BLOCK DEL ANALISTA/ El Repudio de lo Femenino.  Katharina Trebbau de Franzius*

BLOCK DEL ANALISTA/ El Repudio de lo Femenino. Katharina Trebbau de Franzius*

 

*Katharina Trebbau de Franzius.  Psicoanalista en Formación de SPC.  Trabajo presentado en el XXIV Encuentro Psicoanalítico:  Sexo y Psicoanálisis. Cambios en el Siglo XXI.  19 de Octubre de 2019.

Desde el psicoanálisis sabemos que lo femenino es parte de todo sujeto, ya que
existe una bisexualidad intrínseca en cada ser humano. Para el niño varón es una tarea
difícil el separarse de la feminidad materna en sus primeros años de vida, pero la niña
también debe separarse de la fusión prolongada con la madre y construir su propia
identidad, diferenciada de ésta. Ambos deben separarse dolorosamente de ese objeto
femenino primario para poder ser. En ese largo y aveces inacabable proceso, la
ausencia y la diferencia, son dos realidades traumáticas que están íntimamente
asociadas a lo femenino. De estas dos verdades dolorosas empieza a existir un registro
en lo imaginario, en los fantasmas que cada sujeto va creando y que van a definir su
manera de ser sujeto sexuado respecto al otro. Se podría decir que lo femenino refiere
a una dimensión fundamental en cada sujeto.

Desde los trabajos de Freud sobre la histeria, el psicoanálisis se ha interesado
por abordar e intentar dominar el tema de lo femenino, muchas veces desde un
criticado falocentrismo, en la misma teoría freudiana, al utilizar el desarrollo del varón
como modelo para el entendimiento del desarrollo psicosexual universal. Mostrando
así, que el padre del psicoanálisis no escapó a la dificultad humana de pensar y poner
en palabras, aquello que nos está oculto, lo innombrable, que nos confronta con la
falta y que se escapa de ser un objeto de estudio empírico tradicional, controlable.

Lo femenino es obscuro, difuso, abierto, difícil de puntualizar. Sin embargo,
Freud fue capaz de reconocer desde muy temprano en sus teorías, la importancia de lo
femenino, tanto así, que equiparaba lo femenino con el objeto de estudio de las
investigaciones psicoanalíticas. Así lo estipulaba al escribirle a Fliess: “es de sospechar

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que el elemento esencialmente reprimido es siempre lo que es femenino.” (1950 (1892-
1899) Freud, S.; c.p. Perelberg, R). Lo femenino remite a lo arcaico, revive fantasmas
internos en los que se prefiere no pensar.

La fase pre-edípica de varones y niñas, contempla aspectos tanto femeninos
como masculinos. La bisexualidad es característica de ambos sexos durante dicha fase.
El niño y la niña se identifican con aspectos de sus objetos primarios, padre y madre, y
desean poseer y ser poseídos por ambos. Durante este proceso, de intensa vida
fantasmática, el bebé descubre la diferencia anatómica de los sexos y aparece la
ansiedad de castración, así como su efecto sobre la estructuración de la psique del
infante, sea niña o varón.

En esta fase, la palabra escuchada ejerce sobre el infans su efecto
paralingüístico, no simbólico-representacional, sino más bien con códigos de afectos
arcaicos y pares de oposición significantes (ejem: placer – displacer, presencia –
ausencia). Se reciben también mensajes enigmáticos (inconscientes para el adulto
emisor, y que hacen de ruido a los mensajes pre-concientes y conscientes emitidos)
que el bebé no puede aún representar y que dependen de la psique materna como
sostén o continente psíquico. Los mensajes que vienen del gran Otro, adulto, influyen
en el proceso de identificación (y de asignación) del sujeto naciente, tienen su efecto
en el ámbito del deseo, en los fantasmas que va a construir el yo incipiente del sujeto,
cuando trata de responder ¿qué es lo que quiere ese Otro de mi?.

Las producciones fantasmáticas (base de la realidad psíquica) afloran ligadas a
la excitación corporal. La fantasmatización temprana del cuerpo, que se da en las
primeras relaciones objetales, es necesaria para que exista entonces un referente
psíquico del cuerpo sexuado que le permita al yo convertirse en sujeto con derecho
suficiente y posicionarse en relación al otro. Los aspectos específicos de lo femenino,

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generan ansiedades particulares tanto en el yo que se está formando, como en ese
Otro que forma, y que pueden interferir este proceso de subjetivación.

Laplanche (2008) nos explica que este Otro adulto, que da estos referentes
identificatorios, en realidad cumple una función de asignación de identidad más que
de identificación, que siempre es sexuada, en este sentido está desde estos
primerísimos momentos lo que se conoce como identidad de género. Las figuras de
identificación primaria tienen entonces no sólo la capacidad de afectar el erotismo, la
capacidad de sentir placer o sufrimiento del yo en formación, sino también de
comprometer su registro de género.

En psicoanálisis los procesos de identificación están en el orden de lo
imaginario y siempre incluyen los mensajes y asignaciones del Otro. Si ese Otro (o
figura primaria) está muy tomada por su repudio y ansiedades ligadas a lo femenino
(fusión, difusión, vacío, fragmentación), afectará a su vez la capacidad del yo naciente,
de incorporar este registro fantasmático en su estructuración subjetiva, sea éste un
varón o una niña. Sus propias angustias generan un ruido que interfiere el proceso de
subjetivación.

El yo incipiente se va desarrollar a partir de construcciones imaginarias que son
la base de la realidad psíquica de cada sujeto. Es la etapa de las fantasías primarias,
que refieren a las teorías infantiles de los orígenes. Entre varias fantasías de esta época
temprana, está la escena primaria, donde se representa el origen del sujeto a través
del coito parental (observado o fantaseado); en las fantasías de seducción, se
representa el surgimiento de la sexualidad; y en las fantasías de castración, el origen
de la diferencia entre los sexos (Laplanche y Pontalis, 1977).

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Estas proto-fantasías funcionan como pantallas que esconden la falta
estructural, que nos conecta con el vacío o hueco interior. Pero también podríamos
pensar en si estas proto fantasías, sobretodo las relacionadas con el origen de la
sexualidad y la diferencia, al darle al sujeto una posición frente al otro sexuado, nos
hablan de lo femenino, con el reconocimiento traumático de la diferencia sexual y la
consecuente falta de representabilidad del lado femenino de la diferencia. Dado el
carácterístico pensamiento binario de esta etapa, lo femenino se asociaría entonces
con el vacío, la negatividad, la ausencia, que estas protofantasías intentan renegar.

Esta relación es más clara en la fantasía posterior, estudiada y descrita por
Freud en “Pegan a un niño”, que representa en su segundo momento (soy pegado),
inconsciente, la posición masoquista primaria y pasiva que equivale a la indefensión
que todo sujeto, hembra o varón, comparte respecto a esa madre arcaica. Esta fase es
rechazada de la consciencia por colocarse el sujeto en esa posición femenina.

Freud, llegó más tarde en sus investigaciones a reforzar su conclusión de que
ambos sexos repudian la feminidad (Freud, S. 1937) lo que es un elemento esencial de
la asimetría y el eterno acertijo/enigma entre los sexos (Perelberg, R., 2018). Lacan nos
dice más tarde que la mujer no existe, haciendo referencia al hecho de que en lo
inconsciente no existe la representación del otro sexo, es lo que nos hace tener esa
falla en lo sexual y que nos mueve alrededor del único organizador psíquico: el falo.

Mariam Alizade (1992) lo describe elocuentemente como “lo siniestro de la
hendidura de un sexo sin pene”, que genera terror y rechazo. Equiparando el horror al
enigma de lo femenino. Es lo que queda fuera del saber, de lo que a priori, se prefiere
no saber. Y explica cómo el mecanismo automático de defensa de la psique humana, el
repudio, se activa por el deseo de ignorar lo innombrable. Lo femenino queda más allá
y antes de la palabra.

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Se trata de la intolerancia a lo femenino, que muchas veces ha sido descrito
por diversos autores como el rechazo al ser pasivo y/o receptivo. André Green (c.p.
Perelberg, 2018), ha desarrollado un concepto que implica una diferencia interesante
entre pasividad y pasivación, que se refiere a una posición particular de receptividad
del bebé, en relación al cuidado materno primario y a la confianza que pueda tener el
infante en el mismo. Acentúa la dimensión de poder-sometimiento de la relación
madre-bebé, más allá de la receptividad.

Este autor considera que dicho estado de pasivación, es un requerimiento
crucial del proceso de cura psicoanalítico, donde el analizado se entrega de esta
manera al cuidado del analista. En la práctica clínica, es posible percibir en la
transferencia la resistencia a dicha posición regresiva (femenina), lo que muchas veces
termina en interrupción del proceso analítico. En este sentido, el repudio a lo
femenino es el rechazo a la acción materna que induce a la pasivación, el sujeto se
resiste a su cuidado seductor, que hace al niño pasivo y vulnerable. Esto también se
refiere a la pasividad del individuo frente a los propios impulsos, así como a los
maternos, que quizás lo acercan demasiado al masoquismo primario, y/o al
femenino?. Este concepto implica no sólo el ser receptivo como posición sino que
incluye el plus de goce, de la pulsión de muerte, en el dejarse hacer, dejarse poseer,
propios del masoquismo femenino, donde se da una mezcla pulsional entre lo libidinal
y lo tanático.

Relación entre el rechazo a lo femenino y misoginia

El repudio a lo femenino también se encuentra en la literatura psicoanalítica
cercano al concepto de misoginia originaria, siendo el calificativo de “originaria”
discutible, es interesante incluir esta idea como agregado al rechazo de la dependencia
y pasivación materna. Como lo describe Miguel Kolteniuk (2014), este concepto refiere
a un núcleo traumático arcaico: “constituido por la inscripción representacional del precipitado

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de experiencias traumáticas que todo sujeto se ve forzado a sufrir en la relación de fusión – desgarro –
seducción – desencuentro – plenitud – abandono – recuperación ilusoria – celos y caída, con ese objeto
fascinante que es la Madre Arcaica. Este núcleo traumático, escrito inicialmente en la diada con la
madre, se convierte en tríadico dada la contribución traumatógena del padre edípico, con sus propias
disposiciones filicidas y su misoginia originaria. Ambos componentes se resignifican entre sí, pudiendo
potenciar así su acción patógena”.

El infans experimenta a la madre arcaica (pre-edípica), imago materno
primario, como la madre que describe Klein, propia de la posición esquizo-paranoide,
omnipotente, poseedora del falo paterno, de la leche y los bebes, y que tiene el poder
de privar/castrar sádicamente al infans, ésta es la imago parcial, persecutoria que es
odiada y que podríamos especular que se revive con la posición de pasivación (posición
femenina y de masoquismo primario) en el sujeto, que el mismo repudia.

Melanie Klein logró contribuir con el conocimiento de la feminidad pre-edípica
al enfatizar la importancia del desarrollo del mundo interno de la niña. Esta autora
postula que existe un conocimiento inconsciente (en ambos sexos) innato de la vagina,
una preconcepción que debe ser comprobada posteriormente a través de la
experiencia. La espera, la dimensión temporal de la feminidad, está más cercana que la
virilidad, en este aspecto, al principio de realidad.

La esencia del desarrollo de la niña está dominada por la espera, y ella no deja
de dudar de su integridad interior, sospechando que su propio ataque envidioso a la
madre omnipotente, pudo devolvérsele (identificación proyectiva), destruyendo y
pudiendo comprometer su propia fertilidad futura. En síntesis, la psicosexualidad
femenina está marcada por la posposición (Chasseguett, J. 1983).

El varón reafirma más fácilmente su esperanza de potencia sexual por la
posesión de un pene visible, tangible, comparable al del padre. De hecho, a diferencia

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de la niña, el varón pudiese comprimir el tiempo y creer que él es un compañero
sexual adecuado y suficiente para la madre, convirtiéndose en este caso en un
perverso, mediante la renegación de los valores genitales y de la no aceptación de su
inferioridad genital en relación al padre.

El varón posee sin embargo, una angustia masculina de perder su identidad
sexual, ya que al comienzo, está en efecto sumergido en la feminidad de la madre, y es
receptor de la acción de pasivación materna descrita anteriormente. Esta simbiosis
primigenia natural, debe evolucionar a una relación donde haya discriminación del self
y el objeto, para que la identidad viril del niño pueda desarrollarse separándose de la
identidad materna. La madre y el niño varón deben tolerar esta distancia y rechazo
aunque genere un sufrimiento y ataques ambivalentes al vínculo de dependencia entre
ellos.

En consecuencia, otro de los motivos de la renegación de la preconcepción de
la vagina materna, muy presente en mentes con ciertas dificultades limítrofes, de la
percepción de la diferencia sexual, según Chausseguet, proviene del hecho de que
provenimos del interior del cuerpo de esta madre, es nuestro lugar de origen. Admitir
que la mujer posee un órgano al que se puede acceder, es reconocer el terror (o
fascinación) de fundirse en él (fantasía de fusión), de aniquilarse en él por el retorno o
sentirse aspirado por una matriz ávida, que conlleva las pulsiones pregenitales
proyectadas por el sujeto mismo. Volver al vientre materno es volver a ese estado de
nirvana, tan atractivo y a su vez, tan cercano a la muerte, la paz absoluta de la pulsión
de muerte, la nada. Si bien la evolución usual de la mente del bebé supera estas
fantasías primarias, quizás en lo arcaico de cada sujeto yacen estos fantasmas con
mayor o menor efecto en la vida de cada ser.

Chausseguet describe la paradoja de lo femenino como la coexistencia de una
feminidad que es propensa a lo fusional (la vuelta al vientre liso materno), a lo difuso,

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lo ilimitado, irrepresentable, loco y por otro lado, la feminidad, posterior, ligada al
principio de realidad a través de posposición que se ve forzada a aceptar por su
anatomía.

La misma autora desarrolla la idea de lo femenino en positivo, de una cualidad
en las niñas, en cuanto a su aptitud o la potencialidad, para reencontrar (a futuro) la
fusión primigenia a través de la maternidad, lo que en principio la protegería de las
patologías que tienden a interrumpir la evolución (la perversión y psicopatía). Su
anatomía por otro lado, también favorece la difusión de erotismo por toda la
superficie corporal, brindando una sexualidad amplia y variada.

En relación a este punto, Maria Alizade describe los orgasmos femeninos, y las
maneras de gozar de la mujer. Ella goza de dos maneras, por un lado de forma viril con
su clítoris, su vagina y la concentración erótica en el órgano único, identificada con la
posición masculina. Y por otro lado, femeninamente, con lo oculto, lo indefinible, la
difusión del erotismo, desplegando su potencial erótico. Puede haber así zonas
erógenas privadas, particulares, lo que no estaría limitado al cuerpo de la mujer, la
autora sólo puntualiza que por la anatomía del cuerpo femenino, es más propenso a
desarrollar este erotismo difuso. La diferenciación entonces entre hombre y mujer
termina siendo resultado de un proceso interminable, nunca completo, ya que el
estado de masculinidad pura o feminidad pura, nunca podrán ser encontrados
(Perelberg, R. 2018).

En la transferencia, se presenta con frecuencia una lucha entre ambas
posiciones: entre el querer ser mirados, seducidos por su analista y dejarse así llevar
por la pasivación que describía Green, versus el rechazar/repudiar esa dependencia,
posición femenina inducida, que despierta un odio radical al contactar con esa
necesidad del Otro, que revive las vivencias con la madre arcaica, ante el cual la

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respuesta defensiva puede ser: el no desear nada, deseo de no deseo, para no
contactar con la necesidad de ese Otro omnipotente.

En la tarea analítica es necesario como conclusión, integrar lo que Janine
Chasseguette (1983) llama bisexualidad del análisis: permitir la disposición a la
maternidad, ser continente, e inducir la pasivación del analizado (regresión) y trabajar
así las angustias arcaicas del paciente asociadas a lo femenino rechazado. Y por otro
lado, a través del encuadre, introducir al tercero, ley paterna con el encuadre y el corte
que garantice al niño-analizando que ese vientre materno no lo absorberá para
siempre.

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Referencias Bibliográficas

Alizade, M. A. (1992). La Sensualidad Femenina. Amorrortu: Buenos Aires, 1992.
Chasseguet-Smirgel, J. (1983). La feminidad del psicoanalista en el ejercicio de su trabajo.
Revista de Psicoanalisis. 40 (2). Buenos Aires.
Freud, S. (1919). Pegan a un niño: Contribuciones ala génesis de las perversiones sexuales.
Tomo XVII. Obras Completas de Freud. Amorrurtu Editores. Buenos Aires.
Freud, S. (1924). El problema económico del masoquismo. Tomo XIX. Obras Completas de
Freud. Buenos Aires. Amorrurtu Editores.
Green, A. (1982). La Nueva Clínica Psicoanalítica y la teoría de Freud. Aspectos fundamentales
de la locura privada. Amorrortu. Buenos Aires. 1993.
Kolteniuk, M. (2014). La misoginia originaria. En: Intolerancia a lo Femenino. Berlin, D. y Reyes,
N.
Laplanche, J. (1998). La teoría de la seducción generalizada y la metapsicología. Rev. Uruguaya
de Psicoanálisis. No. 87. 1998. APU.
Laplanche, J. (2007). Gender, sex, and the sexual. Studies in Gender and Sexuality, 8.
Perelberg, R. (2019). The Femenine. IPA Webinar on The Femenine.

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