SPC

Sobre Frankenstein o el moderno Prometeo

Breve historia de la obra literaria

Esta obra fue escrita por una muchacha joven, la empezó a sus 18 años, en el siglo XIX y mantiene una lectura con vigencia llamativa. Fue publicada en una primera edición de tres volúmenes en Londres en 1818, bajo un seudónimo, hasta que, finalmente, en 1831, Mary Shelley publicó una edición con su nombre en un solo volumen (con algunas modificaciones).

Durante lo que se llamó “el año sin verano”¹ (1816), fue invitada a Villa Diodati, Suiza por Lord Byron, un poeta muy admirado y destacado; por las temperaturas, permanecieron mucho tiempo a resguardo y entre lecturas góticas Lord Byron les propuso un reto: Escribamos cada uno una historia de terror².

Mary no pudo escribir de inmediato, se fue a la cama y cuenta que tuvo una visión: vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado junto a la cosa que había logrado reunir. Vi la espantosa monstruosidad de un hombre allí tendida (…) Debía de ser horroroso, porque absolutamente horrorosos deberían ser todos los intentos humanos de imitar la fabulosa maquinaria del Creador del mundo (…), así empezó a trabajar sobre esta idea, que fue originalmente un cuento corto y se volvió una novela que tuvo éxito enseguida.

El libro empieza con un intercambio epistolar entre R. Walton y su hermana. Algunos autores ven en Walton una suerte de doble de Víctor, por su insistencia en sobrepasar los límites, rumbo al Polo Norte y la puesta en riesgo de su tripulación, figura que, en oposición al odio que le tiene la criatura, se ve fascinado y encantado por los relatos de Víctor. Así, se dio vida a una novela gótica que está entre las primeras obras de ciencia ficción, construida con narradores en primera persona, que ayudan a pensar desde dentro (muy propio del romanticismo inglés y la puesta en valor de la experiencia afectiva). Es una propuesta que logra la hibridación de géneros, incluye novela de viaje, cartas, monólogo interior, prosa y referencias intertextuales que enriquecen las formas de leerla.

Breve historia de la autora

¿Quién fue Mary Wollstonecraft Godwin, mejor conocida como Mary Shelley?

Recopilando textos de varios biógrafos que han hecho una labor muy interesante, podemos resumir: novelista, ensayista, traductora, dramaturga, hija, hermana, esposa, madre, creadora.

Fue hija de dos intelectuales muy reconocidos, Mary Wollstonecraft y William Godwin. Su madre, una mujer muy inteligente, escribió obras importantes como “Vindicación de los derechos de la mujer” a finales del siglo XVIII, murió cuando Mary tenía tan solo 10 días de nacida; ella siempre resintió no haber conocido realmente a su madre. Su padre, filósofo y escritor, le ofreció acceso a la educación, al pensamiento y a la cultura desde muy temprano. Mary creció con su padre, hermanos y una madrastar con la que no se llevaba bien. Leyó clásicos que incidieron de forma reseñable en sus obras.

Su historia está llena de duelos, tragedias, dificultades económicas y movimientos tanto geográficos como personales. Cuando tenía 16 años, se enamoró del poeta Percy Shelley, pupilo del padre de Mary, quien estaba casado en ese momento. Se fugaron juntos y se llevaron a la hermanastra de Mary, Claire Clairmont para hacer viajes por Europa. Mary quedó embarazada y en 1815 perdió a su primera hija, poco después del nacimiento; tuvo un hijo llamado William, quien también moriría unos pocos años después. Posteriormente habría tenido más hijos. El padre cortó relación con ella, aunque luego se reencontrarían más adelante.

La esposa de Percy se suicidó unos años después, también la hermanastra mayor de Mary, Fanny Imlay (hija de Mary Wollstonecraft y una expareja). Varios años antes de la publicación de la obra con su nombre, un joven Percy murió ahogado. La historia de Mary Shelley, como hemos visto, contiene numerosas pérdidas, pero también obras dadas a luz, vínculos y experiencias significativas; en las palabras de la autora al referirse a su libro: le tengo cariño, fue el fruto de días felices, cuando la muerte y el temor no eran sino palabras que no encontraban un verdadero eco en mi corazón.

Presentación cinefórum

¿La suerte está echada?

Novela y película, empiezan por el final. Frankenstein, tiene ese carácter de mito, donde el destino de un personaje le precede y se conoce ya hacia dónde se dirige su inevitable tragedia. Aunque en la película y en muchas ediciones del libro se ha dejado Frankenstein como título, el título original es Frankenstein o el moderno Prometeo, que nos remite al titán que le robó el fuego a Zeus para dárselo a los mortales (el fuego como símbolo de conocimiento, razón e invención) y fue castigado por la eternidad encadenándolo en la cima de una montaña, condenado a que un águila se comiera sus entrañas que se regeneraban cada día, lo cual, además de recordarle la jerarquía divina (y los peligros de jugar con fuego), representaban castigo, dolor y repetición que retornan una y otra vez. También hay lecturas desde otros mitos, muy interesantes, que filólogos especializados han trabajado en profundidad.

En advertencia y palabras del mismo Víctor: aprenda de mí, si no por mis consejos, al menos por mi ejemplo, y vea cuán peligrosa es la adquisición de conocimiento y cuánto más feliz es el hombre que acepta su lugar en el mundo en vez de aspirar a ser más de lo que la naturaleza le permitirá jamás. Ya pensaremos sobre los desafíos necesarios de los actos de innovación y avance como lugares de aporte, progreso y beneficio para la humanidad, que deberían contemplar la disposición a situar el motor que conmueve las ideas y aquello ligado a las consecuencias, los límites y la agencia para asumir responsabilidades frente a lo creado.

En la película, la primera aparición de la criatura emerge con un rugido inicial, que podemos pensar como quien nace frente a nosotros: un primer llanto, una primera foto de esa vida, un primer lenguaje. Aunque libro y película juegan con el lugar de los narradores, se nos invita frecuentemente a pensar desde un lugar-fuera para poder escuchar, partimos así con la pregunta de un testigo.

A partir de otros, empezamos por acercarnos al mundo de su creador. Víctor, “victorioso”, “el que lo conquista todo”; desde temprano registra miedos y mandatos a cumplir. Hijo de un padre estricto, duro y distante, que no acompaña, que le dice: “no hay contenido espiritual en el tejido, ni emociones en el músculo”. Vemos aquí cómo se van separando dos realidades. ¿Cómo los humanos entendemos nuestros cuerpos, cómo singularizamos y reconocemos la humanidad en nosotros y en otros? Veíamos en las mesas de trabajo de las Jornadas del SAPC que no nos construimos en soledad. ¿Existe esta criatura sin algún cuidador?

Tras la pérdida de su madre, Víctor encuentra una especie de réplica al dolor que viene con una visión (a su vez, una referencia metaliteraria, pues Mary Shelley tuvo una visión que dio origen a la obra). Este terreno intermedio es importante, pues ella hace énfasis en que no fue propiamente un sueño. “El ángel oscuro” entonces, nos lleva a pensar sobre cómo Víctor hace de una idea un proyecto vital en (aparente) dirección contraria al dolor.

Víctor es un rebelde, le cuesta mucho estar inserto en la academia y en el mundo social, obedecer, más bien quiere jugar con aquello fuera de la ley, oponerse y desafiar. Se mete a la fuerza en lugares que no le pertenecen, en lugares sagrados, todo esto mientras lo que bebe en las diferentes etapas de su vida es leche caliente como un niño pequeño (símbolo solo de la película). Algunos filólogos han leído estas imágenes/escenas y sus representaciones desde la función del doble en la literatura y el cine; aunque no me extenderé ahí, el trabajo sobre El doble, de Otto Rank puede ser muy ilustrativo.

Tenemos entonces a un Víctor que hizo de una aspiración intelectual y de su relación con el saber y el poder, la esencia de su vida; juega con el lugar de lo divino a reanimar lo inorgánico y hacer lo imposible, desde una mecanización de los cuerpos y un rearmado deshumanizante que nada tiene que ver con dar vida, ser padre/madre, cuidar, investir, permitir deseos o proveer un lugar para la subjetividad. De nuevo, en la película vemos que es alguien más quien introduce las preguntas humanizantes, por el alma, la inteligencia o por la vida. Tenemos así una clara división que se ha personificado; lo primario: las pasiones, lo horroroso, lo destructivo, lo brute, lo ingenuo y lo ignorante afuera; el pensamiento, el saber, la razón y la desmesura bajo la bandera de conocimiento, más cerca de Víctor.

Pero Víctor tampoco queda por fuera de las leyes vinculares, por un momento se siente atraído (¿intrigado?) por Elizabeth. Es ella quien agrega esa chispa creadora, enuncia una idea que él toma: la simetría (“puedes ver el diseño de Dios en la simetría y las formas”). Una creación, una idea surgen también a partir de una vinculación.

Aunque en esta adaptación se otorga espacio al momento de dar vida en el laboratorio a través de la aparatosa asistencia tecnológica, no es tan clave como en la película de 1931 que hizo icónico el momento: “It’s alive” (está vivo). Mary, por su parte, relata en su descripción de la visión más características de ese momento que luego en el texto, donde el ambiente lluvioso de la noche y la posterior decepción de Víctor frente a la primera respiración de su criatura adquieren todo el peso de la escena; Víctor declara el desastre.

El creador se duerme y despierta con una criatura gigante que actúa como un bebé asustado, sensible a todo, que imita con rapidez. Se maravilla por un instante, pero enseguida se desespera, se burla y no acompaña demasiado bien los primeros descubrimientos. La criatura sí estaba en la cabeza de esta figura paterna que es Víctor, pero ¿qué mentalización hizo Víctor de él? Parece que estaba más como una extensión, un reflejo o un producto suyo que como alguien con una identidad propia, lo dirá en la película: “nunca pensé qué vendría después de la creación”. ¿Cómo se gesta una identidad? ¿Cómo desarrollar originalidad y hacerse un camino propio?

Esto hace bastante contraste con la aparición de Elizabeth, quien se presta para que la criatura le descubra, le enseña con cuidado y permite una presentación gradual de objetos: le muestra el mundo en pequeñas formas, dosificadas, a través de una voz modulada y un acercamiento acompasado. La escena de la hoja es una presentación comprensiva y vincular de este modo de enseñar el mundo, le permite asombrarse y jugar, además, sienta las bases para que surja algo de un encuentro. Es ahí donde, espontáneamente, la criatura reproduce su nombre y va crappy ampliando su mundo. Las experiencias con otros y a través de otros nos transforman y expanden.

Pensemos ahora a la criatura. Alguien sin identidad, sin filiación, sin parientes, sin comunidad, sin historia. Un cuerpo hecho de las mejores partes, seleccionadas cuidadosamente, proporcionadas, que nos recuerda que el todo no es igual a la suma de sus partes. La imagen fracturada ya nos lleva a armar una imagen monstruosa, enorme, herida y fragmentada que fácilmente puede producir terror.

A lo largo del libro, Mary Shelley le llama: monstruo, criatura, creación, engendro, demonio. Buscando en diccionarios de etimología, es interesante saber que “criatura” viene del latín “creatura” que quiere decir lo creado, vemos sentido en la polaridad creado-creador. “Monstruo”, por su parte, viene del bajo latín “monstruum”, una alteración de ‘prodigio’, que parece ser derivado de “monere”, ‘avisar’, por la creencia de que los prodigios eran amonestaciones divinas³. ¿Qué aviso trae a la vida de Víctor? ¿Qué avisos puede escuchar Víctor?

La criatura que nos propone Mary es profundamente expresiva, un monstruo que insiste en dialogar. Al final del libro, Víctor le ruega al capitán que no lo escuche, reconociendo el poder de la palabra para tocarnos y cambiarnos. También es una criatura frágil, curiosa, tierna, que busca activamente hablar, comprender y regularse a través del lenguaje, que pide lo que necesita. Una criatura que se busca su propio alimento, abrigo y refugio; que rápidamente entiende el intercambio recíproco, comparte, ofrece.

Esto podemos pensarlo como el sujeto de Winnicott, un sujeto que es un ser activo, que no solo padece su entorno, sino que recibe e indaga entre sus recursos algunas formas para enfrentar lo adverso. Este es un lugar importantísimo para pensarnos en las relaciones con otros y el lugar desde el cual atravesamos algunas situaciones complicadas de la vida.

En el encuentro con el anciano se develan muchas cosas. Vemos los trazos de un gran deseo de ser aceptado, anhela, registra a otros, y lo hace especialmente a través de la mirada. Un monstruo que aprende a leer para leer el mundo. Al inicio, desconocía la extensión de la diferencia, aunque la intuía; se movía por las ganas de ayudar a la familia y con ello puso en marcha recursos para aportar; vemos a alguien que puede experimentar gratitud y retribuir algo de lo recibido, ya contemplaba una condición vincular más que algo instrumental.

En el libro está muy detallado cómo aprende todo por observación y ensayo, muy solo frente a esta labor, no fue acompañado en transiciones de aprendizaje y crecimiento, y con ello la consecuente idea de que se presentaría ‘listo’ al mundo, a la espera de aceptación. Esta criatura, es capaz de respetar tiempos, sostiene silencios, se cobija en el buen secreto y permite que otros reciban cuidados, es allí cuando registra una sensación de “paz con el mundo”. Se está en paz cuando nos alojan, cuando estamos en intercambios justos, que sean medio y fin.

El encuentro con los lobos le produce otro efecto, piensa en la violencia propia, en la del mundo y empieza un proceso de duelo. ¿Qué hacemos con nuestros aspectos más monstruosos y agresivos? ¿Qué pasa cuando esto tampoco ha tenido espacio ni encuentra modulación? Es una criatura organizada literal y simbólicamente de partes, une con las uñas y muy poca ayuda algo de su origen para acercarse a algún sentido para su existencia. Pensamos entonces en lo que sucede cuando esos trozos no están enlazados, cuando no hubo alguien que ayudó a armar esa construcción personal, en cómo el trabajo de vida y un buen trabajo terapéutico ayudan a encontrar, ordenar y reubicar algunos trozos de historia para acercarnos a saber de dónde venimos y los caminos a construir.

De la ingenuidad a la curiosidad, de la confusión al aprendizaje, vemos los primeros pliegues de la compasión en el encuentro con el anciano, quien lo reconoce enseguida, reconoce su presencia oculta, así como su miedo, le calma, protege y cuida, ofrece palabras que hasta ahora no conocía: “herido”, “generosidad”, “leer”, “amigo” (en el libro antes habrá descubierto: bueno, querido, infeliz). Gestan entre los dos una complicidad, intercambian, ríen, leen, tienen una experiencia vincular y vinculante que resultará fundacional.

Esta criatura, que lee el Génesis, El paraíso perdido de John Milton; Vidas paralelas de Plutarco y Las desventuras del joven Werther, de Goethe, reconoce que las lecturas que le van proporcionando sentidos amplios y le ayudan a resignificar lugares como: la tristeza, los héroes y otras experiencias afectivas o en la dimensión del alma a las que no había tenido acceso alguno o no desde la reflexión. La literatura puede ser también un lugar habilitante que recoja y ofrezca a su vez posibilidades para armar coordenadas y construir una historia más propia. El anciano, como buena figura de cuidado en su función, le sugiere algunas de estas coordenadas que enlazan: “olvidar”, “perdonar”, “elegir”.

Con frases tan bien escritas, me permito citar algunas que tan acertadamente enuncia la criatura de Mary Shelley en el libro y evidencian el dolor y sus efectos:

Si no puedo inspirar amor, causaré terror.
Si no tengo relaciones ni afectos, me entregaré al odio.
Mis maldades son hijas de una soledad forzada que aborrezco, y mis virtudes florecerán necesariamente cuando reciba la comprensión de un igual. Sentiría el afecto de un ser vivo y me convertiría en un eslabón en la cadena del ser y de los acontecimientos de los que ahora estoy excluido.
Si alguien fuera capaz de ser bondadoso conmigo, yo devolvería entonces esa bondad, sería capaz de hacer las paces con toda la humanidad.

El lugar de los finales, la (im)posibilidad de la muerte. Para la criatura se hace imposible morir, fue creado desde la muerte y no puede retornar a ella, lo que retorna es lo imposible, la soledad y el sufrimiento, parece que, aunque desee otra salida, ya le precede un destino. ¿Cómo construimos en vínculo (familia, amistades, comunidad, terapia) un freno para ese destino? ¿Cómo nos ofrecemos otras posibilidades y otros caminos que serán siempre con y junto a otros?

El final de Guillermo del Toro (muy distinto al del libro) nos trae la imagen de un Víctor que pide para sí un ejercicio de compasión, que solicita un gesto humano en oposición a la crueldad, que reconoce la posibilidad de un nuevo lugar. Nos invita a pensar cómo, de algún modo y con mucho trabajo, podemos posicionarnos, transformarnos y acceder a una condición de existencia nueva que aloje lo posible, que admita oportunidades, otros lenguajes, que incluya el reconocimiento del daño y dé paso a una vida significativa, propia y digna de ser vivida.


Las citas de la película o las referencias externas/culturales están incluidas con comillas.

Las cursivas remiten a citas del libro.

Coromines, J. (2005). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (3ª ed.). Gredos.

Andrea Vera.

0Shares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *