BLOCK DEL ANALISTA/ “30 MINUTOS PARA HABLAR SOBRE EL CUERPO HABLADO”  Adrián Liberman

BLOCK DEL ANALISTA/ “30 MINUTOS PARA HABLAR SOBRE EL CUERPO HABLADO” Adrián Liberman

“ 30 MINUTOS PARA HABLAR SOBRE EL CUERPO HABLADO” (Adrián Liberman L.)

Psicoanalista Didacta SPC

Quiero iniciar mi intervención compartiendo lo agradablemente inquieto que me encuentro con la tarea de comentar el trabajo “Las huellas del cuerpo” del Dr. Fernando Orduz. No sólo es estimulante el texto y las propuestas que contiene, sino la presencia de un colega proveniente de otro país en momentos en que nuestro país se parece cada vez más a una isla lejos de todo y todos.

En términos generales me parece valioso reivindicar el lugar y sentido del cuerpo en una época donde mucho del pensamiento y praxis psicoanalítico acusa un desplazamiento hacia las ciencias de la comunicación, de la semiótica. En una posible concepción dual, donde soma y psique son los polos, mucho del psicoanálisis contemporáneo ha devenido en una labor de puro develamiento de los significantes, del lenguaje y sus vicisitudes imaginarias y simbólicas como escenario privilegiado.

Pensar el cuerpo parece promisorio y pertinente, en momentos de búsquedas fáusticas como la de los cyborgs, la implantación de chips y prótesis mecánicas que amplían las posibilidades anatómicas, es pensar el cuerpo como semblante de la cultura, la economía, la tecnología y la ideología también. Cuando pienso en las búsquedas fáusticas lo hago pensando en el  cuerpo como espectáculo, tal como lo vimos en Michael Jackson o más recientemente en Bruce Jenner, o como escenario de la demanda de justicia como el de Franklin Brito y su registro fotográfico de su progresiva consunción y muerte por inanición.

Es abordar el cuerpo como producto de la cultura, que como yo he sostenido reiteradamente, es una fuente de subjetivación tan importante como lo es la psicosexualidad.

Iniciativa valiosa e inquietante, insisto, cuando dentro del psicoanálisis existe toda una tendencia que radicaliza la especificidad de lo psíquico con los intentos de formalización que tiene al matema como norte, la mente desencarnada por completo, incluso del lenguaje y sus ambiguedades.

¿Será posible sostener una concepción dual entre psique y soma, siendo el psicoanálisis una teoría y praxis de lo primero o esta dualidad no es tal?

Entonces abordar el pensar sobre el cuerpo implica preguntarse sobre la especificidad del psicoanálisis y sobre que cuerpo opera.

Cuál es la dimensión que abre Freud? No sólo es la que proviene del cambio de modalidad sensorial, pasar de Charcot que mira y registra imágenes visuales a la escucha como vehículo privilegiado para saber. La primera subversión consiste en la propuesta freudiana, la hipótesis que el soma es un espacio de significación. Se pasa de una clínica cuantitativa, de ausencia o presencia de ciertos fenómenos a una clínica cualitativa, donde lo que percibe el clínico reclama una interpretación, un ejercicio de atribución de sentido articulado. Así el cuerpo freudiano surge como semblante, como metáfora/ metonimia, como canal alternativo o concurrente para decir algo que no se puede decir.

Es el fenómeno de la conversión histérica donde Freud entiende que la dualidad entre lo somático y lo psíquico no es tal, sino que tiene puntos de anudamiento, y que por tanto será imposible saber de lo uno sin saber de lo otro. Como también será imposible operar sobre una dimensión sin hacerlo sobre la otra, necesariamente.

Se inaugura el psicoanálisis, pero también el campo de la psicosomática. Se prefigura aquí a Wilhelm Reich ( a quien por cierto eché de menos en el trabajo del Dr. Orduz, pero que yo lo rescato por mi simpatía por los disidentes), como a Calvo y Ritterman, a la escuela húngara, y también al otro extremo, ese que enfatiza el orden simbólico.

La tesis psicoanalítica específica sobre el cuerpo , y la subversión que acarrea es la del cuerpo erógeno, que es una concepción distinta a la de la anatomía, la fisiología, la economía y la psicología.

El cuerpo psicoanalítico es uno habitado por el deseo y sus fantasmas

, diferente a la pretensión anatómica de ordenar sus partes objetivamente, o de su funcionamiento, que es la finalidad de la fisiología, órdenes en los que el todo es la suma lineal de sus partes.. También es diferente al de la economía, que ve en el cuerpo una manifestación de la idea de propiedad (“mi cuerpo”), o el de la psicología, que habla de “normalidad vs anormalidad”, (véanse los trabajos de Schilder y el esquema corporal”)..El cuerpo erógeno es uno que se funda sobre el placer, o su ausencia, sobre la diferencia de tensiones en permanente variación. Variación sobre la que se impone el lenguaje, una forma de acotar las mutaciones de la realidad nombrándola. Cuerpo sometido a la interacción entre las pulsiones que son variación y el lenguaje que al nominarlas ordena pero también vela.

La perspectiva psicoanalítica sobre el cuerpo es una que cuestiona la existencia de una “ley del cuerpo” de una supuesta normalidad que encuentra en la fisiología su garantía de existencia.

Sin embargo coincido en que el cuerpo erógeno y la acción sobre éste no escapa por completo a la ideología ni a productos culturales como la moral. Imposible hacerlo porque por más que se pretenda inscribirse en el orden de lo simbólico para ello, éste es reflejo de la cultura y época donde se inscribe.

Así, el cuerpo erógeno es el escenario de una historia, de una narración de los avatares acerca de su inclusión en un tejido de relaciones.

Inscripción dramática, que no puede sustraerse a un pathos necesario para lograr su lugar en el orden de lo humano. Narración que  puede oscilar y variar casi infinitamente y que tiene en el síntoma su manera más elaborada de manifestación.

Estas consideraciones llevan a caracterizar al psicoanálisis como arqueología del cuerpo, como la posibilidad de entender la vivencia y constitución del mismo a partir de innumerables refracciones del lenguaje, una construcción retrospectiva y siempre parcial del cuerpo y sus fundamentos subjetivos.

Pensar el cuerpo en el ámbito del psicoanálisis obliga, a mi forma de ver, a repensar entonces el inconsciente. O quizás obliga a adjetivarlo, precisarlo.

Aunque muchos psicoanalistas coinciden en plantearlo como una hipótesis de causación, sin asiento físico, no asimilable al cerebro, se tiende a olvidar en el énfasis por lo simbólico que el inconciente antes que nada es corporal. Desde el aserto de Freud, “El Yo es ante todo un Yo corporal” a la zona erógena como fuente de placer y deseo, al Estadio del Espejo, es el soma y sus circunstancias el que produce subjetivación. Por esta razón el Yo es efecto del cuerpo y deviene, entre otras cosas en un mito que nos permite sentir que somos dueños de nuestro cuerpo y de nuestro destino. Y es el soma la condición necesaria para el advenimiento de la psique, en su sentido de fractura, de precio que pagamos para humanizarnos. Por ello cuando los psicoanalistas hablamos de los fantasmas, concepto que implica una representación carente de materialidad corporal, habrá que preguntarse si será factible sostener esta idea o reconsiderarlo en la existencia de sus referentes corporales.

El Dr. Orduz hace referencia al caso de Elizabeth Von R. para ilustrar sus ideas. Freud entiende el síntoma de la paciente, astasia-abasia como una metáfora, una forma desplazada de decir algo que no puede hacerse de otra forma. Y no es un decir cualquiera, sino uno cargado de deseo.

Aquí hay otra tesis subversiva del psicoanálisis: los deseos enferman, y curan también.

Freud se adentrará en lo central de su método, el usar la palabra en su poder transformador. Solo que pronto la palabra hallará sus límites también. El analizando se resiste. Viene a cambiar pero a permanecer igual simultáneamente. Su síntoma, su sufrimiento, su goce es su capital psíquico. Así la cura analítica discurre en transferencia, y en resistencia también,

En este punto vuelve a mi cabeza Wilhelm Reich y su análisis del carácter, su propuesta acerca de hacer frente a lo incoercible y su intervención directamente sobre el cuerpo. Asume un riesgo, uno que escandaliza a la ortodoxia psicoanalítica, en tanto intento de superar los escollos de la palabra. Ya sabemos como terminó, depauperado, tachado de loco, oveja sarnosa que era necesario apartar…Pero en el otro polo tampoco le fue bien a Lacan en su idea de usar el tiempo de sesión como herramienta de puntuación, pero ese es otro tema.

EL SILENCIO:

“Soy la voz que dieron por muerta/Soy la voz que nadie quiere escuchar/ A menos que cante en tono de hipocresía/ llevando una melodía que nadie quiere cantar” Héctor Lavoe

El silencio inaugura toda sesión, el analista calla a la espera de asociaciones , el paciente yace. Son dos cuerpos a la espera de lo ínfimo de un lapsus, de lo sorpresivo de un acto fallido, lo disparatado de un sueño, lo banal de un chiste, para develar una verdad. Lo hacen para reiterar el gesto freudiano que reclamaba en esto una historia a medias olvidada, a medias disfrazada de cuya comprensión se deriva la posibilidad de modificar el sufrir.

Los cuerpos de analista y analizando en sesión no se ubican simétricamente, ni siquiera en la misma postura. El analizando invitado a decir, forma privilegiada de intercambio entre los cuerpos, la pulsión invocante como manera principal de contacto va a fallar en su cometido. No importa su buena fe, su entrega devota, via sujeto supuesto saber al analista y su método. Hallará que la palabra devela pero también oculta. Se encontrará diciendo otras cosas que las que se propuso. Lo acometerá la sorpresa, la alienación. Variará su postura yacente, apretará los puños, cruzará las piernas, el llanto o la risa irrumpirán, su respiración se agitará, entra tantas otras posibilidades.

El silencio del encuadre es el que permite dar voz a las fantasías del analizante, pero también a su cuerpo y sus manifestaciones.

Entonces encuentro en Bion, en “Atención e Interpretación”, el último teórico o lugar donde creía poder encontrar alguna referencia útil a este trabajo una explicación del sentido de su principio de “Sin memoria y sin deseo”. Dice Bion que cuando el analista puede dejar de recordar y desear, entonces puede atender al cuerpo del analizante y sus expresiones.

¿Como administrar el silencio en el analista? ¿Cuánto es mucho y cuanto es poco?

Este tema lo asomo inquieto por ese valor de fetiche que el silencio tiene en algunas escuelas analíticas. ¿Cuánto tiene la función de suspender la crítica, la violencia para el advenimiento del decir del analizante? (Que es un decir de otros, que le hace sufrir y que constituye la materialidad de su síntoma, como lo plantea Eric Laurent). ¿Cuánto exagera el borramiento de sí el analista en aras de una ética del deseo y su emergencia que tiene que ver con no pocas interrupciones prematuras de la cura?

Me parece fundamental interrogarnos cuanto del encuadre, en relación a la administración de los intercambios culturales no pervierten la teoría de la técnica en ideología y acartonamiento. De esta forma asuntos como si es lícito darle la mano al paciente emerge en supervisiones y seminarios. O el recurso a ponerse las manos en los bolsillos para zanjar la cuestión y no tener que hacerlo caricaturiza la supuesta asepsia del encuentro analítico.

El Dr. Orduz plantea una oscilación entre Torquemada y el confesor para dramatizar las consecuencias entre el decir y el callar del analista. Quizás lo específico de la función analítica esté justamente en rescatarse, vía ética, de caer en ninguna de estas dos posiciones, en tanto ilustran dos formas de asumirse anticipadamente como dueño de la verdad por advenir. El encuentro analítico es el de la posibilidad de la sorpresa, de lo que no se espera, cuya aparición hará efecto de un lado y del otro.

Cuestión que dejo para el ulterior debate pero que adelanto mi posición en el sentido que considero que no puede dejarse al paciente a la deriva a la espera de la emergencia del significante perdido.

Aventuro así una propuesta: el ejercicio del psicoanálisis es una puesta en acto de un riesgo. Es la de la oferta deliberada que haciendo presencia con su mente y cuerpo el psicoanalista propone que el sufrimiento puede tomar otros derroteros que los ya conocidos por el analizante. Para mí la praxis analítica es la de la esperanza posible, que se ancla en la existencia y materialización de un deseo, el del analista con su método. En este punto reivindico más a Nacht con su “presencia del analista” y a otro disidente, Thomas Szasz con su “ética del psicoanálisis” más que a Bion con su “sin memoria ni deseo”.

Me parece especialmente valioso en el trabajo del Dr. Orduz las cuestiones acerca de la interpretación, de los momentos de decir del analista, en su posible dimensión de violencia como tributarias de una ideología o teoría. La pregunta por la interpretación y su violencia entra en contraste con concepciones analíticas que comparan la acción del analista con la del seno materno,la alimentación y sus derivados que ordenan el cuerpo del bebé y contribuyen a inscribirlo en el orden del deseo.

Violento o amoroso, el hacer del otro ejerce impacto sobre nosotros, de ahí que tanto cuerpo como psique sea un producto del Otro, de una historia que nos subjetiva a la vez que aliena.

El componente sugestivo de la cura es un resto que se minimiza pero imposible de eliminar por completo. A veces, la interpretación es la que cura, pero otras es la presencia deliberada del psicoanalista, en cuerpo y alma como interlocutor deseante lo que produce la transformación. Quizás sea, siguiendo a Fernando Yurman en su obra “La vanidad de lo distinto” que el lugar privilegiado que los analistas le damos a la interpretación como herramienta de cambio sea un resto narcicista nuestro. Quizás el cambio se produzca merced a otras cosas también, se vehiculice discurriendo por otros canales menos valorados pero no por ello menos reales.

Es en la oferta de hacerse depositario de todas las pasiones, sin corresponderlas, en el terreno de la transferencia, de la autorización a aflojar todas las identificaciones, las ataduras imaginarias que se juega la posibilidad de la cura y sus consecuencias.

Y es en esta tesitura, que el psicoanalista está llamado a jugarse el pellejo (referencia corporal extrema) en cada sesión.

Caracas, septiembre de 2015

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