TRÓPICOS 2019 VOL 1: Desde allá. Comentarios por Esther Aznar (2016)

TRÓPICOS 2019 VOL 1: Desde allá. Comentarios por Esther Aznar (2016)

Desde allá (From Afar, 2016)                                                                       Desarrolla la historia de Armando, un hombre de mediana edad que contrata chicos para que se desnuden en su apartamento mientras se masturba. Este hombre acaba obsesionado con uno de ellos, un pandillero llamado Élder. Dirección y guión: Lorenzo Vigas. Elenco: Alfredo Castro (Armando), Luis Alejandro Silva (Élder), Jericó Montilla (Amelia), Catherina Cardozo (María), Jorge Luis Bosque (Fernando).

 

Agradecimientos

 Quiero darle las gracias a Carlos Rasquin por invitarme a este panel, por haber tenido el privilegio de ver esta extraordinaria película aún antes de su estreno, y poder conocer y conversar con Lorenzo Vigas, José Pisano y ustedes, para pensar, intercambiar impresiones y emociones en torno al film. Es para mí un gran honor.

Si ellos aquella noche de Venecia tuvieron dudas y mucho antes de esa noche no imaginaron saldrían de allí con el León de Oro, creo que mucho menos yo, emocionada como todos los venezolanos con la noticia, imaginé verla antes del estreno, conocer a Lorenzo y compartir mesa para hablar de la película. De modo que entre sorpresa, gusto, privilegio y emociones diversas, me siento aquí hoy con ustedes, muy honrada, en un intento de comentar el tropel de ideas y sensaciones que me han surgido ante ella.

Tengo que aclarar que para mí, acercarme a una obra de arte, como a cualquier expresión humana, no pasa por la disección anatomoclínica o “anatomopsicoanalítica”, si se me permite el término. Algo me lo impide, con gusto intento entender en parte qué se quiere decir y en mucho   lo que yo siento en ese momento. Desde allí, respetuosa, discretamente, me animo a contar algunas cosas que vi y sentí.

El título

Desde allá. ¿Desde dónde?, ¿desde el regreso?, ¿desde el recuerdo o mejor, el no olvido?, ¿desde el amor, la pérdida, el abandono, la ira? Desde el re-sentimiento (que es sentir doblemente, con doble intensidad), el re- clamo, clamar dos veces, pedir, llamar, desde el anhelo, la no escucha, la no mirada, el no reconocimiento, la reivindicación.

Esta película está llena de miradas, de silencios, de cosas no dichas, no abunda en palabras, solo las justas, las precisas, imprescindibles. Lleva al acto y pone en acto.

Dos personajes contrapuestos en edades, medios sociales, quehaceres. Dos dimensiones distintas, se encuentran para representar una dramática de violentados y violentos, dominación y sumisión, deseos, sentimientos amorosos, apegos. En fin, manifestaciones diversas de Eros y Thanatos, vida y muerte.

Armando deambula, sigue su deseo, o uno de ellos. Taciturno, solitario, enigmático, pero seguro, al escoger a un joven en el autobús a quien compra para su escenario de contemplación y autocomplacencia. Ese hombre casi frágil, que puede pasar desapercibido siempre con su chaqueta azul. Me llama la atención que los protagonistas, salvo excepción, tienen siempre el mismo ropaje. Uno con su jean raído, caído y su franela o franelilla. Armando, de grises y chaqueta informal azul, pero osado, recorriendo calles quizás desconocidas, rincones de la ciudad peligrosa. Corre riesgos, también, al llevarse a su casa a un desconocido, un joven que sabe necesitado de dinero, y quien acepta su puesta en escena. “Quítate la franela… voltéate. Bájate el pantalón… más, menos… hasta ahí. Así… así…”, y vemos desde atrás sus movimientos, oímos su jadeo. El primer joven termina asombrado, supongo yo, por su cara, piensa: “¿Eso es todo…?”. Y sí, ahí termina todo. Élder responde desde un comienzo en la calle con empujones: “…Viejo marico… ¿Qué es lo que te pasa a ti, ah?”, “¿Qué es lo que tú quieres ah, viejo marico…?” Y a diferencia del primero u otros, para él, ahí empieza todo. Accede, golpea, insulta, roba.

“Viejo marico”. Lo admira cuando lo ve esculpiendo a fresa los dientes de extraños, ajenos. Delicada, sutilmente va rebajando, sacando limaduras que saltan pulverizadas de los incisivos, los incisivos… Así es Armando, incisivo, persistente, poco a poco. “¿Qué es lo que tú quieres, ah?” Quizás nunca lo supo, quizás muchos de nosotros nos hacemos esa misma pregunta, quizás ni él lo sabe del todo. Sujetos del inconsciente, misterioso destino, impredecibles desenlaces. Cuántas otras opciones, otras conjeturas. Armando golpeado, sin embargo, lo vuelve a buscar y “Qué, ¿Otra vez, viejo marico?” De nuevo asoma el dinero, “…y hay más en la casa”. Un carro destartalado ocupa la atención de Élder, con el dinero podría seguir arreglándolo, y regresa. Ese chico, ese chamo como tantos de barrio, malandrín, impulsivo, violento, sin padre a la vista, capaz de propinar una paliza en grupo a los hermanos de su jeva, ha encontrado un recurso de subsisten- cia y podría alcanzar el carro, un objeto simbólico de poder, de triunfo, de libertad. A él dedica tiempo, trabajo y visitas a la misteriosa casa del viejo.

Chamba, trabajo, jeva, vida de calle y mami en casa, desayuno, jugo a pico ‘e botella, colas de abasto, pleitos, espejos robados, pago por partes, así va la vida, lija que lija en la latonería “Hermanos”. Paredes, “…consígueme los repuestos”, y un espejo arrancado de cuajo que no da tiempo a mirarse mucho en él, a verse a sí mismo. Acción, paso apurado, viendo siempre a todos lados. “Mosca ahí”. Comida precipitada, engullida, cerveza, refresco que junta en su boca a la vez que mastica, modales de chico de barrio que contrastan con la meticulosidad de Armando. “Igual me llevo la botella de vino si no te la vas a terminar”.

Algunos intercambios de historia, algunos puentes: “¿Tú dónde naciste, dónde vives, con quién?”, “Aquí… por ahí… con mi mamá”. “…Tú, tienes mujer?”, en su hablar directo, rudo, sin mucha máscara, “¿Por qué hablas así, como raro?”, “¿Tu papá está muerto?”. Armando escueto, pausado, insondable, “No, nunca me casé”, “Porque viví en otro país”, “No, pero me gustaría que lo estuviera.”

“Él regresó… papá regresó…”. A él también lo sigo, lo miro, me le pongo al lado. Está vivo, no me reconoce, no me toca. No se toca, no se debe tocar, ¿se tocó alguna vez indebidamente?, ¿reedita Armando una escena prohibida de sumisión? Una extraordinaria escena en el ascensor, como en un juego de espacio, tiempo, silencios, cercanías sin contacto, mirada al frente que traspasa. Piso 6, sube y baja, y atrás una secuencia de pisos, de grises, de cuadrícula, que me conmueven. Cuántos años, cuántas cosas pasan en ese silencio de ascensor y esos cuadros grises piso tras piso, imposible de asimilar, indigerible, arrojado, incontenible. Élder observa la casa de Armando, y Armando la de él, de lejos, siempre desde lejos, y la del padre, ¿Quizás la nueva casa?, ¿Una nueva familia?, ¿Otra que ya había, conocida?

Las mujeres en la película

 

Como las palabras, pocas, las precisas.

 

La hermana

 

La hermana parece que ha logrado pasar la página del abandono, de la ausencia y también del regreso, pendiente de una próxima adopción, una familia, un mejor acomodo social, ¿También interno? “¿Te parece normal que… después de tanto tiempo…?” Una reacción violenta en la cocina, allí donde Armando ha entrado, de su cuenta, inesperado, va ayudando a colocar cuidadosamente en la alacena, de pronto, ante la frase imprevista, imperdonable tal vez, caen vasos, platos, la cara de Armando casi impasible ante el ruido. Un primer plano que retrata la violencia casi siempre pasiva, pero que puede llegar a no serlo, que en algún momento se deja salir, el sonido de vidrios rotos o el cuchillo clavado en sí mismo, prueba de valor que parece se opone al ser maricón. “A ver quién es más maricón de los dos… quién es más valiente?” La hermana calla, y Élder en su momento sale corriendo, espantado de ver esa herida, que en su ley hubiera sido para él y Armando se autoinflinge, frío, decisivo, incisivo. “Tu turno (lo reta)… a ver quién es más maricón de los dos…”.

 

La jeva

 

La jeva corresponde a la sexualidad compartida. La jeva sabe quién es Élder, sabe qué quiere, no hay misterio, al parecer, o ella creía saber todo de él, lo malandro, lo impulsivo, sexual, amiguero, pana. “Pana, quién lo hubiera dicho…”, faltaba mucho todavía.

 

Las madres

 

¿La madre de Armando estará en esas fotos de mujeres y niñas de su casa? ¿Dónde está?, ¿fue abandonada con ellos?, ¿quiere vengarla?, ¿pide ser vengada? Aparece en la receta que atesora y prepara para el joven, material- mente. ¿Estará representada en alguna de las imágenes religiosas de la casa?

¿Madre virgen y Virgen madre?

La madre de Élder tiene una presencia definitiva. Desde que lo ve en la fiesta de quince años, intuye que tras ese señor Armando, esa tienda de prótesis dentales, ese como socio, hay un hombre enigmático, que poco tendría que ver con su hijo en situaciones habituales. “¿Y dónde se conocieron?” “Ahhhh…”. Qué hace este señor aquí, por qué lo lleva Élder, un despliegue de retratos culturales nos asoma esa fiesta. Música, alguna sonrisa, Élder tarareando y canturreando las canciones a la par de un movimiento sensual, cadencial, que sólo se logra habiendo crecido a ese ritmo. Mientras, Armando, acartonado, contenido, observa y se sabe observado, ajeno a ese mundo, sin quererlo deja salir un leve, levísimo, movimiento al compás de un ritmo prestado al que ha accedido asistir.

El chamo nervioso, pendiente de miradas y posibles chispazos, convoca al baile, un triángulo de múltiples ángulos, más de tres, se forma en el baile al son del reggaeton, caña, música, deseo. Armando accede remolón al baile y va haciendo su papel y hasta se acerca a la madre.  Élder, en su medio, en su salsa, pero desde un lugar diferente al de siempre, baila con la jeva, vueltas y más vueltas, pero no deja de observar a Armando, vueltas y vueltas, cambio, trencito, reggaeton, un remolino de sensaciones cruzadas, en las vueltas se acerca a Armando y éste a la madre, ¿Podría acercarse ella a él?, demasiado para un solo reggaeton, Armando se retira. Se va al baño, el chamo lo sigue, y en un arrebato, impulsivo, se abalanza a Armando e intenta besarle, éste le da una bofetada, lo empuja. De nuevo: “No entiendo, ¡viejo marico!”. “Me he ido apegando a ti, me has cuidado de la paliza que me dieron, me cuidaste quizás como hubieras querido que te cuidaran, o ¿Sí lo hicieron? Perdonaste la que te iba a hacer y cuantas más. Te pedí disculpas y he admirado el coraje de clavarte un cuchillo en vez de hacerlo a mí, te busqué y te llevé a curarte, no eres un cobarde, lo demostraste. Vale, mira mi carrito, gracias a ti, he podido terminar de pagarlo. Y ahora en esta mezcla de emociones, humo, alcohol y reggaeton, jevas, deseos por doquier, ¿Te podrías acercar a mi mamá?, ¿o ella a ti?, ¿y a mí? Una vez más no puedes aceptar cercanía, no me toques, no me beses, no te acerques.

¿Qué quieres tú, ah? Nos vieron, Armando, me vió el pana. Mi mamá me quiso, me aceptó malandro, pero cuando me supuso maricón, me botó”.

 

 

El desenlace

 

“Mi papá no está muerto… él me traía al mar a pescar… está encanao”. “Yo quiero conocer a tu papá, a ese que quisieras estuviera muerto”. “Yo lo voy a matar, Armando…”. “Nadie me vio… mira”, tres casquillos sobre la mesa. Es momento de máxima consumación. Sexo, muerte, violencia, ¿Resurrección? La escena de muerte no la vemos, la erótica parece que permite el traspaso de las fronteras, ambas han saltado todas las fronteras. “Qué hay pa’ desayunar”, “Leche”, “A mí no me gusta la leche… ¿Y qué más hay?”, “No hay nada”. ¿La leche de la suerte? ¿La leche de la vida?, buena y mala leche. ¿La leche de la madre, la del semen? De ayer ni palabra, ni de la muerte del padre, ni del encuentro sexual. O mejor “no tocar” ninguno de estos asuntos. “Voy a comprar pan”. Mira como siempre y más para todos lados. Cola, las colas. “Dos canillas ahí…”. Una cabina, sirenas. “Por qué, por qué, mamáguevo… ¡yo no he hecho nada!”. Una llamada, la gente en la calle que mira, Élder, gritos. Armando mira, se distingue confundido con el resto en silencio. Mira fijamente, los ojos irritados, inyectados, ninguna mueca, ¿Acaso alguna lágrima invisible? ¿Por qué? De pronto, negro súbito, lo más oscuro a descifrar, cada quien en su conjetura, en su butaca, en su sombra, en el silencio de la sala, atónita.

En una entrevista vi a Luis Alejandro decir que no le gustaba el final, desde la frescura de su juventud decía: “Si él lo ayudó”. Lorenzo, con ternura, decía: “Ves, es que él es muy sincero”.

El parricidio y el acto sexual consumados, casi a la vez. Élder cumple lo que cree la voluntad de Armando. Él, ¿llama a constatar el crimen, o lo delata? “¿Por qué… Armando, tú también me la hiciste al final?”. ¿Por qué?

¿Lo deja sin goce? El padecimiento que ilustra la brutal incomprensión, la imposibilidad de comunicación con el padre. Ambos, separados y atenazados, sujetados y torturados por esa imago que los domina, presos de ella. Como en el carcelero y el preso, los domina la atadura.

Desde allá nos lleva indefectiblemente a Tótem y tabú (1912) y a Más allá del principio del placer (1920), al complejo paterno, a la trama edípica donde amor y odio ambos se acomodan de tan diversas formas que van dando lugar también a diversas salidas, identificaciones, deseos, preferiblemente hechos metáfora, no acto.

El crimen termina con el padre mítico primordial, de la horda, que deja de herencia la ley, la prohibición, “no matarás”, y no tendrás a la mujer más cercana, la más próxima.

¿Por qué? Ya no hay a quien buscar y contemplar de lejos. Ya no hay a quien seguir, sin tocar, sin perdonar. Queda adentro para siempre, identificados. Será que Armando no puede, no perdona, la cercanía. Ha sucumbido al contacto y a la muerte real. Crimen y castigo. Encarna la ley del padre, consumado el parricidio y por eso delata.

¿Abandona como su padre? Élder, sin saberlo, a su vez, como su padre encanao, que mató a un costilla suyo por nada, mata por nada, ¿sigue el mismo destino del encanao? ¿Qué quería?

Afortunadamente tenemos un espacio para compartir conjeturas e incertidumbres, no esperamos verdades absolutas. Cada quien encuentre su conjetura dentro de sí, después del apagón.

Muchas gracias, Lorenzo, y a tu gran equipo por este profundo, complejo y delicado trabajo de arte e invitación a pensar y sentir. Muchas gracias.

 

Referencias bibliográficas

 

Freud, S. (1912). Totem y tabú. Obras Completas, Vol. II. Madrid: Biblioteca Nueva.

Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Obras Completas, Vol. II. Madrid: Biblioteca Nueva.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *