SPC

NUREMBERG

NUREMBERG (2025)
DIRECTOR: JAMES VANDERBILT.
GUIÓN BASADO EN EL LIBRO DE JACK EL-HAI, “EL NAZI Y EL PSIQUIATRA”
TEXTO PARA SER LEIDO EN 15 MINUTOS PARA EL FORO DE CINE PSICOANÁLISIS
(SOCIEDAD PSICOANALÍTICA DE CARACAS-ESPACIO ANA FRANK)
CARACAS, TRASNOCHO CULTURAL, DOMINGO 22 DE MARZO DE 2026.

Ante la cruenta exposición a la barbarie que acabamos de presenciar en la película de James Vanderbilt, nuestra primera reacción defensiva es el extrañamiento. Tendemos a pensar que el horror nazi es una anomalía histórica, algo ajeno a nuestra naturaleza, una especie de “virus” que infectó a otros en otro tiempo. Sin embargo, el film nos deja una pregunta flotando en el aire que no nos permite escapar: ¿Qué es, realmente, ser humano? ¿Cuál es la cualidad que nos otorga esa categoría? ¿Son estos personajes —Goering, Hess, Speer— humanos? Vanderbilt cierra su obra con una frase lapidaria de R.G. Collingwood (1946): “La única pista de lo que el hombre puede hacer, es lo que ya ha hecho”. No vengo a hablarles de “monstruos” lejanos, sino de nosotros. Porque la potencia de lo humano habita tanto en el acto de crear como en el de destruir; diríamos nosotros: las pulsiones de vida y muerte en actuación conjunta. Más que juzgar a los personajes, me parece que conviene hablar de lo que nos hace humanos a nosotros, y cómo ellos, en su caída, revelan las fisuras de nuestra propia estructura psíquica. Aunque hablaré de ellos, también hablo de aspectos nuestros.

Para entender cómo una nación entera se sumergió en este discurso, debemos acudir a Wilfred Bion (1961). Él observó que los grupos no siempre se reúnen para trabajar en un objetivo racional; a menudo, se organizan bajo lo que llamó “Supuestos Básicos”, que son mecanismos defensivos e inconscientes donde el grupo abandona la tarea lógica para actuar bajo emociones primitivas. En la Alemania nazi, el grupo se cohesionó bajo el supuesto de ‘Ataque y Fuga’: la convicción compartida de que existe un enemigo externo que amenaza la existencia y ante el cual solo cabe la obediencia ciega a un líder mesiánico. Esto nos permite entender que el nazismo no fue solo una suma de voluntades individuales, sino una regresión masiva donde el colectivo dejó de pensar lógicamente para actuar bajo la emoción primaria del miedo y el odio al ‘otro’. Este discurso patrio de ‘Todos somos uno’ estimula la nodiferenciación, un discurso que nos podría hacer recordar una estratégica propaganda local que no hace mucho nos intentaba estimular la idea que todos éramos un líder en particular: “todos somos…”. Cuando el ‘yo’ se funde en la masa, desaparece la responsabilidad individual y emergen los aspectos más primitivos y psicóticos de la personalidad. Aquí opera lo que Freud (1918, 1921) denominó el narcisismo de las pequeñas diferencias. Freud postula que son precisamente las comunidades más similares las que más tienden a hostilizarse. Al exagerarse una mínima diferencia el grupo logra proyectar en el ‘otro’ sus propios elementos inaceptables. Es un mecanismo de defensa: odio al semejante para no enfrentar las fracturas de la propia identidad. Lo vemos hoy en la polarización de muchos países, donde la mínima discrepancia ideológica es tratada como una amenaza existencial, alimentando un pensamiento dogmático que anula la capacidad de razonar. Así pues, el grupo se convierte en un refugio para la no diferenciación y para la pérdida de la responsabilidad individual.”

Hay una escena reveladora en la película en donde Hermann Goering está posando para los fotógrafos con una actitud que evoca a von Bismark o Napoleon. Esa pose no es solo vanidad; es a mi entender el uso de la licencia cinematográfica para la representación clínica de la megalomanía. Para el psicoanálisis, el narcisismo no es inicialmente patológico, sino una etapa estructural del desarrollo. Freud (1914) describió lo que llamó “Su Majestad el Bebé”: ese estado de narcisismo primario en el que el recién nacido se siente el centro del universo, donde sus deseos son órdenes. En esta etapa, el niño vive en una ilusión de omnipotencia necesaria para la formación de su Yo; allí no hay un “otro”. Sin embargo, el crecimiento implica renunciar gradualmente a esa omnipotencia para reconocer que existe un ‘otro’ con deseos propios. El problema surge cuando ocurre una fijación en ese narcisismo primario; es decir, un estancamiento emocional donde una parte de la personalidad queda ‘atrapada’ en esa fase infantil. Algunos individuos no logran realizar ese tránsito hacia la alteridad u otredad y quedan anclados en la exigencia de ser adorados y
obedecidos incondicionalmente. El sujeto desarrolla una estructura donde el ‘otro’ no es un semejante, sino solo un espejo para su propio brillo o una herramienta para sus fines.

En Goering, vemos este narcisismo llevado a un grado “maligno”, como diría Otto Kernberg (1984). En el narcisista maligno, la crueldad y la destrucción del otro le generan una gratificación profunda porque reafirman su omnipotencia. El “otro” no solo es un objeto, sino un obstáculo que debe ser humillado para sostener su grandiosidad. Goering utiliza su carisma para ejercer esta encantamiento del narcisista, una seducción que busca anular la voluntad ajena para restaurar su propia ilusión de ser “Su Majestad”. A diferencia de la psicosis, donde hay una ruptura con la realidad, el psicópata integra la realidad pero la manipula con precisión quirúrgica para evitar la herida narcisista de la derrota. Por ello, muchos prefieren la muerte antes que aceptar el juicio; el suicidio en Núremberg no fue un acto de honor, sino la imposibilidad de aceptar que el mundo ya no giraba bajo su control omnipotente. Aceptar ser juzgado implicaría reconocer que ya no son “Su Majestad”, sino simples mortales responsables ante la ley humana.

Esta resistencia a la ley nos conduce a la profunda sensación de impotencia que resuena en la figura del psiquiatra cuando pronuncia: ‘Solo soy un psiquiatra’. En esa frase se revela un contraste insalvable: la capacidad del clínico de reconocer sus propias limitaciones y su finitud, frente a la megalomanía de Goering que no admite falta alguna. Mientras el psiquiatra asume su lugar de no-saber ante el abismo del otro, el jerarca nazi se sostiene en una completud imaginaria. El clínico se enfrenta a la imposibilidad de generar remordimiento donde no hay estructura para la culpa. Como analistas, nos encontramos aquí a la paradoja de la responsabilidad subjetiva. A diferencia de la responsabilidad jurídica, que se limita a sentenciar una falta, la responsabilidad subjetiva exige que el sujeto se reconozca como autor de su deseo y de su acto, más allá de las circunstancias externas. Es la pregunta ética por excelencia: ‘¿Qué tuve yo que ver con esto?’. La frustración del psiquiatra surge al chocar con una estructura que rechaza esta pregunta; el sujeto intenta borrarse como autor amparándose en el ‘deber patrio’ o ‘religioso’, banderas con las que se ha hechomucho daño a la humanidad. La impotencia del saber radica en darnos cuenta de que la capacidad técnica despojada de ética no es una vacuna contra la barbarie; al contrario, el conocimiento técnico sin responsabilidad subjetiva se convierte en el engranaje más eficiente del narcisismo maligno.

Debemos precisar que, si bien en Núremberg vemos rasgos psicopáticos, me parece que predomina es el narcisismo maligno. A diferencia del psicópata puro, el narcisista maligno es capaz de una lealtad fanática a una ideología. Su crueldad no es un simple impulso antisocial, sino un sadismo egosintónico: un placer en la destrucción del otro que ellos mismos justifican como un acto de orgullo patrio. Mientras el psicópata es un sujeto carente de lazos sociales reales, el narcisista maligno es un líder peligroso porque logra colectivizar su crueldad a través de una ideología, algo que un psicópata solitario rara vez logra hacer con tal éxito burocrático.

¿Por qué estamos hoy aquí, de la mano del Espacio Ana Frank y el psicoanálisis? Porque ambos compartimos un objetivo: Incentivar el recuerdo para no repetir. Recordar la guerra para que no se repita es el deber de nuestra ética. Esta fue precisamente la preocupación que llevó a Albert Einstein a escribirle a Sigmund Freud en 1932, preguntándole si existía alguna forma de liberar a los hombres de la fatalidad de la guerra. En su respuesta, Freud (1933) no ofreció un optimismo ingenuo, sino una verdad estructural: el ser humano está gobernado por una dualidad pulsional irreductible entre Eros, la pulsión de vida que busca unir, y Tánatos, la pulsión de muerte que tiende a la destrucción.

Freud le aclaró que es imposible eliminar la agresividad, pues es constitutiva de nuestra biología, pero planteó que la civilización tiene un contrapeso: el fortalecimiento de los lazos de cultura y el reconocimiento de la alteridad. Ser humano no es una condición biológica que se recibe al nacer; es una conquista ética diaria. Es la capacidad de sostener la mirada frente al espejo de Núremberg y decidir que no permitiremos que el discurso narciso anule nuestra capacidad de ver al otro como un semejante. Incentivar el recuerdo es, en última instancia, fortalecer ese lazo erótico frente a la parálisis que nos propone la pulsión de muerte. Que la pista de lo que el hombre ya ha hecho nos sirva de advertencia para lo que estamos decididos a no repetir.

Bibliografía
Bion, W. R. (1997). Experiencias en grupos. Barcelona: Paidós. (Original de1961).
Collingwood, R. G. (2004). Idea de la historia. México: Fondo de Cultura Económica. (Original de 1946).
Freud, S. (1992). Introducción del narcisismo. En Obras completas (Vol. 14). Buenos Aires: Amorrortu. (Original de 1914).
Freud, S. (1992). El tabú de la virginidad. En Obras completas (Vol. 11). Amorrortu. (Original de 1918).
Freud, S. (1992). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras completas (Vol. 18). Amorrortu. (Original de 1921).
Freud, S. (1992). Neurosis y psicosis. En Obras completas (Vol. 19). Amorrortu. (Original de 1924).
Freud, S. & Einstein, A. (1992). ¿Por qué la guerra?. En Obras completas (Vol. 22). Amorrortu. (Original de 1933).
Kernberg, O. (2005). Trastornos graves de la personalidad. México: Manual Moderno. (Original de 1984).
Lacan, J. (1988). La ciencia y la verdad. En Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI.

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