LA SOCIEDAD QUE NO ENCUENTRA SOSIEGO: ANÁLISIS SOBRE LA NOVELA “POBRE NEGRO” DE RÓMULO GALLEGOS.  MICHELLE ASCENSIO.

LA SOCIEDAD QUE NO ENCUENTRA SOSIEGO: ANÁLISIS SOBRE LA NOVELA “POBRE NEGRO” DE RÓMULO GALLEGOS. MICHELLE ASCENSIO.

Voy a comenzar por leer detenidamente un párrafo de la novela Pobre Negro que podría reflejar, mutatis mutandi, los momentos actuales que vive el país. Con esta lectura pretendo mostrar el conocimiento y la intuición que poseía Rómulo Gallegos sobre la conformación psicosocial de Venezuela:

 

La conjunción de los opuestos bandos políticos que no tuvieron cabida en el gobierno personalista de los Monagas, hecha a base de conveniencia momentánea, tenía que ser precaria, y el hombre así llevado al Poder, mediocre, como todos aquellos de quienes en casos semejantes se echa mano. Incierto, el nuevo presidente de la agitada república no podía encontrar el camino por donde realmente se le abría. ¡Hacia delante! –reclamaban los tiempos- pero adelante era construir, crear y como su mediocridad no se lo permitía, prestaba mejor oído a las insinuaciones de su conveniencia personal. El porvenir exigía un hombre con las soluciones de los problemas en el puño civilizador; el pasado se conformaba con un gendarme que cuidase de la tranquilidad de aquel jardincito, como decía Cecilio el viejo. Los oligarcas sabían lo que deseaban: orden, respeto, silencio en la charca de las ranas. ¡Lo demás se les importaba poco! ¡Pero lo demás era el tiempo ya en marcha que había de arrollarlos! Los liberales sentían el impulso renovador, la presión de las fuerzas creadoras del pueblo que de ellos estaba pendiente; pero les faltaba la idea coordinadora que hace la convicción. Y todos juntos, revueltos, confundidos, empezaron en seguida a perder la cabeza. (p. 121)

 

 

La novela Pobre Negro se enmarca en la Guerra Federal, acontecimiento histórico que nos ocupa esta mañana. Comienza muchos años después de la Guerra de Independencia, cuando la tranquilidad ha vuelto a las haciendas que sobrevivieron y continúan produciendo el cacao mediante el trabajo de los negros esclavos. Porque la esclavitud continúa después de la Independencia, hecho, a todas luces, incongruente, podemos incluir esta novela dentro de aquella narrativa que se conoce como “novela de la plantación”.  Dos son los temas de la novela de Gallegos que permiten compararla con aquellas novelas norteamericanas y antillanas que sitúan a los acontecimientos en la época de la esclavitud, y son:

 

-el tema de la violación de una mujer blanca de la Casa grande por un negro esclavo de la plantación.

 

-el tema de la crueldad del capataz (generalmente mulato) hacia los esclavos que tiene a su cargo.

 

Ambos temas de Pobre Negro quedan supeditas, al igual que en las novelas de la plantación, a un tema mayor, el del racismo, generador del resentimiento que alimenta y define las relaciones en el contexto económico de la plantación.

Gallegos que indaga con mucho acierto y finura en la psicología de algunos de sus personajes nos informa en las primeras páginas acerca de la complicidad de la víctima, nos informa de cómo el fantasma de la violación fue oscureciendo el ama de Ana Julia Alcorta, la hija de los amos de la hacienda, desde que era niña. De esta violación nacerá Pedro Miguel, el protagonista de la novela Pobre Negro. Y la novela se va desarrollando contando la vida del bastardo, del ilegítimo, el hijo de la Blanca y Negro Malo, nombres que aluden a símbolos que atraviesan, desde la época de las plantaciones y haciendas, la historia y la vida cotidiana de los descendientes de la plantación hasta hoy día. Claramente se plantea en  la novela que la “superación” del orden esclavista se produce con el nacimiento de un nuevo ser marcado negativamente por la bastardía, por la ilegitimidad. El tema entonces del encuentro, podríamos decir siniestramente preparado por las víctimas, o por los protagonistas  -dependiendo del cristal con que se mire- de la nueva historia que comienza con Pedro Miguel, se cierra y empieza al mismo tiempo con el nacimiento del bastardo que se convertirá más tarde en Vengador, y con la adquisición de la libertad cuando Negro Malo, el Violador, se fuga y se refugia en los inextrincables montes de Barlovento. Negro Malo, al infringir el tabú de la Blanca, se convierte en un hombre libre, para la época en un negro cimarrón.

Que el novelista, Rómulo Gallegos no coloque estos acontecimientos en la época colonial como es lo propio de la literatura de la plantación, nos parece un acierto: nos permite pensar que la “perturbación” que produce el racismo sigue vigente aun después de liquidado el orden colonial. La realidad colonial no existe pero sus fantasmas deambulan todavía por las largos corredores de las casas, aparecen en los patios y se ven sus estelas en los campos en las noches de luna. No ha situado el novelista su historia en la Colonia para mostrar también la participación de los negros esclavos y de los bastardos en la Guerra Federal, dejándonos entender que es esa guerra la que definitivamente aboliría el orden colonial y erradicaría los símbolos y sentimientos, resentimientos mejor que la Guerra independentista no pudo liquidar. Así se lee en la p. 57:

 

Los tiempos eran realmente dramáticos; pero de tempestades creadoras, de amaneceres angustiosos y no de crepúsculos pesimistas. La Patria acababa de salir de las fraguas de la guerra y todavía no estaba completamente moldeada. Vuelta hacia el pasado tenía la faz tremenda que contempló la sangre y el fuego, pero mostraba inconcluso el rostro noble y sereno que debía mirar hacia el futuro y era necesario darle cuanto antes y de manera eficaz estos toques finales toques finales.

 

Dos sobrenombres tiene Pedro Migual. Como todos los apodos, reflejan su condición social y nos dicen mucho de su personalidad. Lo llaman el “repudiaíto” y “Cachorro”. El primero alude a una persona repudiada, rechazada, excluida de un orden que naturalmente le pertenece. Cachorro, el otro apodo nos parece más bien un eufemismo, pues Pedro Miguel no tiene nada de juguetón. Es más bien un muchacho arisco, algo melancólico y huraño. Don Nadie lo llamara el personaje Cecilio el Viejo para sacarlo de su ensimismamiento.

 

Pronto, a los 12 años, mostró una aprensión contra los mantuanos –movimiento espontáneo de su corazón. (p.36)

 

Desde luego que si es, efectivamente, un repudiado no nos parece tan “espontánea” su aversión hacia los mantuanos.  Y así comienza a plantearse la ambigüedad del novelista con su personaje. En efecto, el novelista tiene en sus manos una buena arcilla para construir un personaje, y lo construye como un carácter marcado por la exclusión de los de la Casa grande y por la auto-exclusión que él mismo se impone, perturbado como está por el “enigma de sus orígenes”. Pedro Miguel es un resentido en ciernes. No falta para completar este carácter, el clásico episodio de la vejación cuando el novio militar de Luisana, hija de los Alcorta, le cruza la cara con la fusta ante una respuesta altanera del bastardo. El hermano de Luisana comenta:

 

-Me preocupa la suerte futura de ese muchacho. Ya tenía el aborrecimiento instintivo y ahora tendrá el rencor.

 

Se lee en la p. 44, lo que nos permite observar, otra vez, que los sentimientos de Pedro Miguel siguen entendiéndose en la percepción de los amos –y del novelista- como “espontáneos”, “instintivos”. Si bien nos parece acertado que en la visión de los amos de la hacienda, los sentimientos negativos de negros y bastardos, es decir de todos aquellos que no se definen por la blancura y legitimidad, no puedan ser comprendidos y se coloquen del lado de la naturaleza, de los instintivo y espontáneo,  tal razonamiento es lo que precisamente define al racismo, la visión del autor no toma distancia de sus personajes-amos y parece, por el contrario, sostenerla. Como si los sentimientos negativos, específicamente, el resentimiento que podríamos decir que es el tema central de la novela Pobre Negro estuviera colocado del lado de la barbarie, de lo instintivo y natural, como decíamos, un sentimiento no-motivado, surgido espontáneamente que la civilización tendría que redimir. No hay duda de que nos encontramos en el universo galleguiano y en el idealismo que lo caracteriza.

A partir del momento de la vejación, Pedro Miguel se va convirtiendo poco a poco en un “revolucionario”, primero en un rebelde que  se impone la tarea de leer ante los esclavos de la hacienda los periódicos “revoluciones” que ha sustraído del baúl del cura del pueblo, conocido liberal, con anuencia de éste. Los esclavos reunidos en el silencio de la noche, monte adentro, siguen atentos a la lectura:

 

No eran ideas, que por aquellas cerrazones de espíritu no habrían encontrado camino, sino escarnios, burlas groseras y descarados vilipendios que se encarnizaban en las reputaciones más acrisoladas del partido conservador. Ni Pedro Miguel ni sus oyentes sabían quiénes eran las víctimas de “El Trabuco”, pero sí que eran mantuanos, y todas las complacencias del irrespeto hacían rebullir el auditorio. Al principio mezcladas con cierto asombro y temor supersticioso, manifiestos en las miradas cruzadas de rostro a rostro y lanzadas en torno al sitio de la insólita profanación; pero luego –como de las tinieblas de la noche no partía el rayo vengador de los ídolos- más y más confiadas y gozosas. (p. 52)

 

y Pedro Miguel Removió los rencores, atizó las ambiciones y concluyó predicando:-Hay que echarse al monte contra el mantuano con la guerra por delante.  (p. 53)

 

Así funda y justifica el novelista la participación de Pedro Miguel y de los esclavos de la hacienda de los Alcorta en la Guerra Federal. El detonante de esta guerra en la novela es la promulgación del Decreto de la Abolición de la esclavitud (1954). Esa es la mecha que prende en el ánimo de los esclavos y produce una borrachera de libertad que se traduce en el abandono inmediato de las haciendas. Dudo que un novelista o historiador pueda describir con tanta verosimilitud la estampida de los esclavos de las haciendas que produjo la promulgación de este Decreto. El jolgorio y la euforia momentáneos y la posterior decepción, acosados por el hambre y la intemperie, cuando tuvieron que volver a incorporarse a las haciendas. Decepción dijimos, frustración y desconcierto, y la reticencia de los antiguos amos que, ahora,  no los acogieron: páginas de gran maestría narrativa, de gran fuerza descriptiva, que nos permitan imaginar los terribles momentos de un país que no tiene en cuenta al mañana. A partir de este momento, todos los personajes de la novela presienten y esperan la guerra. No tarda el novelista en decirnos que los trazos que faltan para completar el rostro de la Patria tienen que ver con la inclusión de los negros, ahora libres pero sin rumbo, en la gran familia venezolana.

Aquí se detiene la narración de la vida de Pedro Miguel y pasamos a conocer las intimidades de la familia Alcorta y sus desgracias. ¡Y qué cómodo sentimos al novelista narrándonos la vida de esta familia! En verdad, el narrador está a sus anchas describiendo los caracteres y las vicisitudes de esta familia mantuana. Y cuanto le cuesta construir la vida de Pedro Miguel. En efecto, cuando Pedro Miguel, después de una ausencia de cuatro años regresa, ocurre un hecho insólito: al serle revelada la historia de su nacimiento, Pedro Miguel sufre una auténtica conversión. No sólo pasa a ser el encargado de la hacienda de los Alcorta, sus parientes, sino que se enamora de Luisana, la nueva Blanca, y además se disuelve su resentimiento:

 

… creía que nunca podría vivir sin odiar, pero de golpe he descubierto que también es bueno querer” (p. 103)

 

La expresión “de golpe” debe agregarse a la lista de las anteriores (“movimiento espontáneo de su corazón y “aborrecimiento instintivo”)  Es evidente que el novelista no se siente cómodo con este personaje, al que trata como los personajes de los mitos o de los cuentos de hadas que cambian según los caprichos del “destino”. Este personaje, marcado por la ambigüedad y el resentimiento, no se siente bien con nadie, mucho menos consigo mismo: ni negro ni blanco, ni rico ni pobre, ni señor ni esclavo, como si la ilegitimidad que pesa sobre él, le impidiera encontrar un lugar en este mundo. La ambigüedad del personaje es un resultado del tratamiento del novelista. En verdad, no logramos entender cómo el tema de la bastardía ha tomado visos trágicos en la pluma de Gallegos cuando es una condición común a la mayoría de los venezolanos. Hay una necesidad del novelista de legitimar esta bastardía, de extraerla de la barbarie en la que él mismo la ha colocado y hacerla entrar en el cauce de la civilización. Este idealismo que se encuentra en todas las novelas galleguianas necesita para su realización de personajes que rozan la dimensión del mito como Santos Luzardo y Doña Bárbara para citar los más célebres. Por eso lo que hemos llamado la conversión del Pedro Miguel toca el orden de lo mítico, de lo sagrado: el repudiaíto se va convirtiendo en el héroe más importante de la Guerra Federal en la región de Barlovento, respetado y temido, sus hombres le siguen con fe ciega y no se entregan, tal es la disciplina que les impone el jefe, al pillaje como los demás revolucionarios cuando entran a saco en los pueblos o cuando queman una hacienda. Completamente inverosímil todo esto, como puede serlo Santos Luzardo reverenciado por los hombres del llano como un sabio justiciero.

Supongo que no exagero cuando digo que Gallegos plantea los problemas adecuadamente, los plantea pero no los resuelve adecuadamente. Falla en la resolución de los caracteres porque el plano idealista de la novela y sus fines pedagógicos privan, al final de cuentas, sobre el plano narrativo. Marisela, la hija de Doña Bárbara, una salvaje, se convierte de la noche a la mañana, es decir, “de golpe” en una señorita civilizada para casarse con Santos Luzardo y regentar el Hato Altamira. El resentido y huraño Pedro Miguel supera sus estigmas, rechaza a los negros para acceder a la señorita Luisana. Gallegos pasa de la novela al mito desconcertando al lector que no puede comprender las súbitas transformaciones de estos personajes.  Pero si algo sabe hacer Gallegos es transmitir las emociones y premoniciones que laten en los vastos escenarios, en los paisajes y en los conglomerados humanos. Así, las descripciones de la guerra Federal en Pobre Negro tan vívidas nos convierten casi en testigos de los acontecimientos y situaciones dramáticas que se relatan. La crueldad se despliega a lo largo de varios capítulos. Asistimos a la destrucción de vidas y haciendas “para nada”, como nos deja entender el autor: un volver a comenzar sin saber qué es lo que comienza, una cuenta todavía pendiente que se ritualiza a lo largo del tiempo, una herida que no sana ni se olvida… Tal vez sea este conjunto de situaciones que se repiten la propia definición del resentimiento para Gallegos. Si una de las imágenes primordiales de Gallegos es la devoración, la imagen del fuego devorando los campos, incendios provocados por Pedro Miguel Candelas, es cónsona con la de Doña Bárbara, la devoradora de hombres y de bienes ajenos. La barbarie simbolizada ahora en la candela arrasa la tierra y la vuelva a dejar virgen como en los comienzos. La barbarie arrasa como una fuerza ciega e ilimitada. Un solo hombre enfrentado a la barbarie y a la candela: Santos Luz-ardo en Doña Bárbara y Cecilio el Viejo, el humanista, en Pobre Negro.  Un hombre enfrentado a la barbarie no es todavía un grupo, aunque tenga seguidores, “ciegos seguidores”; no es tampoco un partido, ni una sociedad. Es un hombre-salvador, un mesías que viene a vencer a la barbarie y de paso redime a la mujer.

Al final, nos parece que Gallegos nos ha pintado un cuadro de una sociedad que no encuentra sosiego, que intenta una reconciliación, más aún, una igualación, a través de una guerra, y no logra ninguna de las dos cosas. La promoción que el novelista quiere hacer de Pedro Miguel, el mestizo, el bastardo, al convertirlo en héroe, queda anulada por sus acciones contradictorias, absurdas, y marcadas por un excesivo individualismo. La promoción que el novelista quiere hacer del pueblo nos pinta una masa sin razones, marcada por la inmediatez de la revancha que azuza el resentimiento. Si Luisana, la Blanca, y Pedro Miguel, el bastardo, abandonan los escenarios de esclavitud y de odio para iniciar una nueva vida, queda Pobre Negro, quedan los pobres negros, los que sufrieron 300 años de esclavitud colonial, los que participaron en las guerras de independencia para volver a ser esclavos y que, ahora, muertos y desahuciados, no pueden volver a trabajar en las haciendas que ellos mismos quemaron, permaneciendo excluidos, como en los comienzos, del orden social.

Mito y realidad se tocan en esta novela, y la ficción, si ficción puede haber cuando el mito y la historia están tan comprometidos, no logra la solución de verosimilitud que define a la creación novelesca.

 

Caracas, 16 de abril de 2009

 

 

 

 

 

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