TRÓPICOS 2019 VOL 1: El lector. De la adolescencia a la adultez. Un proceso de aprendizaje sobre el amor. Comentarios por Serapio Marcano (2009)

TRÓPICOS 2019 VOL 1: El lector. De la adolescencia a la adultez. Un proceso de aprendizaje sobre el amor. Comentarios por Serapio Marcano (2009)

El lector. De la adolescencia a la adultez. Un proceso de aprendizaje sobre el amor,

la vergüenza, la culpa, el castigo y el perdón

Comentarios por Serapio Marcano (2009)

El lector (The Reader, 2008)                                                                        La película es una adaptación de David Hare de la novela de Bernhard Schlink. El adolescente Michael inicia un romance con una mujer mucho mayor que él, en la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial. Ella desaparece de repente, y él la vuelve a ver ocho años más tarde, cuando se sorprende al encontrar que ha sido acusada de crímenes contra la Humanidad, en apoyo a los nazis. Su relación con esta mujer marca su vida. Dirección: Stephen Daldry. Guión: David Hare. Elenco: Kate Winslet (Hanna), Ralph Fiennes (Michael Berg de adulto), David Kross (Michael de adolescente), Bruno Ganz (profesor Rohl), Lena Olin (Ilana de adulta).

Voy a presentarles mi lectura psicoanalítica de la compleja trama emocional que nos plantea esta interesante película, extraordinariamente actuada, en particular por Kate Winslet.

Una mujer con la que ha estado Michael Berg, ya adulto con 52 años, le invita a interrogarse si alguna mujer se quedó con él lo suficiente para descifrar qué piensa. Dicha pregunta lo lleva a abrir la ventana y mirar hacia sus vivencias desde la adolescencia. La escena del tren me hace recordar el símil que utilizaba Freud con dicho transporte para explicar el método analítico, al invitar a los analizandos a relatar todo lo que fuese pasando por su mente. Al igual que el pasajero del tren que va viendo el paisaje mientras el tren se desplaza, el analista acompaña escuchando y buscando entender los contenidos que van surgiendo.

Trasladándose a Neustadt, su pueblo natal, aparecen en la mente de Michael las primeras mujeres: Hanna, una cobradora del tranvía, quien lo encuentra enfermo en la entrada de su casa y con ternura lo atiende, lo limpia, luego lo abraza y lo lleva camino a su casa. La madre y también la hermanita, que contraviniendo a Michael y al padre, buscan al médico para que lo atienda. Él le cuenta a la madre de la ayuda que le brindó esta mujer y, ya mejor, va a agradecerle con un ramo de flores. Hanna, quien está planchando un sostén, lo recibe sin mirarlo y con frialdad, la cual se rompe cuando él le comenta que durante su enfermedad ni siquiera tenía ganas de leer. Ella, por pudor, le pide que espere afuera mientras ella se viste, pero deja la puerta entreabierta y la curiosidad sexual del adolescente no va a perder esta oportunidad, luego lo invita a entrar y se produce la iniciación sexual. Él, al igual que muchos adolescentes, siente vergüenza de mostrarse al desnudo, dejarse mirar inexperto e ignorante ante una mujer con experiencia en el arte de hacer el amor y el encuentro con el deseo, pero a su vez ignorante en otras áreas de su vida que también son fuente de vergüenza. La conducta de Michael cambia, la familia reacciona al darse cuenta de estos cambios, pero la madre lo apoya. En el encuentro pasional se van abriendo espacios para que ella pudiera mostrar sus ignorancias y el deseo de ser enseñada por Michael, pero siente tanta vergüenza que lo oculta; él algo intuye cuando le lee en latín y en griego, y ella insiste en que es hermoso, lo que hace que él le diga: “Cómo puedes decir que es hermoso si no tienes idea de lo que significa”, pero para Hanna confesarlo rompería el embelesamiento amoroso del mutuo aprendizaje.

En el secreto la persona se guarda información porque no quiere mostrar lo que siente que es censurado o condenado. También la represión oculta el deseo inconsciente. Esto se hace evidente cuando ella interpreta que él no se subió en el vagón del tranvía donde ella estaba porque no la valoraba y sentía vergüenza de ella, él se excusa por desilusionarla, pero ella lo echa, castigándolo, y diciéndole que él no vale lo suficiente para desilusionarla. Estos temores a desilusionar al otro y, en consecuencia, ser echado, pueden estar en el trasfondo de las inhibiciones a la entrega amorosa, lo que lleva a guardar en secreto las ignorancias e insuficiencias, pues de ponerlas al descubierto se corre el riesgo de sufrir una herida narcisística con la subsecuente merma en la autoestima. La fuerza del deseo de ser amado y aceptado le hace pedirle perdón, y ella al aceptarlo y perdonarlo, permite que se recuperen la estima y la valía de ambos. Michael, con más recursos emocionales que ella, puede confesarle uno de sus secretos: que siempre pensó que no era bueno para algo, y ella lo refuerza diciéndole que es bueno para eso, dejando de ubicarse en el lugar del superyó cruel y se ubica del lado del yo benévolo; entonces puede ser bueno para meter la pelota en el arco, lo cual es muy simbólico.

Actuando como un adulto, él la invita a pasar el fin de semana juntos y se va a hacer evidente, para otros, la connotación incestuosa de esta relación cuando la asumen como la madre. Hanna sigue avergonzada por su ignorancia, guardándola celosamente en secreto; es tan sensible a esto que cuando Michael llega tarde a su encuentro porque se quedó con sus compañeros, se produce una escena en la cual ella está celosa, enojada, pelean, él le pide disculpas y ella dice que “nadie debe disculparse”, mostrándole a continuación el libro La guerra y la paz y llamándolo de nuevo niño, luego lo baña con la ternura de una madre para luego hacer el amor y devolverlo a sus amigos. Esa devolución es un gesto de renuncia del componente incestuoso, endogámico y atrapante de la relación de una madre con su hijo adolescente, que va a permitir la exogamia. Pero si en la mente del hijo queda un fuerte apego hacia la madre se dificultará, más adelante, que otras mujeres se queden lo suficiente. Este gesto de renuncia se dramatiza con el ascenso de Hanna y su salida de la casa vaciando y limpiando la botella de leche; es el destete que la madre tiene que hacerle al hijo para promover su evolución mental. El jefe de Hanna estaría representando la figura paterna que, al valorizar a la madre, promueve la separación de ésta con el hijo. La caricia materna, al regresar a casa, se le hace incómoda o angustiosa, y la rechaza. Así vamos encontrando respuestas a la pregunta formulada por la mujer de la escena inicial.

El tema de la culpa está siempre alrededor de esta historia, lo está en todas las historias de las culturas y trasciende instalándose dentro los individuos. Cuando no hay espacio para hablar de las ausencias alguien siente que es por su culpa. Se abre una reflexión acerca del tema filosófico jurídico y político en torno a la culpa, el crimen y el castigo. Michael está estudiando leyes en la universidad y uno de los textos es La cuestión de la culpa alemana de Carl Jaspers. Han pasado ocho años desde su experiencia con Hanna y asiste al juicio que se hace a unas mujeres, guardias de la SS, que participaron en la matanza de mujeres y niñas judías; él no sabe que ella es una de las enjuiciadas. Hay manifestantes a favor y en contra del juicio, la compañera de clases de Michael dice que el juicio es un circo, por tanto su aprendizaje no es solamente un estudio teórico del fenómeno de la culpa, sino también práctico y vivencial. Mantener la neutralidad, reconociendo la subjetividad de los diferentes actores de un proceso es una tarea prácticamente imposible, sobre todo cuando se introducen juicios de valor moral por encima del valor de la ley, o de la legalidad. Esto sucede tanto en las instituciones sociales como en las instituciones de la mente, es diferente la moralidad del superyó a la legalidad normativa y contenedora del yo. Cuando predomina la moralidad del superyó, el yo puede someterse culposamente y buscar castigo, o puede, perversamente, manipular, mentir, ocultar, para escapar al castigo del superyó cruel. Igual sucede en las instituciones sociales y en los individuos dentro de las mismas, cuando se funciona con base en la culpa y no con base en la responsabilidad. Aquí hay que tomar en cuenta, como lo dice el profesor de filosofía del derecho en la película, si había intención de matar y si quienes mataban tenían consciencia de que eso estaba mal. La ignorancia y el analfabetismo de Hanna, propios de sus niveles estructurales mentales más primarios, la habían preservado de sentir culpa por sus actos, pero cuando aprende a leer, además de mantener la ilusión de vida a través de ese contacto con Michael, también va a encontrarse con los sentimientos de culpa y con el sentimiento de odio hacia él por haberle cortado el envío de sus afectos, plasmado en no contestarle sus cartas ni enviarle más casetes. Cuando se toma conciencia y se asume el sentimiento de odio que motiva el ser abandonado afectivamente, ello puede generar culpa y condena por parte de la conciencia moral, es entonces cuando puede ponerse en acto el suicidio, con el cual se busca el castigo y la expiación de dicha culpa, pero también se realiza el asesinato simbólico del otro. Estos sentimientos son también expresados por el compañero de estudios de derecho de Michael cuando dice que si tuviera un arma se mataría y mataría a todos; igualmente expresa: “Todos los alemanes sabían, pero dejaron que sucediera” y se pregunta

¿porqué no se mataron cuando se enteraron?

Hanna, analfabeta, con un funcionamiento mental primitivo, básico, es presa fácil de ser puesta en el lugar de chivo expiatorio de la culpa alemana colectiva, además de la propia. De una manera ingenua es llevada al patíbulo, manipulada por el juez, quien conduce el interrogatorio con la clara intención de que ella asuma ese rol. Su orgullo y la vergüenza por su ignorancia no le permiten revelar su secreto de ser analfabeta, que de haberlo hecho la hubiese colocado en un nivel de responsabilidad compartida con las otras guardias y eso hace que termine diciendo que ella escribió el reporte. Michael también siente vergüenza por la relación con Hanna y por lo mismo guarda el secreto tanto de dicha relación como del analfabetismo de ella. Si lo hubiese revelado le habría ayudado a recibir, al igual que las otras guardias, un menor castigo por sus actos criminales realizados desde un lugar de obediencia y sin la intención consciente de cometerlos.

Esto le va a generar un sentimiento de culpa, que trata de contrarrestar volviendo a ser el niño que le leía, al enviarle los casetes a la prisión. Sin embargo, su sentimiento de culpa se incrementará con el suicidio de Hanna y buscará ser exculpado o perdonado cuando va en busca de Ilana Mather, la niña que pudo salvarse de la muerte en el incendio de la iglesia; se abre a confesarle su secreto, pero no obtiene dicho perdón. Tampoco Ilana puede perdonar a Hanna, quien condensa, para ella, toda la crueldad de la tiranía nazi que le robó, además de sus seres queridos, muchas cosas fundamentales, tales como su niñez y sus sentimientos. No obstante, Ilana logra conectarse afectivamente cuando muestra cierto lagrimeo contenido al aceptar la cajita de Hanna.

El tema de sentir o no sentir y mostrar o no lo que se siente, está siempre presente en la película, reconocerse sintiendo es vergonzoso y más aún mostrarlo. Un ejemplo de ello es cuando el profesor le dice a Michael que lo que sentimos no tiene importancia, que sólo la tiene lo que hacemos. Michael no puede expresar con libertad sus sentimientos, tanto así que se devuelve cuando va a visitar a Hanna a la cárcel y tampoco puede conectarse afectivamente con su deseo hacia la compañera de clases cuando tiene un encuentro sexual con ella, se justifica diciendo que es ella quien lo ha buscado. La imagen de la Hanna de su adolescencia va a estar presente en la mente de Michael al momento de establecer nuevos vínculos con otras mujeres y por lo mismo, no puede permanecer suficientemente ligado a ninguna. No visita regularmente a su madre, tampoco a su hija Patricia y termina divorciándose de Gertrud, la madre de ésta. Cuando su madre interpreta que él no iba a Neustadt porque era infeliz en ese lugar, vemos de nuevo cómo la omisión de los sentimientos hacia un otro genera interpretaciones erróneas de las causas de las conductas que buscan eludir el encuentro con los mismos; da origen a malentendidos.

Cuando lo llaman para anunciarle la salida de Hanna de la cárcel, se acerca a visitarla y en el encuentro ella le tiende la mano buscando, como último pedido desesperado, la respuesta amorosa que en su memoria guardaba de aquel niño, él responde a su solicitud, pero se asusta y la retira. Ella se da cuenta de que el niño Michael ha crecido y comprende que él le puede ofrecer solo recursos materiales pero nunca los afectivos, nunca más su amor. Ya no le puede ofrecer las lecturas como lo hizo de adolescente o cuando le enviaba los casetes, lo cual hace que ella le diga que entiende que “eso ha terminado”, aunque conserva la remota esperanza que él aún esté interesado en sus sentimientos, de allí que cuando él le pregunta si ha estado mucho tiempo pensando en el pasado, ella le responde que si lo que quiere saber es si ella ha estado pensando en el pasado con él, lo cual inmediatamente niega. “Antes del proceso ella nunca tuvo que pensar en el pasado” y cuando él le pregunta qué siente ahora, ella le responde: “¿Qué importa lo que siento ahora?”, Hanna ha comprendido que a él no le importan los sentimientos de ella y los que tenía hacia ella están bloqueados. Todo ha muerto y la frase “los muertos siguen muertos” condensa el encuentro con la realidad de todas las muertes, de todas las pérdidas. Aprendió no solo a leer, también aprendió la dura realidad de la vida, por eso se despide diciéndole: “Cuídate niño”; ya no volverá a ver a su niño y la muerte es la única salida que encuentra, pues como dijo la administradora de la prisión: “Ella no está preparada para la vida en el mundo actual”. Cuando Hanna se suicida apoyándose en los libros que él le había leído, lo cual es simbólicamente significativo. Él cae en cuenta de que no había entendido los mensajes de muerte que ella le había transmitido, y es en ese momento cuando le es posible abrir un poco la ventana de sus sentimientos y dejar salir unas lágrimas. El bloqueo de sus sentimientos es una barrera difícil de derrumbar, como lo es en muchas personas con este tipo de defensas, pues temen desmoronarse o desorganizarse, y por eso necesitan salidas de compromiso donde no terminan de asumir lo que sienten. Eso se hizo muy evidente en el diálogo con Ilana Mather, cuando ella le pregunta si “ella (Hanna) se dio cuenta de cómo influyó en su vida”, él le responde con una pararrespuesta: “Ella le hizo más daño a otras personas”. Por supuesto que hubo una importante influencia de Hanna en la vida de él, tanto que lo marcó para toda la vida y por eso ninguna mujer pudo quedarse lo suficiente. Sin embargo, alguna huella quedó de ese diálogo, pues cuando se reencuentra con su hija Patricia, ya una adulta de casi 30 años, le puede hablar de la relación que tenía con Hanna ante su tumba.

¿Será esa la manera de darles respuesta a las mujeres y a él mismo de lo que le bloqueaba la relación afectiva con ellas?

Adenda con nuevas reflexiones

 Las reflexiones anteriores sólo representan una manera de entender la adolescencia a través de un texto cinematográfico. Hoy puede ser leído por mí y por otros de otra manera. No hay una verdad, hay aproximaciones a la verdad. Otra lectura es ver a todos estos personajes como partes de un todo en una gestalt. Así como hay un mundo exterior, hay un mundo interior, así como hay grupos externos, hay grupos internos, como hay familia externa, hay familia interna. Estos grupos pueden estar funcionando de manera disociada, fragmentada, o pueden tender a un funcionamiento predominantemente integrado. Así como existe una moral social cultural, ésta también puede estar internalizada. La moral puede coexistir con una ley social que propicia la convivencia y puede fluctuar una y otra, tanto dentro de los individuos y grupos como en lo social cultural. La moral y la ley pueden calificar los impulsos y la satisfacción de los mismos como aceptables o condenables de distintas maneras, que pueden oscilar desde la condena radical hasta la tolerancia benévola. De igual manera, lo hacen con determinados valores, cuando son condenables pueden producir diversos sentimientos que van desde la vergüenza, temor, culpa, entre otros. Ello conduce al sufrimiento propio y/o a causar sufrimiento ajeno, al castigo cuando se transgrede la moral, y al riesgo de ser condenado al considerar la transgresión como un crimen que puede ser penalizado en el afuera y en el adentro hasta con la muerte. Es el odio destructivo no integrado con el amor, es lo que se observa en los fanatismos, en los fundamentalismos o en el amor pasional idealizado que al ser frustrado y no sostenido, se transforma en odio hacia el afuera en los asesinatos o hacia el adentro en el suicidio. Es diferente cuando se funciona dentro de una legalidad consensuada en el adentro y en el afuera. En psicoanálisis decimos que se trata de la oscilación entre la ley del ideal del Yo y la ley del Yo. Es la situación dilemática entre La guerra y la paz en el mundo de afuera y en el mundo interior.

Hanna, a diferencia de Michael, no logra la paz interior en los libros que ha aprendido a leer, como tampoco se la da la actitud de él, quien no puede ubicarse como un padre protector y amoroso que la escuche, pues ha organizado una estructura caracterológica que actúa como escudo de sus emociones, al igual que el padre severo, juez implacable. Ella, adulta, comparte con Michael los mismos conflictos adolescentes de los cuales no son conscientes e intercambian la vergüenza, el deseo, el amor, la culpa y el implacable juez que castiga la transgresión de la moral. Al final, Michael asume el legado de Hanna buscando un acto sublimatorio que le permita limpiar la culpa, dando algo que representaría un acto de amor para aquellos que no tuvieron esas figuras parentales amorosas que les enseñaran la manera más útil de administrar las pasiones y los deseos dentro de una ley consensuada.

 

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