Sociedad Psicoanalítica de Caracas (SPC) – CinePsicoanálisis
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Película: Ordinary People (“Gente como uno”)
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Director: Robert Redford
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Protagonistas: Donald Sutherland (Calvin), Mary Tyler Moore (Beth) y Timothy Hutton (Conrad)
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Reconocimientos: Ganadora de cuatro premios Oscar: Mejor película (1980), Mejor director (Robert Redford), Mejor actor de reparto (Timothy Hutton) y Mejor guion adaptado (Alvin Sargent).
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Autora: Carmen Elena Dos Reis (SPC)
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Fechas de presentación: Enero 2013 / Junio 2026 / Julio 2026
Buenos días. Quisiera agradecer a Carlos Rasquin la invitación para analizar esta conmovedora película, la cual tuvo que ser reprogramada de junio a julio por los lamentables terremotos que azotaron el país. Es un honor para mí compartir la mesa también con Sergio. Lo primero que quiero pedirles es que hagamos un minuto de silencio por nuestros hermanos, víctimas de esta catástrofe natural.
Cuando Carlos me comentó el nombre de la película, le recordé: “Carlos, yo analicé esa película cuando era candidata a ser psicoanalista en una actividad conjunta que se hizo en un intercambio de analistas en formación con la Asociación Venezolana de Psicoanálisis”. Se sorprendió y me dijo: “Carmen Elena, esto solo puede ser producto de la sincronicidad, como dirían nuestros amigos junguianos”.
Me comentó que la proponía para rendirle homenaje a Robert Redford, quien incursionó con este film como director. Le aseguré que la iba a volver a ver para agregarle o quitarle lo que me pareciese a la luz de trece años más de vida, entre aquella presentación de enero de 2013 y la actual, en julio de 2026. Me dio gusto ver lo que ha cambiado en mi visión, pero también lo que no ha variado en el tiempo.
Entre algunos aspectos que han permanecido es mi percepción de lo valioso de esta joya del cine para entender lo que es un duelo producto de una situación traumática que puede pasarle a “gente como uno”. Con la tragedia actual se hace aún más vigente, con el agravante de los múltiples duelos que enfrentan muchos de nuestros conciudadanos.
El impacto del trauma y la metáfora musical
La película inicia con una imagen de un mar en calma que contrasta con el mar turbulento, testigo de la tragedia que marcará a los Jarrett cuando en un accidente de navegación fallece Buck, su talentoso hijo mayor. Luego de presentarnos esta imagen, sigue una secuencia de paisajes de otoño que quieren reflejar esa triste época que representa para la habitual dinámica de una familia padecer una pérdida traumática.
La música de fondo es el Canon de Johann Pachelbel. Waslawick, Maheirie y Benetti (2011) consideran esta obra como una metáfora del proceso de constitución psíquica. Explican la construcción rítmica mostrando cómo las melodías se van entrecruzando y contraponiendo. Al final de la pieza, las polifonías se desenvuelven independientes dentro de una misma tonalidad. Hay movimientos de repetición, pero también de innovación de lo ya ocurrido. Es como el duelo de cada miembro de la familia: particular, único, afrontado o negado, pero basado en el mismo hecho traumático.
Conrad, el hijo menor y sobreviviente del accidente, entona al inicio del film algunas notas de esta obra musical. Se le ve ojeroso, física y emocionalmente agotado. Viene una escena en la cual revive en un sueño traumático el evento. Se despierta angustiado y agitado, pero nos muestra el esfuerzo, tal como lo explica Freud (1920) en Más allá del principio del placer, por recuperar el dominio sobre el estímulo sufrido desarrollando angustia, cuya omisión produjo la neurosis traumática.
La dinámica familiar y la negación del duelo
Se va desplegando la dinámica de la familia, que no acompaña ni vive el duelo:
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Una madre que llega de ver una comedia y se va directo al cuarto.
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Un padre que le toca la puerta a su hijo y muestra su preocupación en forma inhibida y temerosa.
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Un hijo que finge estar bien leyendo, cumpliendo el ideal de la madre.
La familia tiene que seguir como si no pasase nada, cuando está viviendo desde hace más de un año la muerte del hijo mayor y el posterior intento suicida del menor. Este intento requirió 4 meses de hospitalización y uso de electroshocks, lo que hace suponer una ideación suicida muy resistente.
La madre le sirve el desayuno a Conrad, pero no tolera nada que no cumpla lo que supone ideal. El no tener hambre por una fuerte depresión es respondido en forma severa: el desayuno es botado sin derecho a réplica, castigando la expresión de cualquier malestar. Conrad mira atónito a su madre sin poder defenderse. Se va con sus amigos, pero permanece aislado en la lectura de Jude el oscuro (1895) de Thomas Hardy.
En otra escena, la parada por el paso del tren refleja el transcurrir del tiempo cronológico que se encuentra detenido a nivel interno para Conrad. Su mente está minada de muerte, hecho que se refleja en la imagen de muchas tumbas en un cementerio donde yace su hermano.
El proceso terapéutico con el Dr. Berger
Conrad asiste a clases distraído y lento, con falta de concentración típica de la depresión. Decide llamar al Dr. Berger, psiquiatra sugerido tras su hospitalización. El Dr. Berger se presenta como un especialista que comete errores, pero es capaz de disculparse, a diferencia de la madre que cuestiona todo el tiempo. Con su actitud le muestra al paciente la prisión en la que vive por no cumplir las exigencias impuestas por el entorno.
En la primera cita lo confronta: “Si estás bien… ¿por qué estás aquí?”. Conrad explica como motivo de consulta mantener el ideal y el autocontrol. Un autocontrol que dirige la vida de su madre Beth, quien se muestra impecable, sin manchas ni arrugas. Esto contrasta con la actitud que Conrad y el padre recuerdan de ella en épocas anteriores, cuando se mostraba relajada y sonriente.
Sin embargo, el trato hacia Conrad es distante. Beth se mantiene incólume ante su intento suicida. Cuando el chico le recuerda el deseo de su hermano por tener un perro, habla con menosprecio. Ante la falta de escucha de la madre, Conrad ladra como un perro en un gesto desesperado y rabioso. Lejos de moverla, ella lo mira desde el deber ser. Es una madre operativa (le lleva el suéter, le prepara el desayuno), pero sorda a las necesidades emocionales de su hijo.
Tras la situación traumática, en Beth se rigidizan sus defensas obsesivas y fóbicas. Funcionan como la coraza de una tortuga: aparentemente fuerte, pero ocultando una gran fragilidad. Su esposo logra analizarlo en las escenas finales: “Eres preciosa, eres impredecible y a la vez muy prudente… pero no eres fuerte y no sé si eres generosa”.
Elaboración de la rabia y las defensas
A medida que las sesiones con el Dr. Berger prosiguen, el lenguaje corporal de Conrad se va relajando. La iluminación del consultorio se oscurece para indicarnos que pasamos del contenido defensivo de “todo está bien” a la expresión de su rabia.
Esa rabia reprimida, que lo llevó a volcarla hacia sí mismo en el intento suicida, estaba dirigida hacia su hermano y su madre. Al admitir que siente el odio de su madre, se da cuenta por un lapsus de que él tampoco la perdona por las diferencias que establecía con su hermano mayor.
Por otro lado, la muerte por suicidio de Karen, su amiga del hospital, produce desesperación en Conrad. A diferencia del pasado, esta vez no intenta lo mismo. Busca a su terapeuta confundido por el impacto. En consulta expresa su rabia, llora por el afecto perdido y por la culpa del superviviente.
Beth niega la pérdida de forma constante. Se desespera ante las “manchas” del hijo: tanto las de sangre como las de sus síntomas. Cuando su esposo le pregunta por qué estaba pendiente de que Conrad fuese vestido impecable al funeral de Buck, ella anula el diálogo diciendo “no pasa nada”, cuando pasa de todo.
La reconstrucción del vínculo y la aceptación
Conrad, tras trabajar sus ideales en terapia y comprender que su madre “no puede quererlo como a él le gustaría”, decide acercarse y la abraza. Este gesto la conmueve internamente, aunque evita mostrar su verdadero self (Winnicott, 1960). Más adelante, al empacar su maleta para irse tras la conversación con su esposo, se quiebra ante la herida narcisista.
Calvin va desarrollando su duelo escuchando a su hijo. Se pregunta por qué no pudo actuar antes del intento suicida. Al hablar con el psiquiatra sobre Buck, habla en presente antes de corregirse. Sin embargo, logra reconocer los aspectos difíciles de su hijo mayor y valorar a Conrad, expresándole su afecto.
Asimismo, la figura de Jannine Pratt le proporciona a Conrad una escucha comprensiva. A diferencia de la madre, ella admite cuando se equivoca, lo valora y le permite rescatar el sentido del humor.
En la escena final, padre e hijo se abrazan. Es invierno y les toca enfrentar juntos una nueva pérdida: la partida de la madre. Asumen cómo el mundo se empequeñece en el duelo, como un jardín al que se le caen las hojas. La música es la misma, pero instrumental y sin voces. Es una mañana triste para los Jarrett, pero esta vez enfrentan el camino juntos.
Referencias bibliográficas
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Berenstein, I. (1981). La estructura familiar de un Héroe. En I. Berenstein (Ed.), Psicoanálisis de la estructura familiar: Del destino a la significación (pp. 16-37). México D.F.: Editorial Paidós, 1987.
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Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Obras completas, Vol. 18 (pp. 1-62). Buenos Aires: Amorrortu, 1976.
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Klein, M. (1940). El duelo y su relación con los estados maníacos depresivos. Obras completas, Vol. 2 (pp. 279-301). Buenos Aires: Paidós-Horme, 1986.
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Waslawick, P., Maheirie, K., & Benetti, C. (2011). Um movimento em cânone: Tecendo uma metáfora entre a constituição do sujeito e o cânon em ré de Pachelbel. Psicol. Argum., 29(64), 121-132.
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Winnicott, D. (1960). Deformación del ego en términos de un ser verdadero y falso. En D. Winnicott (Ed.), El proceso de maduración en el niño: estudios para una teoría del desarrollo emocional (pp. 168-184). Barcelona: Editorial Laia, 1979.