metapsicológicos más salientes que me orientan en la detección de la existencia de un proceso o de un no proceso en el psicoanálisis con adolescentes. Estas guías metapsicológicas, apuntan a revisar si han sido suficientemente elaborados los siguientes temas:

 

 

  1. a) Las autoimágenes narcisistas.
  2. b) Los complejos materno, paterno y fraterno.
  3. c) El reordenamiento de las identificaciones.
  4. d) La confrontación generacional.

 

 

a) Las autoimágenes narcisistas

 

 

Las autoimágenes narcisistas son soportes figurativos que representan al “sentimiento de sí”, al sentimiento de la propia dignidad (Selbstgefühl). Operan como los puntos de partida desde los cuales el adolescente se relaciona consigo mismo, con el otro y con la realidad externa. Intervienen como los referentes constantes que de un modo continuo participan mediante el a posteriori, en la estructuración y desestructuración de su singularidad.

Estas imágenes persisten e insisten de una manera autónoma a la voluntad, no cesan de funcionar, quedando el adolescente paradójicamente girando alrededor de sus propias autoimágenes como dando vuelta atado a una noria, pues las autoimágenes narcisistas son: desconocidas, fundamentales y singulares para cada sujeto. Desconocidas, por estar constituidas por una multiplicidad de procesos inconscientes que permanecen vigentes, desconociendo por lo tanto su valor dinámico. Fundamentales, por ser estructurantes del aparato psíquico. Singulares, porque se resume en ellas la historia psicoanalítica que particulariza a cada sujeto. Este asimila las autoimágenes y se transforma total o parcialmente sobre el modelo de las mismas. Es decir, se identifica: él es tales imágenes.

Las autoimágenes narcisistas son representaciones- encrucijadas que satisfacen al yo la necesidad de encontrar y organizar una figurabilidad de convergencia- coherencia.

En el año 1909 Freud emplea el término imagen viva de si mismo extraído del Fausto de Goethe, parte I, escena 5: ”El ve en la hinchada rata claro está, la viva imagen de si mismo”. Y describe entonces al “Hombre de las ratas” quien “frecuentemente había sentido compasión de esas pobres ratas. El mismo era un tipejo así de asqueroso y roñoso, que en la ira podía morder a los demás y ser por eso azotado terriblemente. Real y efectivamente podía hallar en la rata la viva imagen de si mismo”.

Considero que en todo proceso analítico se requieren poner en evidencia y elaborar las autoimágenes narcisistas que particularizan a cada analizante y a sus fluctuaciones.

Revelar los procesos inconscientes que han intervenido en la constitución de las mismas y el núcleo de verdad histórica, en singular o en plural, en torno de los cuales se han construído.

El quehacer analítico requiere desmontar las autoimágenes narcisistas y la polisemia ligada a ellas y revelar las creencias psíquicas que subyacen a las  mismas. Condiciones esenciales de nuestra tarea analítica para que el analizante al desactivarlas, acceda a reestructurar su biografía, para transformarla en su propia historia y por ende ser, en gran medida, autor suficientemente responsable y no espectador pasivo e inerme víctima de un inmutable destino. (15)

Adrián, veía en el “burrito carguero” la viva imagen de sí mismo. Esta era una de sus autoimágenes narcisistas mas privilegiadas, en la que convergían una multiplicidad de procesos inconscientes que develaban y sostenían a la vez su Selbstgefühl, su sentimiento de autovaloración y de dignidad que satisfacía sus mociones narcisistas y masoquistas. El era el que soportaba estoicamente el sobrepeso de los mandatos parentales y obligaciones fraternales, para redimir las angustias y culpas del medio familiar. El Hacedor martirizado.

Las autoimágenes narcisistas son de compleja edificación y de aclaración difícil.

Adrián me había consultado a partir de la reiterada insistencia de su madre, a los 18 años, por el recrudecimiento de los accesos asmáticos que ya no remitían a los tratamientos médicos. Además estaba desorientado en su elección vocacional, cursaba en aquél entonces el último año de sus estudios secundarios y por la ingobernable violencia familiar que, según  la versión de ambos padres, se presentaba en forma progresiva  por la escalada agresiva que se presentaba entre Adrián y Flavia, su hermana mayor en tres años. Alejandra, que tenía 12 años, no participaba aparentemente de la vida familiar, “se hacía a un lado”(10), inhibiendo de un modo elocuente su crecimiento.

El padre de 50 y la madre de 48 años eran profesionales exitosos y exigentes consigo mismos.

Atareados por las demandas económicas y por elevadas aspiraciones intelectuales, no podían gobernar la violencia familiar que se originaba, en la mayoría de las ocasiones, a partir de la conducta provocativa, desestructurada y desestructurante de la hija mayor.

Faltaba una función parental vertebrante, para sostener y regular los desbordes de angustia y los pasajes al acto que solían precipitarse y de un modo súbito en los progenitores y entre los hermanos.

El conflicto fraterno tuvo efectos muy relevantes en la historia del “burrito carguero”. La presencia de una hija y hermana perturbada alteró profundamente la vida anímica de todos los integrantes, ocupando y anegando la economía libidinal de los espacios mentales parentales y como consecuencia, alterando la estructuración psíquica de Adrián y Alejandra.

El desafío tanático fraterno había sido uno de los ejes temáticos más repetitivos y conflictivos a lo largo de todas las fases de este proceso analítico.

Este caso reafirma, que el complejo fraterno no es un mero derivado del complejo de Edipo, ni tampoco un simple desplazamiento de las figuras parentales sobre los hermanos. Presenta su propia envergadura estructural. Representa una “vía regia” para acceder a la elucidación y procesamiento de las conflictivas edípica y narcisista con las que además se articula.

Así como cada sujeto posee una estructura edípica singular-particular caso mixto de la combinación de la forma llamada del Edipo positivo y negativo- configura también un irrepetible complejo fraterno, con sus componentes destructivos y constructivos.

 

 

La psicodinámica de la fratría se hizo presente desde las primeras sesiones. Su trabajo de elaboración se extendió a lo largo de todas las fases del proceso analítico, eclipsando el centro de la atención de Adrián.

 

 

a2)Los Carteles

 

 

Yo les tengo bronca a mis padres. Le consienten todo a Flavia y ella todo el tiempo exige cosas. Yo me pago todas mis cosas. Mi hermana se la pasa todo el tiempo jodiendo, exigiendo y pidiendo.

Mi vieja toma una actitud tan pelotuda. No la enfrenta. Jamás le dice nada. O sino se pelea a muerte con ella, pero después le termina comprando de todo.

Yo veo una injusticia con ellos mismos. Cuando a veces le plantean algo que Flavia no acepta, puede terminar la discusión en trompadas. Creo que muchas veces no le plantean las cosas para no pelearse y entonces es siempre lo mismo. Termina obteniendo lo que quiere y después yo me lleno de bronca con ella y ellos. Siento que mis viejos no pueden decirle: no. Yo trato de tomar parte, pero es muy poco.

Con mi hermana guardo un conjunto de sentimientos que no se los puedo expresar. Es algo especial. No me desahogo.

Le interpreto hasta en qué medida él, a semejanza de aquello que critica a sus padres, termina finalmente ahogando sus sentimientos y pensamientos y se somete también a los vaivenes de los caprichos de su hermana postergando lo propio.

 

Tengo un sentimiento de impotencia con todos. Como cuando vos ves que en el gobierno se tranza y se tranza, se coimea y se afana. Siento que a los viejos cada vez que les digo algo, es como si no les hubiera dicho nada y mi hermana es imposible. Cuando tenés una hermana famosa, que ocupa mucho espacio, te agarra envidia. Pero cuando tenés una como la mía, que crea una situación tóxica, te da ganas que desaparezca, o que se vaya lejos. Me da también un poco de lástima por ella, porque está perdiendo todo. Ya no estudia, no puede formar una pareja, No toca mas música, qué se yo, anda con esa locura de la indiferencia.

Cuando estamos bien, compartimos un montón de cosas. Así oscilo con ella, en la lucha entre la pasión y el odio. Yo siento que la quiero, pero es tóxica ¿me entendés?. Es como un hisopo radiactivo que emana radioactividad y todo lo contamina ¿qué querés que te diga?. Me siento impotente con ella y con mis viejos.

Le señalo que tal vez, su estado de impotencia guarde cierta relación con etapas anteriores compartidas con su hermana, cuando ambos eran chicos y en donde la diferencia de tres años de edad marcaba entonces una diferencia muy grande de poderes y derechos.

 

De chico mi hermana me pegaba mucho. Mis padres a veces intervenían y a veces no.    Yo nunca me quedé de brazos cruzados cuando me pegaba. Pero ella era más grande y me mandoneaba. Me acuerdo que yo tenía que correr a la mañana para ir al colegio  

 muy temprano porque a ella se le antojaba llegar la primera. En cuarto grado me enteré que entraban a clase a las 8 y 20 y ella me decía que era a las 8 y si no salíamos bien temprano me hacía un escándalo, que por mi culpa, iba a llegar tarde y yo salía poniéndome el guardapolvo con miedo y corriendo por la calle. Mi hermana me sometía. Me castigaba. Ella era muy grande, pero ahora no la veo más grande, sino como un centro habilidoso de dominio. Da y quita hábilmente para tener todo controlado.  Todavía ella maneja  la cancha en algunas situaciones.

Ahora la situación es completamente distinta que antes. Ya puedo abrirme más de su dominio, es un arte que lo estoy aprendiendo de a poco; pero siento que voy a poder. Le estoy tomando mas la mano a su forma de ejercer el dominio sobre los demás.(Pausa).

Flavia se ha colgado el cartel que a ella no se le puede pedir nada. Ella se lo ha ganado cagándose en todo el mundo.

Y yo tengo el cartel del “che pibe”, del “burrito carguero”que todo lo puede solucionar y cargar.

Y mi hermana Alejandra es otra intocable, no se puede contar con ella para nada. Se puso el cartel que dice: “chiquita y boba” y no es ni chiquita ni boba. Y mis viejos les ponen luces a los carteles. Cambia el tono de voz y con una mezcla de resignación y congoja dice: me parece que mis viejos no van a cambiar la situación de mis hermanas, pero yo sí. Me siento en medio de un remolino y la única solución es salir del remolino, porque si no, me voy a ir al fondo.

 

En esta sesión se pone de relieve la especificidad y articulación del complejo fraterno con las dinámicas narcisista y edípica. Sus influjos se ejercían incluso en la estructuración de la hiperseveridad de su superyó y en la determinación de la elección vocacional. El leit motiv de sus pensamientos era no ser como Flavia, oponiéndose reactivamente a ella, en lugar de buscar activamente un proyecto desiderativo propio.

 

Como mi hermana no quiero ser. Repetía en varias sesiones. Antes yo actuaba muy en oposición a lo que era Flavia. Me acuerdo de hasta conscientemente plantearme hacer algo completamente distinto a lo que ella hacía. Lo peor que me podía hacer mi viejo era decirme: sos igual a tu hermana. Otra variante de lo mismo era cuando me mezclaba con ella Yo creo que mi padre se equivocó al mezclarnos a mi hermana y a mí. Creo que era un mal recurso para buscarle la vuelta a su relación con mi hermana

Mi hermana se la pasa pidiéndole guita y no le reconoce nada; ¡es tan jodido lo que hace que a mí me da bronca! Si yo fuese mi viejo la golpearía. Mi viejo no sabe qué hacer. Si no le da guita, dice que se va de la casa. Si le da, le cuestiona porque recién ahora le da. Entonces mi viejo hace este planteo: no hay guita para nadie; hay una economía de guerra para todos. Creo que allí hay una deuda con nosotros. No porque nos deba algo, sino porque merecemos el reconocimiento de la diferencia. Alejandra sufre la misma circunstancia que yo. Esto me despierta mucha bronca, mucho rencor con mis viejos. Yo entiendo, pero está mal. Sé que es una postura difícil la de ellos porque se han propuesto todo el tiempo resolverlo. Tratan de llevar mejor su relación y hay momentos que se tranquiliza. Pero ante cualquier situación se dispara y se va al mundo. Está en el culo del mundo, llama por teléfono que se está muriendo de hambre y mis viejos van donde ella está, le mandan la tarjeta de crédito y encima ella dice que es la expulsada de la familia. Genera sentimientos de mierda y usufructúa de la situación. Ella se lanza a filosofar que es como un anexo de la familia. Pero es ella la que tiene un funcionamiento totalmente aparte. Viene, entra, sale. Es como un parásito, con la diferencia de que encima pide plata. Ya hace años que lucho para sacármela de encima, pero todavía no me la saqué del todo. Siempre me cargo con un sentimiento de culpa por todos.

En el tercer año del proceso analítico, los padres me anuncian que, independientemente del  tratamiento individual de Adrián, han decidido comenzar una terapia familiar porque la situación era ya insostenible.

Acuerdo con la propuesta, pero Adrián se resiste a participar al principio.

 

Yo creo que mis padres piden esta terapia porque es una manera de globalizar el problema para no ver que hay problemas puntuales. Probablemente su problema nos afecta a todos pero le pertenece a ella.

Ella es muy intrusiva, sobre todo es super-hinchapelota, se mete en todo, ¡qué carajo le importa lo que hago!. Yo soy como mi viejo, muy impulsivo. Cuando me enojo me pongo muy violento.  Mi hermana es muy sutil para sacarme de quicio. Me exaspera, me violenta y después el violento parezco yo.

A los pocos meses de iniciada la terapia familiar, Adrián decide, independientemente de Alejandra, no concurrir más a las sesiones y me relata cómo había enfrentado a Flavia y a sus padres ante la presencia del analista.

 

Y entonces le dije a Flavia: yo no quiero que te metas más en el medio, no me mezcles. Vos te seguís borrando de los problemas y vivís comparándote conmigo.

A mí, el viejo me presta el coche porque sabe que yo se lo cuido y que puede confiar en mí. Pero vos lo dejás tirado en cualquier lugar, ya se lo chocaste dos veces y no te hacés cargo de las responsabilidades. Entonces venís a casa y empezás a hacer escándalos: que es injusto, que a mi me dan el coche y a vos no y me empezás a mezclar con vos y el viejo finalmente tampoco me lo presta a mí. Entonces le dije: mirá Flavia; si querés tener tus cosas pelealas desde vos. Pelealas para vos y hacete cargo de lo tuyo pero no me metas en el medio. Mi relación con el viejo es problema mío. Si querés llegar a un acuerdo con él solucionalo vos. Por favor nunca mas me incluyas en una conversación de ese tipo. Por favor no me jodas más. Después me despaché con mis viejo y les dije: ustedes me cargan con las responsabilidad de proteger a Flavia y a Alejandra. Y me siento una mala persona cuando no quiero asumir esas obligaciones.

El embrollo con todo esto, me saca de foco. Yo no quiero seguir siendo el encargado de ellas. Ellas no se hacen cargo de lo que les corresponde. Se siguen lavando las manos y finalmente me siento yo una basura, una bosta. Yo aquí no vengo más.

La oposición de Adrián a continuar con la terapia familiar (Alejandra siguió asistiendo dos años más) despertó ofensas y resistencias en el padre principalmente, comenzando a atrasar el pago del tratamiento, en el preciso momento fecundo de su proceso analítico individual, en el que iniciaba a desidentificarse de la misión redentora del infans de sobrellevar sobre sus espaldas culpas y responsabilidades de otros que no le concernían. Desidentificación que posibilita liberar y “matar “a ese niño marmóreo que garantiza la inmortalidad propia y la de los otros, para acceder así, a la desidentificación de identificaciones alienantes.

La “muerte”de la inmortalidad condiciona el nacimiento del yo. Leclaire, al aludir a este asesinato dice  que:

“…es necesario e imposible de aquel niño maravilloso o terrorífico que hemos sido en los sueños de los que nos han hecho nacer o visto nacer. Para vivir debe matar la representación tanática del infans en mí, a fin de que otra lógica aparezca, regida por la imposibilidad de efectuar ese asesinato de una vez por todas y la necesidad de perpetuarlo en toda oportunidad en la que se hable verdaderamente, en todo instante, en el que se comienza a amar.” (26)

 

La muerte del infans reanima sentimientos de desvalimiento y ominosidad por la pérdida de la fantasía que reasegura la ilusión de alcanzar, a través de la fusión, el amor de eternidad inmutable.

En efecto, la desidentificación del infans pone a prueba la estabilidad de los sistemas narcisistas en los planos intrasubjetivo o intersubjetivo. Esto ocurre porque la amenaza del desenganche, implícito en el proceso de desidentificación en ambos sistemas; no sólo reactiva en los padres y en el hijo adolescente los duelos del paso del tiempo ante la pérdida del nene que crece y de los padres que envejecen (temporalidad lineal), sino que, al mismo tiempo y fundamentalmente, se resignifica en forma retroactiva la asunción de las propias incompletudes que evitaban asumir debido al hijo obturador siempre presente y/o a los padres protectores e inmortales.

 

 

b)Los complejos materno, paterno y fraterno

 

Otra de las funciones básicas del proceso analítico es hacer consciente lo inconsciente y fomentar el trabajo elaborativo de los complejos materno, paterno y fraterno en el puzzle mental de cada analizante. De qué modo se presentan, se articulan y recubren entre sí, destacándose el valor estructurante y permanente de los mismos.

Un hombre –escribió Freud a Ferenczi- “no debe luchar para eliminar sus complejos, sino para reconciliarse con ellos, son legítimamente los que dirigen su conducta en el mundo” y el proceso analítico requiere poner el acento, lo más detallada y exhaustivamente posible en la interpretación, construcción y elaboración de las distintas posiciones adoptadas por el adolescente en la asunción y resolución de estas estructuras fundantes de la subjetividad

 

 

 

 

 

b1)Hijo progenitor-hermano progenitor

 

 

Porque estamos muy próximos, y el niño

Es el progenitor de quien lo ha tomado

En sus manos de adulto una mañana y lo ha alzado

En el consentimiento de la luz

 

Ives Bonnefoy

Comienzo y fin de la nieve (4)

 

 

“El proceso de identificación congela el psiquismo en un “para siempre”característico del inconsciente que se califica de atemporal.

El proceso de desidentificación libera el “para siempre “de una historia que aliena al sujeto de la regulación narcisista. Constituye así la condición que posibilita liberar el deseo y construir el futuro.” (6)

Durante la desidentificación, se produce la defusión de la pulsión de muerte, pues se disuelven –desestructuración implícita y transitoria en toda elaboración del proceso desidentificatorio – los lazos afectivos con determinados objetos, para posibilitar su pasaje hacia otros objetos, lo cual reabre el acceso a la configuración de nuevas identificaciones, en una reestructurada dimensión afectiva, espacial y temporal. (11)

La desidentificación puede vivenciarse en todas las etapas de la vida pero de  manera más patética durante el período de la adolescencia, como un desgarramiento de aquella persona que fue una parte del sí-mismo propio. Este proceso lleva consigo la amenaza para el sentimiento de sí, tanto del hijo como de los padres, de perder el sostén que conserva la regulación de la estructura narcisista. Este sostén se nutre a partir de la imagen de padres salvadores y sobrevalorados que tiene el hijo y de la imagen de hijo idealizado y mesiánico que tienen los padres. Ambas partes se retienen mediante un envolvente y constante suministro de ofrecimientos y amenazas verbales, materiales y afectivas, en una prolongada seudoindividuación de negociaciones narcisistas con temporalidad ambigua.

Este ideal de omnipotencia, que bascula entre el hijo adolescente y sus padres, pone en escena las técnicas de desenganche y de reenganche entre acreedores y deudores, en su movimiento pendular condicionado a las tendencias de la agresividad.

Mientras que la agresividad al servicio de Eros tiende a la discriminación del otro la agresividad al servicio de Tánatos promueve la indiscriminación  ominosa con el otro, y borra las fronteras entre el yo y el no-yo, entre la realidad psíquica y la realidad material.

La pulsión de muerte, liberada durante el proceso de desidentificación puede sufrir dos destinos: el primero, sería ligarse a nuevas identificaciones, el segundo permanece libre y se distribuye para que una parte sea asumida por el superyó acrecentando su severidad y se vuelva así contra el yo, o bien una parte de ella ejercite su actividad muda y ominosa como pulsión libre en el yo y el ello.

Tanto las partes ligadas como las no ligadas de la pulsión de muerte se manifiestan en sentimientos de culpa y de necesidad inconsciente de castigo, acompañados de un halo inquietante de sentimientos de pánico, horror, incertidumbre, inermidad, orfandad, vacío y muerte, que corresponden precisamente a lo Unheimlich del accionar del sector de Tánatos, que se ha sustraído del domeñamiento logrado mediante la ligazón a complementos libidinosos y que sigue teniendo como objeto el ser propio.

La mezcla y la combinaciones muy vastas y de proporciones variables, entre los sentimientos de culpa y de ominosidad que sobrevienen necesariamente como resultado del proceso de la desidentificación durante la adolescencia, suelen expresarse en la clínica como remordimientos y resentimientos manifiestos y latentes, precisos y difusos, por culpa y por vergüenza, preedípicos y edípicos, básicos y fraternos, primarios y secundarios. (17)

El estado de mortificación psíquica, implícito en todo proceso desidentificatorio, adquierió durante el tercer año del proceso analítico de Adrián una mayor dramaticidad. Acompañado de momentos de depresión, a consecuencia  de los procesos de los duelos narcisistas ante la desidealización de su Yo ideal e Ideal del yo,  por deponer una relación de poder, deseada y a la vez temida, que reanimaba a su sentimiento de omnipotencia infantil mientras ejercida la paradojal y revertida dependencia de sus padres hacia él. (30)

Adrián había sido alzado en las manos de sus padres a la categoría de “la luz”que ilumina y sostiene a ellos: el hijo progenitor de los propios padres a quienes debía prodigar vitalidad y esperanza, pero de los cuales requería a la vez, ser sostenido y cuidado.

Situación paradojal que sobreinvestía a su idealidad con fantasías de autoengendramiento y de neoengendramiento a expensas de la pulsionalidad. Y como consecuencia, su agresividad necesaria para confrontar a los padres y hermanos permanecía sofocada y sus afectos hibernados y/o vueltos contra sí mismo, solían exteriorizarse a través de síntomas psicosomáticos y tormentos mentales.

Además recaía sobre “el burrito carguero”el peso de otra creencia inconsciente, hasta ese momento inamovible y no cuestionada, que él, como el “hijo varón y sano” tenía además la misión de operar ante sus hermanas como un vicario doble parental: el hermano progenitor. Ambas encumbradas posiciones identificatorias reanimaban la hiperseveridad de su superyó y la desmesura de ideales de redención, perfección y dominio. (19)

El trastocamiento de los roles se sostenía, en gran medida, por la pervivencia de una particular fantasía que circulaba entre todos los integrantes de la familia y que denominé:  la fantasía de los vasos comunicantes.

 

 

b2)Los vasos comunicantes (21)

 

 

Esta fantasía está basada sobre el modelo físico de un sistema hidrostático compuesto de dos o más recipientes comunicados por su parte inferior.

En los vasos comunicantes puede verificarse experimentalmente el hecho de que en todos los tubos de distinta forma, el agua o el líquido vertido toma el mismo nivel en todos los vasos, ya que en realidad los vasos y el tubo de comunicación forman un solo recipiente lleno de líquido.

La aplicación de este funcionamiento a la fantasía fisiológica de la consanguineidad, configura la representación de los hermanos como si fueran tubos comunicantes, relacionados entre sí por lazos de sangre y unidos al tubo de comunicación parental que opera como una fuente inagotable que nutre y a la vez distribuye a todos los integrantes del sistema de un modo unitario, para que finalmente, todo se mantenga en un perfecto equilibrio.

Este sistema premia la nivelación y condena la diferencia.

Nivelación no es solidaridad. Es la negación de la alteridad y de la mismidad y eclipsa el derecho al disenso y a la apertura hacia imprevisibles posibilidades y realizaciones que pueden surgir a partir de la confrontación generacional y fraterna.

Pero toda confrontación, requiere como condición primaria, la admisión del desnivel del arco de tensiones que marca la diferencia de generaciones entre padres e hijos y entre cada uno de los hermanos. Pero el principio de la nivelación de esta fantasía hidrostática bipersonal o multipersonal de los vasos comunicantes, basado sobre el intercambio “arterial y venoso” y la interprestación de “órganos”entre los componentes del sistema, suele desencadenar intensos sentimientos de culpa y necesidad de castigo cuando se quiebra su homeostasis, precisamente por aquél, que por sus propias condiciones se desnivela de los restantes, pudiendo situarse –si es que media una elaboración masoquista- en la posición de la “privilegiada víctima” que permanece agazapada a la espera acechante del desquite del otro u otros resentidos que, como víctimas privilegiadas, podría conspirativamente vengarse de él, estableciéndose un péndulo retaliativo de reproches y ocultamientos, de quejas y remordimientos.

Estos vínculos conflictivos entre hermanos, suele desplazarse a la relación con los amigos y con la pareja; y presentificarse además dentro del mismo sujeto, fluctuando de un modo repetitivo entre ambas posiciones: de víctima privilegiada a privilegiada víctima con pensamientos y actos de contrición.

Una preocupación permanente en este proceso era evitar la interpretación y elaboración excesivas de la dimensión intersubjetiva sobre la intrasubjetiva. El postulado freudiano fundamental formula que el conflicto psíquico que  da lugar al síntoma, es un producto transaccional entre los sistemas psíquicos y estructuras psíquicas y en última instancia, manifestación de la intrincación y desintrincación de las pulsiones de vida y de muerte.

Adrián pedía ser liberado de sus representaciones obsesivas. La lucha contra esas ideas le impedía la concentración en sus estudios. Argumentos y contraargumentos en relación a la elección vocacional se peleaban entre sí. Le asaltaban de nuevo las dudas si seguir esforzándose en el estudio de la misma profesión que ejercía su padre. Ya estaba cursando el segundo año de la facultad de biología pero había fracasado en varias materias. No podía mantener el ritmo de estudio de sus compañeros y en el trasfondo lo asediaban de continuo un conflicto de lealtades en relación con el complejo paterno. Sentía que debía  ser como el epígono del padre y a la vez se sublevaba. Terminaba martirizado con toda clase de pensamientos obsesivos y simultáneamente aparecían sanciones que tenía que infligirse por el incumplimiento de los deberes e ideales  para la satisfacción de sus necesidades de castigo.

Siempre tengo la sensación de estar haciendo un poco menos de  lo que podría estar haciendo y que puedo hacer un poco más.

La actitud de mi papá me activa el dedo con el moño rojo (el dedo con el moño rojo era la representación figurativa con la que nominaba el accionar de la hiperseveridad de su instancia superyoica).

Entra mi papá y me dice, ¿qué estás haciendo? Nada le digo ¿Cómo estás haciendo nada? Y allí siento la presión y empiezo a obsesionarme porque en verdad no estoy haciendo nada. Estoy perdiendo mi tiempo y en el momento aparece el dedo con el moño rojo de atrás.

En cambio la vieja no es así. Cuando me ve hacer que estoy haciendo nada me pregunta ¿qué estás haciendo? Nada, ¡Uy qué suerte!, me dice. Mi papá cree que su presión es lo mejor. Mi viejo y mi tío son de hacerse malasangre por las cosas. Empiezan a los gritos y así andan los dos, con la presión alta y con stress. Yo también soy de hacerme bastante malasangre. Empiezo a darme con el látigo. Cuando me sale algo mal, me reprocho mucho. Me mortifico. Lo que pasa es que a veces es la única manera que tengo para ponerme las pilas. Sin mala sangre no hay motor, y si no revoleo la chancleta y no hago nada. No encuentro el punto medio.

Ayer no pude estudiar nada y me sancioné. No me permití dormir siesta por levantarme tarde. Antes era peor conmigo mismo. Me castigaba,  no permitiéndome salir el sábado a la noche por no haber estudiado lo suficiente.

No soporto que las cosas me salgan mal. Me saco. Tengo una tortura mental.

 

Le interpreto que él se impone tener  un control tan severo que lo asfixia y lo fatiga y al no cumplir con sus propios ideales de perfección, se manda sólo al rincón de las penitencias y que opera además como un buen verdugo de sí mismo.

 

(Se ríe) ¡Sí buenísimo! Pero ahora me estoy sacando cosas. Yo era un hervidero por dentro y no volcaba nada afuera. Ahora estoy más tranquilo por dentro. Pero igual sigo siendo muy reprochón conmigo. No me perdono. Me castigo. A veces me muerdo el dedo porque no me salió bien una cosa que quería sacar con la guitarra. O me golpeo la cabeza con el puño cuando me taro y no entiendo lo que leo y las cosas no me salen. Me aplico un correctivo, un pequeño golpe de ánimo (se ríe). A veces, me pego fuerte con una regla de madera y me queda doliendo la cabeza. Si no, a veces golpeo las puertas que son de roble duras. Se bancan porque tienen bastantes sacudidas. A veces es una forma de  descargar tensiones y me las agarro con las puertas, pero mi hermana se agarra con todos los que tiene a su alrededor. Ella es como un volcán que está apagado y deja salir un hilito de humo, pero uno no sabe cuándo puede hacer erupción.

Le interpreto que dentro de él existen también ciertas situaciones de angustia que como un volcán, no las puede dominar y que cuando hacen erupción, lo hacen más por implosión que por explosión. (22)  Hasta el extremo de  quedar fatigado y arrollado por un alud de sanciones, autoreproches y accesos de asma bronquial.

La flexibilización gradual de la figura feroz y cruel de su superyó ha sido la consecuencia del análisis y elaboración exhaustivos, acerca de su ubicación en la dialéctica subjetiva de las relaciones estructurales; de su posicionamiento al deseo del deseo del Otro (24) tanto en el Edipo, como complejo nuclear de la neurosis, en el complejo fraterno y en la dinámica narcisista del doble en el complejo del semejante (nebenmensh).

 

Ahora  no me reprocho tanto. Hago más las cosas a conciencia y no por obediencia. Hace mucho tiempo que no tengo noticias del dedo con el moño rojo. Le voy a sacar el moño. Lo voy a cambiar por una agenda. Ni me hago tanto drama por las cosas. Estoy tomando la actitud de no hacerme tanto problema hasta que realmente no haga falta. Antes me preocupaba mucho pero no me ocupaba. Ahora trato de cómo ver la solución. Estoy más tranquilo conmigo mismo. El domingo, pude tomar unos mates sin hacer la lista de lo  que tenía que hacer. Quisiera merecer tener gratificaciones no como un premio, sino como algo natural.

Finalmente Adrián decidió abandonar la facultad de biología y eligió luego de varios meses de incertidumbre ingresar a la facultad de arquitectura. Este cambio fue respetado y apoyado por sus padres. Recién entonces comenzó a disfrutar del estudio y cedieron sus inhibiciones intelectuales.

Su vida afectiva y social no presentaban mayores dificultades. Mantenía desde hace años una estable pareja con Mariela, “su princesita de siempre”, con ternura y satisfacción sexual. No temía amar y permitía ser amado. Al mismo tiempo que conservaba una relación fluída con sus pares. Practicaba deportes y con dos de sus amigos constituyeron una pequeña sociedad, Al poco tiempo se produjeron conflictos con el socio mayor, reeditando con él su relación de tormento con Flavia. Se disolvió la sociedad pero la continuó con el otro compañero y con buenos resultados.

A continuación, me referiré a los otros dos de los cuatro ejes de referencia metapsicológicos que me orientan acerca de la existencia de un proceso o de un no proceso en el tratamiento analítico con adolescentes.

 

 

c y d) El reordenamiento de las identificaciones y la confrontación generacional

 

 

El reordenamiento de las identificaciones durante la cura analítica atraviesa por variados procesos y sub-procesos de desidentificación y reidentificación.

Sub-procesos de desligazón y de nuevas ligaduras que se acompañan inexorablemente con angustias, fantasías ominosas y recrudecimientos sintomáticos. Estos sub-procesos inherentes a los procesos del reordenamiento del heteróclito sistema de las identificaciones, facilitan la emergencia conjunta de intensas angustias y fantasías también en el analista, quien deberá evaluar, según su marco referencial teórico, los movimientos regredientes y progredientes de estas fases elaborativas.

Para adoptar un ejemplo que logre ilustrar de qué modo la metapsicología y la observación clínica se fecundan recíprocamente, emplearé un concepto teórico relacionado con la temporalidad analítica: el a posteriori, la resignificación retroactiva, como guía que tiene un valor heurístico en los procesos elaborativos de ciertas identificaciones alienantes y cómo inciden además en la evaluación de las diferentes resistencias que se oponen al cambio. Resistencias, que provienen desde la realidad psíquica y desde la realidad externa avasallando al yo.

 

 

c1)Resignificación y memoria

 

La memoria, “esa centinela del alma”. (Shakespeare. El Rey Lear) (28)

 

La resignificación activa una memoria particular, aquella relacionada con las escenas traumáticas de la historia críptica: reprimida y escindida del sujeto y a la vez entramada con las historias inconscientes y ocultas: reprimidas y escindidas de sus progenitores y hermanos.

Historias y memorias entrecruzadas que han participado en la génesis y mantenimiento de ciertos procesos identificatorios alienantes.

La memoria de la resignifcación, “esa centinela del alma “, abre, en un momento inesperado, las puertas del olvido y da salida a una volcánica emergencia de un caótico conjunto de escenas traumáticas que han sido largamente suprimidas y no significadas durante años e incluso generaciones.

La resignificación de lo traumático, acontece durante todas las etapas de la vida, -porque el trauma tiene su memoria y la conserva-, pero estalla fundamentalmente durante la adolescencia. Etapa culminante, caracterizada por la presencia de caos y de crisis insoslayables. Porque en esta fase del desarrollo, se precipitan la resignificación de lo no significado y traumático de etapas anteriores a la remoción de las identificaciones, para poder acceder al reordenamiento identificatorio y a la confirmación de la identidad.

Es durante la adolescencia, en donde las investiduras narcisistas parento-filiales y fraternales que no fueron resueltas, ni abandonadas, entran en colisión. Estas requieren ser confrontadas con lo depositado por los otros significativos, para que el sujeto logre reordenar su sistema heteróclito de identificaciones que lo alienaron en el proyecto identificatorio originario. Lo identificado (identificación proyectiva para unos, depositación y especularidad para otros) responde siempre a lo desmentido tanto para el depositante como así también para el depositario. (1)

Todo sujeto tendrá que inexorablemente atravesar por el angustioso acto de la confrontación con sus padres y hermanos en las realidades externa y psíquica para desasirse de aquellos aspectos desestructurantes de ciertas identificaciones. Tendrá que afrontar con lo que el otro (madre, padre, hermano) nunca pudo confrontar.

La confrontación coloca al otro (del cual el sujeto depende) en la situación de perder a su depositario, es decir conlleva el peligro de desestructurar su organización narcisista. La desestructuración del vínculo patológico narcisista arrastra y desencadena la desestructuración narcisista del otro. Este proceso, que amenaza con un doble desgarro narcisista,  puede ir acompañado de intensos síntomas y angustias de despersonalización o desrealización por ambas partes del vínculo.

Las fantasías de muerte que se disparan antes y durante el acto de la confrontación suelen ser la manifestación de la muerte de estas instalaciones narcisistas y de ciertas idealizaciones e ilusiones, de la caída en definitiva, de sobreinvestiduras maravillosas que suelen subjetivarse como momentos de tragedia en la lógica narcisista.

J.R.Aragonés considera que las investiduras narcisistas trastocan los roles en la trama familiar, alterando la configuración del tablero de parentesco.

Los hijos no llegan a ocupar el lugar  simbólico de hijo ni de hermano y los progenitores no logran rescatarse del primitivo lugar de hijo o de hermanos, dando lugar a identificaciones alienantes.

El hijo puede llegar a cargar con la sombra de un duelo por un objeto no resuelto en los progenitores.

El autor considera que: “este objeto es doblemente inconsciente (tanto para el depositario como así también para el depositante) situación que sólo la reconstrucción de la historia (primero en la mente del analista) le puede dar la verdadera representación que tiene.

Lo no confrontado de estas identificaciones alienantes de la adolescencia, permanece escindido y por lo tanto activo en la forma que puede estar lo inconscientemente escindido.

La resolución de estas identificaciones alienantes requiere ser aprehendida desde el conjunto del campo dinámico parento-filial y fraterno, hecho que se podría traducir en la teoría de la técnica, en algunos tipos de intervención con los padres y/o hermanos para procesar los efectos de lo escindido”. (1)

En estos procesos y sub-procesos del reordenamiento de las identificaciones se reaniman múltiples y variadas resistencias que se oponen a la continuidad del trabajo elaborativo. Resistencias que en cada caso, requieren de un estudio, lo mas preciso posible, para distinguir las cinco formas clásicas de la naturaleza de las mismas. En primer lugar “distinguir”  las cinco formas clásicas de la resistencia señalada por Freud al final de Inhibición-síntoma y angustia (1926) (12): tres de ellas atribuídas al yo; la represión, la resistencia de transferencia y el beneficio secundario de la enfermedad que se basa en la integración del síntoma en el yo. Además hay que considerar la resistencia del ello y la del super-yo; de las otras resistencias que pueden llegar a constituirse en el campo dinámico por una complicidad que engloba tanto la resistencia del analizante como la contratransferencia del analista comunicadas inconscientemente entre sí y operando juntas. Y en tercer lugar la participación de ciertas resistencias generadas por la presión actuante, en la realidad externa, de ciertos influjos desestructurantes que avasallan al yo. Momento puntual, que demanda un cambio técnico en la estrategia terapéutica clásica. Cambio que apunta a la inclusión de otros significativos en la realidad material en el trabajo clínico con o sin la presencia del analizante, a través de la implementación de sesiones vinculares, de pareja, entre hermanos, entre padres e hijos y/o familiares.

Por lo cual el analista que es, forzosamente como “el yo mismo una criatura de frontera” (11) requiere revisar por separado, el accionar del orígen y naturaleza de cada una de estas resistencias y luego necesita hacer un esfuerzo por concebirlas en conjunto e indagar, al mismo tiempo, en la íntima relación existente entre ellas y fundamentar metapsicológicamente como resultado, sus modificaciones técnicas según el particular momento que atraviese ese proceso o no proceso analítico.

En el cuarto año del proceso analítico, resolví citar a ambos padres a algunas sesiones con Adrián porque comenzaba a peligrar la continuidad del tratamiento. Se había configurado un prolongado conflicto de lealtades parento-filial y conmigo, en el que participaban resistencias generadas de los padres y de Adrián.

Mi propuesta fue al comienzo no aceptada por Adrián. No los quería molestar. Consideraba que él iba a poder solucionar el aplazamiento del pago del padre que acrecentaba la deuda conmigo, obstaculizando la prosecución del proceso, y las deudas y culpas en él, porque su diferenciación era equiparada como una traición que afectaba la tradición de la ideología sacrificial, sostenida por la fantasía familiar de los vasos comunicantes. Sus resistencias se exteriorizaron a través de reiterados olvidos, aburrimiento y silencios prolongados durante las sesiones y su insistente oposición a la inclusión de los padres, posibilitó poner en evidencia cómo, en la reedición transferencial, intentaba posicionarse ante mí como un hijo y hermano progenitor.

Poseedor de una ilimitada capacidad de transformar al otro y aguantarlo todo sobre sus espaldas, como un “burrito carguero”; sin evaluar el precio del sufrimiento y del peligro que le deparaban esa misión redentora.

Le señalé que a mí no me tenía que salvar ni cuidar; y que yo consideraba que para mantener la prosecución de nuestro trabajo conjunto, era necesario citar a los padres, con la finalidad –dentro de lo posible- de despejar ciertos obstáculos que estaban actuando en el campo analítico.

Finalmente Adrián aceptó mi propuesta. Cité a los padres y ambos concurrieron.

El padre tenso comenzó a hablar con irritación, argumentando que su hijo antes de comenzar la terapia era diferente. Y que si bien reconocía y agradecía que ya casi no presentaba accesos asmáticos y que el cambio de facultad había sido una medida adecuada porque estudiaba con entusiasmo y con buenos resultados, le resultaba inadmisible su egoísmo creciente. Levantó el tono de voz y me dijo:

 

Perdone doctor si lo puedo llegar a ofender con lo que le voy a decir. Pero ¿no será que usted influye para que nuestro hijo tome esa actitud con su hermana y con nosotros? En mi familia, si bien eran otros tiempos, todos poníamos el hombro cuando alguien lo necesitaba. Yo lo sigo haciendo con mi propio hermano. Y mi mujer, ni le cuento. Ella mucho más que yo. Con su hermana, con amigos. Pero Adrián se corta sólo.

Luego ambos padres me comentaron acerca del profundo dolor que tenían con la hija mayor por los viajes intempestivos y ausencias reiteradas y relataron sus escenas de angustia .

Les señalé que esta entrevista era para hablar acerca de las dificultades que últimamente se habían presentado en el tratamiento de Adrián por la postergación del pago y porque tal vez, esta dilación mantenía cierto nexo con el enojo y con el afán de represalia al hijo y a mí, por su oposición a participar en la terapia familiar. Pero que ellos conocían los sentimientos solidarios que Adrián tenía con todos y que su lucha por ser diferente no significaba ser oponente ni enemigo. En ese momento se me ocurrió preguntarles si conocían la parábola del hijo pródigo; porque supuse que a través de su relato, podría hacerse visible lo invisible del terreno secreto en el que transitan las fantasías, afectos y las relaciones de poder entre padres e hijos cuando uno de sus integrantes adolece y desestructura a los demás.

No la conocían. Entonces me dirigí a mi biblioteca, busqué el Nuevo Testamento y comencé a leer:

 

c2)Parábola del hijo pródigo

 

También dijo: Un hombre tenía dos hijos;

Y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.

No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició los bienes viviendo perdidamente.

Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

Y levantándose, vino a su padre.

Y cuando estaba lejos, él vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió y se echó sobre su cuello, y le besó.

Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

Pero el padre dijo a sus siervos:

Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.

Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;

Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas;

Y llamando a uno de los criados le preguntó qué era aquello.

El le dijo: Tu hermano ha venido;

Y tu padre ha hecho matar al becerro gordo por haberlo recibido bueno y sano.

Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase.

Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.

Pero cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.

El entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.

Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. (S. Lucas, XV)

 

El papá entendió inmediatamente el mensaje de esa dinámica particular que se tramaba entre los hermanos y entre el hijo mayor y aquel padre. Comprendía intelectualmente pero no aceptaba la posición de Adrián. Mientras que la mamá, después de secarse las lágrimas, me miró con desesperanza y dijo: comprenda doctor que nuestra situación es muy difícil y a veces terrible.

Les señalé que, comprendía y admitía la dolorosa y preocupante situación, pero que Adrián se oponía a continuar girando alrededor del eje de Flavia y de las angustias que ésta generaba en los padres, pues le originaban a él excesivas responsabilidades y culpas que lo afectaban mental y físicamente. Y que esto no significaba, de ninguna manera, una ruptura de sus lazos solidarios con los componentes de la familia.

Los padres me saludaron con amabilidad y con dolor.

Luego, tuve dos sesiones a solas con ellos e inferí que les resultaba casi imposible procesar el duelo narcisista, por el peligro que acarreaba para la homeóstasis familiar el abandono de la instalación narcisista depositada en el hijo varón como el vicario doble especular de ellos.

Cuando cerré la puerta de mi consultorio volvieron a resonar en mí las palabras de la madre de Adrián: comprenda doctor que nuestra situación es muy difícil y a veces terrible. Fue en ese momento cuando se despertó en mí el deseo de escribir, como un intento de dar cuerpo a mi experiencia clínica y a las inferencias metapsicológicas acerca de los efectos que, en ciertas vidas, suelen ejercer la presencia de un hijo-hermano perturbado o muerto. Recordé la importancia que tienen los complejos fraternos en los procesos identificatorios y sublimatorios en tres eminentes creadores: Vincent Van Gogh, Salvador Dalí y Ernesto Sábato y las marcas que han dejado en sus vidas y en sus obras el infausto acontecimiento de haber nacido luego y para reemplazar a un hermano muerto y ser además los portadores del mismo nombre del doble consanguíneo fallecido, a la vez que ominoso y maravilloso, mortal e inmortal. Me pregunté, parafraseando a Freud cuando aseveraba que la anatomía es el destino, si el orden del nacimiento de los hermanos también era un destino. Como respuesta, me vino una cita de Freud a la mente: “la posición de un niño dentro de la serie de los hijos, es un factor relevante para la conformación de su vida ulterior y siempre es preciso tomarlo en cuenta en la descripción de una vida”. (Freud, 1916) (8)

Los meses transcurrían y las resistencias del padre cedían muy poco. Cada pago mensual representaba una batalla que desgastaba a Adrián y al proceso analítico. A comienzos del quinto año del análisis recuerda, en una sesión:

 

“yo de chico tenía un traje del Zorro. Era el que imponía el orden, la paz y la justicia. Ayer lo encaré al viejo en un round (se ríe). Me estuve entrenando a la tarde pegando al saco. Nos gritamos de todo. Me escuchó pero creo que ya es suficiente”.

Mi vieja está conmigo, quiere que no deje el tratamiento. Yo quiero seguir un poco más pero no mucho más. El sigue jodiendo con la plata. Yo sé que no es la plata. Pero la maneja él.

Cambia el tono de voz y mientras juguetea con su llavero reflexiona:

 

Antes, habían seres más o menos intocables: mis viejos y mi hermana. Y ahora pegás la vuelta y ves que en la realidad el armatoste es un enanito. Ves el verdadero ser que estaba escondido detrás de ese muñeco grandote e intocable.

Yo me sentía con impotencia, sobre todo con mi hermana que era tan autoritaria y tan acaparadora. Ella lo sigue siendo y mis padres se lavan las manos. Fue como descubrir que son todos seres vulnerables con sus pros y sus contras.

Antes, eran medio superiores a mí; tenían una táctica para cada situación. Ya les encontré la vuelta. Y pensar que me había empacado que los iba a cambiar.

Como podemos apreciar, en el fragmento de esta sesión, se pone en evidencia la desidealización gradual y no paroxística del objeto, del yo y del vínculo. Proceso fundamental, sin el cual no existen cambio psíquico ni crecimiento posibles.

El proceso de desidealización conduce, prueba de la realidad mediante, al retiro de la elevada investidura (maravillosa u ominosa) que había recaído tanto sobre el objeto sobrevalorado (positiva o negativamente) como sobre la omnipotencia del yo, con la consiguiente reestructuración en el vínculo objetal.

La prueba de la realidad, permite diferenciar lo que es “simplemente representado” de lo que es percibido, y por ende, instituye la diferenciación entre el mundo interior y el mundo exterior, además posibilita comparar lo objetivamente percibido con lo representado, con vistas a rectificar las eventuales deformaciones de esto último.(25)

La rectificación valorativa del objeto, del yo y del vínculo entre ambos que surge como efecto del proceso de las desidealización, puede presentarse en forma abrupta (paroxística) o instalarse de un modo lento y progresivo (gradual). (16)

 

 

c3)Desidealización paroxística

 

 

La desidealización paroxística, que se produce cuando el proceso de la desidealización ha operado anteriormente en un papel defensivo para neutralizar la persecución, puede llevar a un derrumbe melancólico del Selbstgefühl. En estos casos, la desidealización se convierte en una denigración total del objeto y del yo, y no prepara el camino para acceder a un nuevo proceso, el de la reparación, que conduciría a saldar las deudas interna y externa que se personifican en los resentimientos y remordimientos.

 

 

c4)Desidealización gradual

 

 

El pago de estas deudas está condicionado a un trabajo previo, proceso de desidealización gradual, que implica la discriminación y el reordenamiento valorativo del yo y de objeto.

Este giro (Wendung) valorativo se produce cuando el sujeto logra asumir que en la realidad efectiva, aquel objeto originario, otrora sobrevalorado y desplazado hacia múltiples objetos actuales (el deudor externo), carece de los atributos de perfección con que el propio sujeto lo había investido desde su principio del placer infantil. Al mismo tiempo, se atenúan los sentimientos de culpa y las conductas autopunitivas ante los (acreedores internos) representantes del ideal del yo-superyó.

La desidealización del poder omnímodo del yo se produce a partir de que el sujeto accede resignar la inalcanzable misión de dar cumplimiento a los ilimitados ideales de perfección y de completud que provienen de su autoimagen idealizada y desde los ideales parentales. Pero conserva el vínculo con el objeto según pautas mas realistas y estables.

Antes habían seres más o menos intocables: mis viejos y mi hermano… y pensar que me había empacado que los iba a cambiar.

Las condiciones para lograr la desidealización se produce sólo después que el sujeto ha librado múltiples batallas de ambivalencia, logrando desujetarse de las amarras provenientes de las capturas narcisistas de su yo ideal y del ideal del yo, instancias psíquicas ideales de la personalidad en donde moran los restos de la omnipotencia divina en los hombres que llevan una misión de crear y/o remodelar al objeto y al  yo a su imagen y semejanza.

 

 

 

  1. Final de análisis

 

 

Hablar sobre el final del análisis en la adolescencia actualiza una problemática compleja. Implica considerar los conceptos explícitos e implícitos de enfermedad  y de curación de analizabilidad y de proceso analítico en general y en esta fase en particular.

Este conjunto de factores se refleja en la manera de categorizar los elementos que se consideran pertinentes como indicadores clínicos sobre el final del análisis.

La literatura de los últimos años se ha ocupado mas de interrupciones, situaciones de impasse que de terminaciones propiamente dichas en el análisis con adolescentes.

Las teorías clásicas del final de análisis en general se centraban del lado del analizante y del analista, pero al incluir el concepto de campo analítico en la adolescencia se sitúa también del lado de los padres del analizante.

Ante todo, el final de análisis con adolescentes, impone la exigencia de un trabajo psíquico adicional por la necesidad de procesar una multiplicidad de duelos en las tres dimensiones: narcisista, edípica y fraterna en el analizante, en sus padres y también en el analista.

Se pueden distinguir dos criterios que no son excluyentes en relación del final de análisis.

Uno en el que se privilegia el modelo “médico de tratamiento “que supone la supresión de síntomas y cambios de los rasgos patológicos de carácter.

El otro que prefiere utilizar el modelo “proceso” que apunta a una modificación estructural concebida como lo esencial del mismo: la adquisición de nuevas estructuras de funcionamiento que jamás se hubieran logrado de no mediar el análisis.

No sólo los indicadores clínicos varían según su lugar de orígen. También los conceptos teórico-técnicos se modifican de acuerdo con el nivel elegido para su conceptualización.

Para considerar la noción del fin del análisis creo pertinente hacerlo desde la noción de proceso de cambio psíquico estructural, coherente con la perspectiva desde la cual abordo esta relación. Proceso que es un conjunto interminable. Lo interminable, es la permanente reestructuración a la que se ve enfrentado el analizante en todas sus instancias psíquicas en interrelación permanente con la realidad material y social.

Lo interminable sería la interminabilidad del proceso, la búsqueda del crecimiento mental y de la integración a través del análisis y del autoanálisis ulterior.

Freud en el capítulo VII de Análisis “terminable e interminable” sostenía : ” No tengo el propósito de aseverar que el análisis como tal sea un trabajo sin conclusión. La terminación de un análisis es, opino yo, un asunto práctico. Uno no se propondrá como meta limitar todas las peculiaridades humanas en favor de una normalidad, ni demandará que los “analizantes a fondo” no registren pasiones ni puedan desarrollar conflictos internos de ninguna índole. El análisis debe crear las condiciones psicológicas mas favorables para las funciones del yo; con ello quedará tramitada su tarea”. (13)

Por fin, no olvidemos que la relación entre analista y  paciente se funda en el amor a la verdad, es decir a la aceptación de la realidad, libre de toda ilusión, engaño. Verdad, tolerancia al dolor psíquico producido por el rechazo de toda ilusión o engaño, se definieron entonces como meta general del psicoanálisis.

Esta división instrumental entre metas curativas y transformaciones estructurales con relación a verdad, dolor, conocimiento, aprendizaje e identificación podría proveer de datos evaluables y procesables.

Pero en el mismo capítulo VII de análisis terminable e interminable, Freud sostenía que no sólo la constitución yoica del paciente; también la peculiaridad del analista demanda su lugar entre los factores que influyen sobre las perspectivas de la cura analítica y dificulta ésta, tal como lo hacen las resistencias.

En este sentido, resultaría útil tomar en consideración lo concerniente a la personalidad el analista, sus remanentes neuróticos y/o psicóticos, el papel de la contratransferencia, las vicisitudes en la interacción de la pareja paciente-analista. Resultaría útil por ejemplo poder detectar las motivaciones inconscientes que actúan en el analista; sea para querer, “retener” al analizante, prolongando su análisis, o bien para desear la terminación prematura de éste para ” librarse” de aquel o para apresurar la terminación de un análisis considerado “satisfactorio” por razones narcisistas.

Analizar significa etimológicamente des-ligar, des-atar, romper algún falso enlace, revelar un autoengaño, destruir una ilusión o una mentira. Lo que caracteriza al proceso analítico es el movimiento conjunto de profundización dentro del pasado y construcción del porvenir. Si un trabajo analítico es posible, es porque el sujeto y  el analista piensan que la exploración del pasado permite la apertura del porvenir.

Porque las series complementarias no constituyen un determinismo mecánico y porque se puede salir por la interpretación y construcción del eterno presente atemporal de las fantasías inconscientes. No olvidar que la historia del sujeto constituye una dimensión esencial de lo que hay que develar en un psicoanálisis..

El término final del análisis apunta por sí mismo a un concepto relacionado con la temporalidad.(2)

 

 

 

Final del análisis como un momento de pasaje diferenciado durante el proceso analítico

 

 

Siempre que analista y analizante puedan estar libres de todo tipo de presiones, el tema de la terminación surgirá solo y en forma espontánea en el momento oportuno y como consecuencia natural de la interacción dinámica desarrollada entre ambos participantes o de la evolución alcanzada en el proceso analítico. Para lo cual  requiere tener una actitud de atención flotante frente al problema de la terminación del análisis, ya que éste debiera ser como todo momento del proceso al que llega sin que nadie se lo proponga, algo que no está sujeto a ningún otro saber que no sea el de la escucha.Esto nos enfrenta a determinar la fecha de finalización del análisis a partir del material que nos presenta el paciente.

Partimos de la suposición de que existió un momento de disparo, a partir del cual arranca un período cualitativamente distinto que inaugura un segmento específico del proceso analítico: un período de terminación.

El disparador del proceso de terminación, sería un salto cualitativo que se expresa mediante un cambio fenoménico observable tanto en la variación del relato y en la diferente circulación afectiva. Coincide con un clima afectivo mucho más laxo y expresivo que en los primeros años del tratamiento.

El relato, apunta a experiencias que se “cierran” o se “terminan” no planteadas en forma manifiesta en relación con el tratamiento. Además el analizante retira funciones yoicas que había depositado en el analista y las recrea dentro de sí, ejerciéndolas en la sesión misma; reflexiona además sobre el transcurso del análisis. (27)

El final de análisis es una dura prueba para el narcisismo del analizante, de los padres del analizante y del analista y reactiva a la vez antiguos síntomas.

En el mes de mayo de su quinto año de análisis, Adrián manifiesta su estado de bienestar y comienza a efectuar una mirada retrospectiva acerca de su proceso analítico.

 

A los doce años tuve un fuerte ataque de asma sin internación y a los dieciocho tuve otro episodio agudo en donde me internaron y me dieron corticoides. Fue en ese momento en que mi mamá me intimó a que me analizara. Yo no quería, tenía prejuicios. Para mí los que se psicoanalizaban eran locos. Ahora, después de cinco años de tratamiento, siento que se está cerrando un ciclo. Es una sensación, el ciclo se ha cumplido y está llegando a su fin.

Ultimamente me da un poco de fiaca venir, no siento necesidad, me siento bien.

Yo también percibo un cambio. Existe una variación en el carácter dinámico de la situación analítica en los dos niveles: el contenido ideativo por un lado y la circulación afectiva por el otro. Evoco cómo  había llegado deformado por la ingesta de corticoides y lo comparo con su actual expresión alegre y diáfana.

Acuerdo que podemos empezar a pensar acerca de la finalización  de esta fase y empiezo a percibir los movimientos inaugurales del trabajo del duelo concerniente a la finalización de nuestro vínculo en la tarea psicoanalítica. Comienzo a interrogarme si yo me he modificado a partir de nuestra relación y evidentemente advierto que Adrián ha generado mutaciones en mí.

 

“Irme de casa y emanciparme es toda una decisión. Necesito conseguir emanciparme económicamente. Tengo ganas de hacer un proyecto junto a Mariela, tengo ganas de irme a vivir con ella y asumir una serie de responsabilidades que no sé si quiero asumir. No sé si quiero irme con Gabriel primero a Europa por dos o tres meses. No sé bien qué quiero”.

Le pregunto si tal vez él no sepa si quiere terminar el tratamiento conmigo.

 

“Irme de acá es como empezar una nueva carrera, y no es tan terminante. Uno puede ir marcha atrás, creo que acá puedo volver, no es irreversible. Esta situación es diferente que irme y volver a casa, no me gustaría volver a vivir con mis viejos y con mis hermanas, lo sentiría como una derrota, en cambio volver acá no sería una derrota sino un cambio de estrategia simplemente.

Todavía me cuesta un poco asumirme más adulto, me gustaría sentirme todavía adolescente. Se ríe con picardía. “Yo todavía soy un adolescente porque quiero lisa y llanamente. Uno pasa a ser adulto cuando llega a ser adulto y no podés evitarlo y es irreversible. No sé, es preferible que nos separemos antes que nos coma la rutina. La rutina es destructora”.

Le interpreto que hoy empiezan una serie de despedidas y que tal vez él prefiera saltearlas.

 

“Creo que sí. El problema es que no me queda otro camino. Siento que el ciclo aquí se está cerrando y yo estoy tratando de evitarlo lo máximo posible. Son etapas que uno pasa, como te pasa en el secundario”.

Cuando estás en el último año, decís “quiero terminar” y cuando terminás decís  “quiero volver “, pero bueno, tengo estos vaivenes también acá . Mi vida es como un barco que va y viene según como me levante”.

 

Le señalo que hoy acordamos  transitar la última etapa del proceso analítico.

Etapa, que se extendió a lo largo de cuatro meses en los cuales se elaboraron algunos de los duelos inherentes a la finalización del analisis en él, en sus padres y en mí.

A las dos semanas que hemos convenido iniciar la fase de la terminación, la madre fue internada en un sanatorio por una seria enfermedad. Transcribo a continuación y como cierre de la presentación del proceso psicoanalitico de Adrián, un fragmento de una sesión en la que se ponen en evidencia el trabajo elaborativo y superación de la fantasía familiar de los vasos comunicantes y la desactivación de la autoimagen narcisista del burrito carguero.

 

“Una cosa es tener que bancar una situación y otra cosa es llevarla encima.

A mi vieja le encanta cargar con culpas ajenas.

Cualquier culpa que ella ve por allí se la carga en el lomo y se la lleva como si fuera un burrito culpero…

Ella es muy generosa, no puede decir no. Lo máximo que puede decir es: vamos a ver. Tiene un instinto de decir a todo sí.

Uno tiene papeles en la medida que los acepta.

Cuando a uno no le gusta más ese papel no se deja cargar con todas las culpas.

Yo no me quiero hacer más cargo de los problemas de mi hermana. En casa, entramos en un revoltijo en donde de pronto todos somos culpables de todo.

Todo se mezcla, se revuelve todo y el problema pasa a ser una cuestión familiar, universal, global. Y así se echa la culpa del problema al sistema y no a uno.

Yo quiero terminar con ese boludeo. Quiero ser frontal. Hoy le dije a mi mamá: vos sos la enferma porque te tocó estarlo, pero no sos culpable de estar enferma”.  Hasta se siente culpable porque la atendemos y estamos tristes. Yo creo que la excesiva preocupación la enfermó. Por eso me enojo con ella, para que no siga preocupándose más.

Por todo se preocupó y sigue preocupándose. Mi vieja es el burrito carguero de la familia. Yo, ya no.   Se acabó. No soy responsable de las actitudes de  los otros, sí de las mías. Antes, cualquier culpa que flotaba y que no tenía dueño, me la agarraba yo. Esta vez no tengo nada que ver. Basta, se terminó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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