
Directora: Fina Torres.
Premios Destacados:
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Premio Cámara de Oro, Cannes.
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Catalina de Oro, Festival de Cartagena, Colombia.
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Mención Mejor Guion Festival de Cartagena, Colombia.
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Premio Festival de Lisboa, Portugal.
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Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Fotografía, Mejor Actriz, Premio Glauber Rocha, Figueira da Foz International Film Festival.
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Mención de Honor Festival de Mannheim, Alemania.
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Hugo de Bronce, Festival de Chicago, entre otros.
Carmen Elena Dos Reis (julio 2025)
Buenas tardes, lo primero que quiero agradecer es la invitación a analizar tan bella película que me hizo la presidente de la SPC, María del Carmen Míguez, en acuerdo con Carlos Rasquin, dos colegas muy queridos de nuestra institución. Para mí es un honor poder estar acompañada, también de su directora, Fina Torres, cineasta venezolana, entre muchos otros títulos, ganadora de numerosos premios y José Pisano, director actual de Fundación Trasnocho.
Antes de empezar, quiero pedir disculpas, si a pesar de mis esfuerzos no logro transmitir en mis hipótesis de lo presentado la riqueza de tan linda producción. Oriana es una película que vi por primera vez a una edad similar a las adolescentes de la película, Oriana y María. Me sentí, al volverla a ver como María, adulta, llegando a la hacienda donde vivió confinada la tía Oriana, agolpada por los múltiples recuerdos y su esfuerzo por recomponer sus vivencias desde una óptica más madura. Me recordaba, a mí misma, con mi cabellera larga, casi incrustada en la silla de cine, cuando la vi por primera vez, conmovida y aterrada en la película cuando el papá de Oriana mató a su primer amor. Han pasado 40 años de eso y aquí estamos muchos de nosotros, con el cabello encanecido, viéndola de nuevo con todas las vivencias de estos años y la perspectiva distinta que da la edad.
La película puede ser analizada desde muchas aristas: sociológica, perspectiva de género, época, entre muchas otras. Mi visión va a estar centrada en la psicología de Oriana y María e intentaré entender a los otros personajes en sus vínculos con ellas.
El film inicia con María, recibiendo como herencia la hacienda en la que vivió su tía Oriana, a quien llegó a conocer en su pubertad, entrado ya en la adolescencia. Ella, residenciada, actualmente en Europa, casada con un francés, un hombre de mediana edad, que parece estar más centrado en poder vender la propiedad y salir lo más rápido posible de este asunto. Los vemos interactuar en el cuarto antes de partir a Venezuela y vemos a una María tomando una medicación, no sabemos si para dormir o por algún síntoma físico. Lo muestran como un hombre operativo, preguntándole a María como se llega a la hacienda, sin entender nada, no comprende cómo puede una cocina ser tan fuera de época, que a él le parece más un museo, el motor de un Ford recauchado en la camioneta Rang Rover. No muestra una conexión afectiva más profunda con su pareja, no obstante, tampoco le interrumpe en su proceso de conexión con su pasado, seguramente muy desconocido para él.
María llega a la casa, que representa la historia familiar, la recibe Sánchez, un empleado de la hacienda, quien le dice “la nieve es como el polvo”, cuando van a entrar en el recinto, me atrevería a decir, que la nieve al igual que el polvo tapa las superficies y le dan un aspecto distinto a lo que cubre. Al entrar, vemos como sus pasos, recrujen el lugar. Como si con ello, nos recordará el ruido y lo difícil que es desempolvar los recuerdos que pueden producir dolor. En esta hacienda, además se desarrolla la historia de amor de su tía Oriana con también su tío, Sergio y la muerte de éste último en manos de su abuelo, también fallecido en manos de su criada Fidelia.
El ambiente oscuro, invita a la introspección, de los recuerdos de un lugar con mayor luz y también más vida. Empieza a recordar su llegada con una Fidelia, que la recibe con educación, pero en su mirada refleja el descontento de su visita. La tía Oriana parada al final de la escalera, la recibe con una sonrisa. Ella, en algún momento le pregunta si no se aburre sola, recibiendo como respuesta, “todo lo contrario”, probablemente la tía encontró en continuar en esa casa, apartada, cumpliendo el castigo del padre de no salir más, una forma de expiar la culpa inconsciente, que pudo sentir por la muerte de su amado, que también era su medio hermano.
La película nos va mostrando la interacción tía sobrina, vemos que el trato entre ellas era amable, Oriana la trata con serenidad siempre, responde muchas de sus preguntas con claridad, honestidad; otras con acertijos, que esconden y escenifican el misterio, de su dolorosa vida. Solo hay una escena en que María púber, le hace un reclamo a la tía, cuando intenta decirle que el chico que ve por la ventana es porque las luces son engañosas y ella le responde: “Aquí todo es engañoso y tú también”.
Los mecanismos de defensa de la tía Oriana, como la negación de que hay alguien en la hacienda, la desementida, que consiste en aceptar y no aceptar al mismo tiempo una situación, la disociación, expresada en una serenidad que no se corresponden con el tamaño de su tragedia, es lo que le permiten sobrevivir psíquicamente ante tanto dolor.
Así vemos, cuando María interpela a Oriana con preguntas que no tolera, le explica lo básico sin extenderse y le pide algo operativo, como por ejemplo en la escena donde insiste le pase el tintero que necesita.
Vemos la transformación de una niña a mujer, en las remembranzas de la historia de Oriana y en los recuerdos de María de su propio viaje a la hacienda familiar. Un viaje que recuerda el viaje de Core, la diosa griega, quien, tras comer la granada, ofrecida por el dios Hades, se convierte en mujer y reina del inframundo. El Hades, representante para los analistas junguianos de lo inconsciente. (Villalobos, 2004).
En la película no hay granada, pero hay conchitas, flores, casitas de pájaros, regalados por Sergio a Oriana, como también las conchitas dejadas en el mar a María del habitante misterioso de la hacienda. Según el libro de la barranquillera en que está basado la película “Oriana, tía Oriane”, el olor de “mar” de María, se debía a peces que dejaban caer los pájaros en sus paseos a la orilla del mar con su tía y ella tomaba con sus manos. En el film podemos asociarlo con las conchas que recogía del misterioso visitante de la playa y también de alguna actividad masturbatoria que empezaba a experimentar, que parece ser corroborado por el regaño de Fidelia, cuando le lava rudamente las manos: “hay que ver que se estaría jorungando”.
María, adulta, recuerda su transformación de la niña asustada frente a los ruidos al llegar a la hacienda, su cabello peinado con una cinta blanca, tan inmaculada como su ingenuidad, para luego ir viendo transformarse en el espejo en la adolescente que explora su cuerpo, se quita la cinta, para imitar los peinados con su mano de la tía Oriana.
La sutileza de los diálogos y de las imágenes en la película están cargadas de gran contenido simbólico. El significante “bicho”, tiene un hilo dentro del film. El bicho que pica a María al inicio de su llegada, que la hace correr despavorida a donde Fidelia que además de darle un ungüento, le propone una solución mágica infantil “cuenta hasta tres” y ya se te va a pasar. Al “bicho” con el que se encuentra al bajar con una dormilona transparente, por el camino fangoso cuando se decide dirigir a la playa, atraída por el misterio y el deseo, lo aparta, siguiendo su ruta, ya ni la oscuridad, ni los engaños de la tía Oriana, la detienen.
El padre, representado por el magistral, Rafael Briceño, que nos recuerda en su vestimenta a su interpretación de Juan Vicente Gómez, es recio, impositivo, castrador. La película, nos deja entrever algunos momentos dulces con su hija, cuando le muestra el libro, cuando le permite “jugar” que lo mata apuntándolo con una pistola y el rosal que le enseñó a cultivar. Así mismo, la diferencia de estatus con su hijo Sergio, a quien, a pesar del terror, tiene que sostenerle la lata para que pueda practicar la puntería, como cuando el padre le grita, al despedirlo de la hacienda “tuviste 18 años para saber tu puesto”, sabemos nosotros, que no tenía ningún lugar como hijo, sino como sirviente de los deseos del padre.
El padre, sin embargo, si tuviéramos que caracterizarlo en una palabra freudiana es el padre de la horda, descrito por Freud en Tótem y Tabú (1913), que tiene el control absoluto de las mujeres, no permite se vinculen con otros y de hacerlo reciben un severo castigo. Vemos de niña, los encierros a los que era sometida Oriana por rebelarse e intentar escabullirse de su autoridad, pero también el seguimiento sumiso de sus órdenes, aún después de muerte, cumple la sentencia, logra salir del cuarto del castigo que le dio su padre al acostarse con su medio hermano, pero no de la hacienda. Le coloca las flores que odiaba el padre en señal de desprecio, pero no logra dejar de ponérselas.
El día del asesinato de Sergio, ella también murió simbólicamente, no pudo acceder de nuevo a la sexualidad, cría a su hijo fuera de la casa grande, como si fuese un mulato, lo somete y se somete a la posibilidad de ser feliz con él en la casa heredada tras la muerte del padre.
Fidelia por su parte, para poder rescatar a “sus hijos”, por haber criado a Sergio y ser la nana de Oriana, cumplió con ambos función materna, mata al padre, lo envenena y logra sacar a Oriana del cuarto-cárcel; pero se ve que no pudo perdonar la muerte de Sergio y ante la posibilidad de otra tragedia similar, se alegra, cuando la madre de María dice que la quiere de vuelta. Le dice a Oriana, que se le puede olvidar el azúcar, “pero lo demás no”. Así mismo agrega: “hay cosas que deben quedar en la sombra”.
Evidentemente, el trauma marca la vida de la familia. Oriana inicia su sexualidad, rompiendo una de las dos leyes descritas por Freud en la institución edípica, no al incesto y no al parricidio. El padre, que se sospechaba del gusto reciproco de los hijos, no les permitió una salida exogámica. Aislados, con contacto social una vez al año, en una fiesta, pero con un contacto perenne y cariñoso entre ellos, desde la infancia. No puso un límite verbal acompañado de alternativas de conocer a otros. La única voz que hablaba, decía y los apartaba desde la infancia, era la de Fidelia. Las escenas entre Oriana y Sergio van desde los juegos infantiles, donde rezaban, donde la única palabra oída era la de Fidelia: “no jueguen a eso, salgan de allí”. Así mismo, cuando le advierte a Sergio: “es tu hermana” en la escena donde él se balancea en una mecedora y ella en la hamaca, intercambiando entre ellos miradas cargadas de seducción y deseo.
El movimiento, pendulante, parece simular una relación sexual. Al igual la escena de Oriana paseando con una cesta y Sergio, dándole a una estaca en el suelo. La cesta y la estaca como símbolos de los órganos reproductores femeninos y masculinos, respectivamente.
En la trama ocurre un incesto y dos filicidios, Sergio muere a garrotazos en manos de un padre que nunca le dio lugar ni privilegios de hijo y Oriana muere simbólicamente en su posibilidad de volver a tener una sexualidad como mujer plena, activa y amorosa. El asesinato del padre en manos de Fidelia-madre de Oriana y Sergio, en su función ejercida, muere también en ese acto, su identidad pasa a tener el epíteto de asesina, cuando probablemente en el entramado de la situación fue también heroína.
Fidelia, seguramente también cargó con la culpa inconsciente de la muerte de su hijo “Sergio”, pues fue ella quien escucho tras la puerta y develo a Oriana las pretensiones del padre, impulsando en ella el deseo de estar con él sexualmente, pues conocía su destino, su única posibilidad de amar como mujer se rompería al salir Sergio de la hacienda. Probablemente, su ingenuidad, no le permitió que ver que tal escena no iba a quedar sin una acción por parte del padre y vio morir a su amado-hermano, sin posibilidad de hacer nada para ayudarlo y condenada, también ella a un castigo de por vida.
Cuando María, pudo leer siendo una adolescente las cartas de la tía Oriana, pudo ver la nostalgia de su tía hacia Sergio, el calificativo que usaba para su padre “Mi papá se parece al diablo”, luego vemos las reacciones de la joven María, al respecto, es obligada a colocarles flores al abuelo, pero detesta hacerlo.
María, en los días que pasó en la hacienda familiar siendo una púber, fue en una curiosidad infantil, casi detectivesca, encontrar los recuerdos amorosos que atesoraba su tía de su gran amor: la casa de pájaros, el columpio, las conchitas de mar, el caleidoscopio, que refleja imágenes sin precisar, como todas sus pesquisas. Estas situaciones, se entrelazan con alguien misterioso que parece reconstruir el columpio, deja conchitas en el mar, que le despiertan la curiosidad, esta vez, ya no de niña, sino de mujer que siente el despertar del deseo sexual por otro, que finalmente le deja la puerta abierta, ella entra y nosotros como espectadores, suponemos el final, me imagino, que también su primo, fue el primer amor de María.
Las fotografías también dan un hilo conductor a la película, desde la primera escena, en la cual Oriana, ante la petición del padre que obedeciera al fotógrafo, ella insiste en que Sergio salga en la foto. El retrato odiado, pero también venerado del padre, las fotos guardadas por Oriana, que María en su pubertad descubre en el cofre, donde está Sergio, Sergio, Oriana y su abuelo, sin rostros, padre de su madre y tíos.
En la última parte de la película, vemos como al volver a entrar en la cabaña, descubre que es su primo, al ver fotos de Europa, fotos de él con su tía Oriana, olfatea la camisa, como una forma de conexión, de nostalgia, con él. Lo ve en la playa, pera esta vez no puede seguirlo, la voz del marido irrumpe, volviéndola a la realidad, tiene que partir con él, pero le deja como un regalo amoroso, la hacienda que no venderá.
La música de la película, según Grech (2014) está compuesta para piano por el compositor venezolano Eduardo Marturet, además de otros autores clásicos: J. S. Bach, Beethoven y Gabriel Fauré. La música de Marturet es justo la que Oriana toque en el piano, o más bien la que parece interpretar, puesto que la interpretación original es del músico mismo. Esta autora explica que la composición “La elegía de Fauré” es una composición para violonchelo y piano en 1880 y la orquestó para violonchelo y orquesta en 1895. Es la versión orquestada la que aparece en la película, la elegía representa, un homenaje a los sentimientos de pérdida, pena, tristeza y desolación frente la muerte una persona.
Finalmente, en el libro de telescopaje de las generaciones de Haydee Faimberg (2006) formula que hay procesos de identificaciones alienantes que se transmiten generacionalmente por los mecanismos de apropiación e intrusión de aspectos no resueltos en los padres por traumas severos vividos, de los cuales no se hablan o únicamente se mencionan y que, por vía de identificación narcisista, los hijos lo asumen como propios, sin saberlo. En este sentido vemos, como María parece tener secuelas del trauma vivido por la tía Oriana que de alguna manera se repite en su vida. Fidelia, en actitud vigilante siempre y que sí está en conocimiento de la tragedia hace todo lo que puede para evitar que se repita. Muchas gracias por su atención!
Referencias bibliográficas
- Faimberg, H. (2006). El telescopaje de generaciones: A la escucha de los lazos narcisistas entre generaciones. Buenos Aires, Argentina: Amorrortur.
- Freud, S (1913). Totem y tabú. Obras completas, Vol XIII, pp 11-162
- Grech, G. K. (2014). Música y metonimia en “Oriana” de Fina Torres. Confluencia, 30(1), 101–112. [enlace sospechoso eliminado]
- Moreno, M (2016). Oriane, tía Oriana y otros cuentos. Barranquilla, Universidad del Norte, Editorial
- Villalobos, M (2004). A puntadas: cuaderno de mitología griega y psicología arquetipal. Caracas, Comala. com