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El Psicoanálisis como Resistencia: Ética del Vínculo frente a la Hipermodernidad.

Nelly Goncalves, Diana Ochoa, Manuel Rodríguez, Héctor Tosta, Andrés Rosenschein

La pregunta que convoca estas jornadas no es simple. Casi podría decirse que abrirla ya constituye, de algún modo, un acto analítico: una invitación a detenernos, a interrogar aquello que damos por sentado y ocurre en el día a día dentro de nuestros consultorios. No se trata de responder desde una definición institucional, ni desde un dogma, sino desde la experiencia viva de estar culminando un proceso de formación en un tiempo histórico particular.

Pero antes de responder por qué ser psicoanalista hoy, necesitamos preguntarnos ¿qué es “hoy”?. ¿Qué época es esta en la que nos toca ejercer? ¿Qué mundo es este que configura nuestras subjetividades y la de nuestros pacientes?

Hoy vivimos en lo que muchos autores llaman la hipermodernidad: un tiempo marcado por la velocidad, la hiperconectividad, la sobre estimulación, la cultura del rendimiento y, sobre todo, la cultura de la inmediatez. Un tiempo donde la promesa que circula es la de la solución mágica, la de lo rápido, lo eficiente, lo que no requiere espera, ni elaboración. El discurso dominante nos empuja a ser individuos autosuficientes, optimizados, siempre disponibles, siempre productivos (Lipovetzky, 2007).
En esta era según Lipovetzky se premia la híper-elección: Una saturación de opciones en el consumo, el estilo de vida, la identidad; una era donde hay muchas opciones donde escoger y poco deseo. También la define como una era del híper-consumo: El consumo ya no es solo material, sino de experiencias, bienestar y seguridad, caracterizado por la urgencia y la inmediatez. Hacerlo todo y hacerlo ya (Lipovetzky, 2007).

Por otro lado, Byung-Chul Han, al recibir el Premio Princesa de Asturias, este mismo año, describió una sociedad que ha renunciado a la pausa y al silencio, una sociedad que teme la lentitud porque la lentitud nos devuelve al encuentro con nosotros mismos. La época actual busca transparencia total, pero en esa transparencia se pierde el misterio, la profundidad, aquello que no es completamente visible. Es una transparencia de las apariencias, donde se exhibe pero no se profundiza (Han, 2025).
Han (2012), también señala algo interesante: esta es una era donde la lógica hegeliana del amo y del esclavo ha cambiado. Ya que considera que el amo no es un Otro, sino el propio sujeto. Este individuo se percibe con un potencial personal ilimitado por el que trabaja hasta el cansancio. Un potencial no real, una oda a la omnipotencia que finalmente nos deja exhaustos y frustrados, con una altísima cuota de desesperanza.

Otros autores como Bauman, refuerzan la idea de la fluidez y la fragilidad en los vínculos, la disolución de las instituciones, siendo estas entendidas como espacios de encuentro y también de desencuentro, pero un espacio en donde se gestan vínculos con los otros (Bauman, 2002).
En ese contexto, la pregunta adquiere un matiz crucial:
¿Qué significa ser psicoanalista en una época que parece rechazar precisamente lo que el psicoanálisis propone? La permanencia, la espera, la elaboración y el vínculo.
A partir de esto haremos algunas reflexiones.

1. La formación psicoanalítica: entre la idealización y el desencanto
Quienes estamos concluyendo la formación psicoanalítica no podemos separarnos de la época en que vivimos ni de la experiencia que hemos atravesado. La formación, como todo proceso transformador, produce des-idealización. Entramos movidos por un ideal del psicoanálisis —un ideal quizás de profundidad, de comprensión, de sutileza— y poco a poco descubrimos que el oficio está hecho de incertidumbre, de dudas, de silencios, de límites, de fallas.
Descubrimos que no somos psicoanalistas por portar un título, sino por asumir una posición subjetiva. Y también descubrimos algo más: que el psicoanálisis, tal como lo habíamos imaginado, no existe. Existe el psicoanálisis que hacemos, el que logramos sostener, el que podemos encarnar.
Esa caída de la idealización no destruye el deseo; al contrario, lo ubica. Lo vuelve más real, más propio.
Desde esta perspectiva, el error, la falla y el desencanto —es decir, la caída de la omnipotencia y del ideal— son lo que verdaderamente alimenta el deseo, permitiendo que este surja y se manifieste. Por lo tanto, no somos seres autosuficientes como lo exigen los ideales de la hipermodernidad, sino que, por el contrario, necesitamos la experiencia con otros (nuestros pacientes, colegas e instituciones) para construir nuestra identidad analítica y asumir la posición subjetiva que nos constituye. Somos en buena medida los vínculos que construimos. En suma, somos seres que reconocen y disfrutan de esta dependencia.

2. Una sociedad de individuos solos
El mundo hipermoderno promete libertad, pero produce aislamiento. Somos individuos cada vez más conectados, pero menos vinculados. La vida comunitaria se ha debilitado y la soledad se ha vuelto el malestar predominante de nuestra época.
Y por eso de que ser analistas no nos exime de los males de estos tiempos, en un mundo tan individualizado, el consultorio puede convertirse —si no somos cautelosos— en un espacio donde el analista intenta llenar sus propias carencias afectivas. Puede volverse un lugar de gratificación narcisista, un espacio donde el paciente es utilizado para cubrir faltas personales.
Por eso es esencial esa capacidad del analista de sostener una distancia que no es frialdad, sino ética. Una distancia que distingue el deseo del paciente del deseo propio; que escucha sin apropiarse, que acompaña sin invadir, que acoge sin demandar.
Adicionalmente, el espacio analítico se convierte en un lugar para pensar la forma en que nos vinculamos, un espacio donde se hace lazo y se construye un vínculo sanador: un lazo de amor no romántico, estable pero con límites; es decir, un vínculo no fluido. El reconocimiento y el sostenimiento de este vínculo son un acto de rebeldía y resistencia ante los tiempos actuales, sobre todo ante una era en la que la conversación con la Inteligencia Artificial (IA) se ha convertido en una de las formas de “ayuda” más seductoras, a pesar de que la investigación ya ha descubierto sus graves fallas.

Los aparentes beneficios de la IA como método de apoyo son, a su vez, sus principales dificultades. La sensación de tener siempre un espacio para conversar, sin citas ni límites de tiempo, puede fomentar un uso excesivo, autorreferencial y no reflexivo que, según expertos, “podría desarrollar dinámicas egocéntricas, limitar la autocrítica y el desarrollo emocional”. La IA tampoco posee conocimiento del contexto social y emocional del sujeto, por lo que no logra distinguir otras problemáticas subyacentes, inconscientes y latentes (El país, 2025).

A esto se suma el riesgo de un exceso de adulación que no contribuye al tratamiento, o, peor aún, los casos reportados por medios como El País o la BBC de Londres donde el ChatGPT ha contribuido al diseño de un plan de suicidio e incluso aupado su ejecución. Ante estos hechos, el psicoanálisis se reafirma como un espacio seguro, aunque no infalible (BBC, 2025).

3. Los pacientes de hoy: saturados, obedientes, urgidos
Los pacientes que llegan hoy al consultorio vienen saturados de demandas sociales, pero paradójicamente sin rebelarse ante ellas. Aceptan el mandato de la inmediatez como un sirviente fiel: ser productivo, ser eficiente, ser exitoso, ser autosuficiente, ser feliz.
Y llegan a sesión con un motivo de consulta que también presiona al analista:
“Quiero que me quites esto ya.”
Una frase que condensa la lógica del mercado terapéutico, del coaching, de la autoayuda, de las intervenciones breves que prometen resolver el malestar sin proceso y sin conflicto.
Es la búsqueda de un guion ajeno para seguir, de una instrucción para evitar la angustia de decidir.
El analista, entonces, se enfrenta a una doble demanda:
– La del paciente, que pide rapidez;
– y la de la época, que glorifica lo inmediato.
Y aquí surge una pregunta crucial:
¿Cómo sostener la temporalidad analítica en un mundo que ha perdido la capacidad de esperar?
Este desafío no es solo interno. En Francia, por ejemplo, las grandes aseguradoras dejaron de considerar los tratamientos psicoanalíticos como elegibles para reembolso o cobertura financiera por parte del seguro médico, bajo el argumento de “no tener resultados comprobables”. A esto se suma, podría decirse, la percepción social sobre lo largo y costoso de los tratamientos, lo cual estimula la promoción de planes breves enfocados en la modificación de conductas. Esto constituye “otro punto menos para el psicoanálisis”, pues promueve la no permanencia, lo rápido y lo fugaz (Pagina 12, 2025).
En este contexto, enfrentamos un gran reto: ¿cómo permanecer en un mundo que cuestiona los tratamientos largos? Quizás, más que atribuir la infalibilidad al método, esto nos invita a cuestionarlo: ¿cómo generar tratamientos que se dirijan a lo latente y permitan la elaboración, sin que se conviertan en procesos eternos e interminables a los que solo acceden poquísimos pobladores de nuestra tierra?
Quizás es hora de pensarse en nuevas aplicaciones del método que permitan mayor impacto en las sociedades a las que pertenecemos.

4. El oficio del analista: sostener la pausa y el no saber
Ser psicoanalista hoy supone ir a contracorriente de la velocidad, pero no enfrentarla. No se trata de competir con ella, sino de ofrecer otra opción.
El psicoanálisis no es un anacronismo; es una resistencia.
Una resistencia tranquila, sin estridencias, sin nostalgia.
Una resistencia que apuesta por la subjetividad cuando todo empuja hacia la homogeneización.
Ser psicoanalista hoy es:
– Sostener el no saber, evitando caer en la tentación de responder rápido para apaciguar la angustia del paciente o la propia;
– Soportar al paciente que no quiera elaborar, que llegue atrapado en sus defensas, sin prisa por cambiar; Permitir que la figurabilidad emerja, para que las experiencias mudas encuentren forma;
– Ayudar a que el paciente descubra un significado, en lugar de interpretarlo prematuramente;
– Cuidar que el consultorio no se convierta en un lugar de gratificación narcisista para el analista;
– Ofrecer un espacio donde el silencio no sea vacío sino posibilidad.
En un mundo que teme el silencio porque le recuerda su fragilidad, el psicoanalista se convierte, casi, en un defensor del silencio.

5. La institución: resguardo y comunidad
En este oficio solitario, las sociedades psicoanalíticas tienen una función importante. Nos protegen, nos contienen, nos supervisan, nos permiten pensar en comunidad. Pero también nos confrontan con una pregunta inevitable:
¿Ser psicoanalista es tener un título o es asumir una posición subjetiva?
La institución certifica.
Pero la posición subjetiva se conquista.
El título se entrega.
El deseo de analista se trabaja.
Agremiarnos, en tiempos de individualización extrema, no es un gesto de dependencia; es un gesto de resistencia. Mantener viva una tradición de pensamiento es, hoy más que nunca, un acto político, ético y subjetivo.

6. El psicoanálisis ante la tecnología y la inteligencia artificial
Algunos temen que la inteligencia artificial pueda sustituirnos.
Pero esa preocupación revela más sobre nuestros temores que sobre la tecnología.
La IA trabaja con datos.
El psicoanálisis trabaja con deseo.
La IA predice comportamientos.
El psicoanálisis escucha la singularidad.
La IA responde rápido.
El psicoanálisis espera.
La IA puede producir textos, imágenes, diagnósticos.
Pero no puede sostener una transferencia, ni comprender una resistencia, ni alojar un sueño, ni soportar un silencio.
Si la IA nos inquieta, quizás es porque nos confronta con nuestras propias inseguridades como analistas: con la tentación de ser útiles, eficientes, rápidos. Pero si recordamos que nuestra práctica no se basa en la rapidez sino en la subjetividad, la competencia desaparece.

7. Entonces… ¿por qué ser psicoanalista hoy?
Ser psicoanalista hoy es una apuesta.
Una apuesta por la singularidad en tiempos de homogenización.
Una apuesta por la subjetividad en tiempos que exigen rendimiento.
Una apuesta por la pausa en tiempos que glorifican la velocidad.
Una apuesta por el deseo en tiempos de híper ofertas que promueven soluciones mágicas.
Ser psicoanalista hoy es ofrecer un espacio donde algo del sujeto—algo que la época sofoca, acelera o anestesia—pueda sobrevivir y emerger.
Es sostener la esperanza como motor del psicoanálisis. No la esperanza ingenua, sino una esperanza ética: la confianza en que cada sujeto puede construir un modo propio de habitar su vida, si se le ofrece un espacio donde su palabra no sea interrumpida por lo inmediato.
Es creer que el psicoanálisis no está en retirada, sino en transformación. Que su vigencia depende de nuestra capacidad de encarnarlo, de sostener su ética, de escuchar lo singular en un mundo que insiste en borrar las diferencias.
Y es también, finalmente, asumir que el psicoanálisis nos transforma a nosotros.
Que ser analista no es resolver la vida del otro, sino acompañarlo mientras ambos se enfrentan a aquello que no se sabe, a aquello que insiste, a aquello que no se deja domesticar por la rapidez del mundo.
Ser psicoanalistas hoy no es ir en contra de la época, sino permitir que algo del sujeto sobreviva a ella.
En un mundo que exige transparencia, defendemos la opacidad.
En un mundo que exige rapidez, defendemos la pausa.
En un mundo que exige certezas, defendemos el no saber.
En un mundo que exige homogeneización, defendemos la singularidad.
Esa es, quizá, la razón más profunda por la cual todavía tiene sentido ser psicoanalista.
Porque todavía hay sujetos que buscan un lugar donde poder decir su palabra.
Y porque todavía hay analistas dispuestos a escucharla.

Referencias bibliográficas:
Bauman, Z. (2002). Modernidad líquida. (M. Rosenberg, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
BBC News Mundo. (2025, 25 de mayo). “Mi psicólogo de IA me ayudó a superar momentos difíciles”: los riesgos y beneficios de usar un chatbot como terapeuta. BBC News Mundo. https://www.rae.es/buen-uso-espa%C3%B1ol/el-art%C3%ADculo-determinado-las-formas-lo-al-del

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. (A. S. Sánchez, Trad.). Editorial Herder.

El País. (2025, Septiembre). Sin empatía y haciendo la pelota: la IA es un pésimo terapeuta. El País. https://www.rae.es/buen-uso-espa%C3%B1ol/el-art%C3%ADculo-determinado-las-formas-lo-al-del
Lipovetzky, G. (2007). La felicidad paradojica: Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo. Editorial Anagrama.
Página 12. (2025, Noviembre). El proyecto de excluir los tratamientos psicoanalíticos de la cobertura de salud. Página 12. https://www.rae.es/buen-uso-espa%C3%B1ol/el-art%C3%ADculo-determinado-las-formas-lo-al-del

Premio Princesa de Asturias. (2025). Discurso de Byun Chul Han – Premio Princesa de Asturias de Literatura 2025 [Video].YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=fff7k_sWR7c

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