Nos encontramos reunidos hoy en la ultima actividad del año. Sin embargo, es para mí la primera como directora del Instituto y la primera de nuestros nuevos candidatos. Por lo tanto, implica un nuevo comienzo.
Quisimos comenzar con una reflexión acerca de por qué ser psicoanalistas en el siglo XXI. Mas de 100 años han pasado desde que Freud planteó un concepto revolucionario; el sujeto consciente no es dueño de sus acciones y la racionalidad y el pensamiento no pueden explicar la constitución del sujeto y mucho menos sus acciones. Freud, un hombre que vivió en la época de los grandes descubrimientos científicos como la teoría de la evolución de Darwin, el descubrimiento del átomo, los avances de la medicina, se aleja de ello a pesar de los tintes mecanicistas y de carácter
de ciencia dura que ocasiones pueden tener sus escritos. Nos dice que existe un sujeto más allá de la conciencia. Aseveración audaz que aún hoy en día es discutida y refutada con pasión. Freud no solo se sostuvo en su pensamiento, sino que fue ampliando su legado y trasmitiendo a sus discípulos sus ideas, su manera de entender al hombre y su sufrimiento, su intención de curar, su intención de descubrir una verdad.
En el mundo actual la verdad es un concepto casi en desuso, y el saber que se origina del estudio, del compromiso con el sufrimiento de no saber y convivir con la incertidumbre no es el más valorado. Vivimos en el mundo de la inmediatez, de la respuesta mecanizada, del encuentro con un otro bidimensional lleno de certezas. Nos movemos entre fotos, imágenes, historias-que solo duran 24 horas- y “shorts” que nos dan en minutos capsulas que tranquilizan, que “enseñan” y que obturan. La certeza”. Y nosotros, como psicoanalistas, seguimos en el empeño de proponer una
pausa, un detenimiento, de rescatar el pensamiento y la singularidad. De no ser un numero más en el algoritmo, de rescatar lo hermoso y difícil de la subjetividad y la particularidad.
¿Por qué ser psicoanalistas? ¿Por qué esta pulsión no nos abandona?
Hoy nos encontramos aquí reunidos para que a través de un viaje generacional pensemos en el psicoanálisis, en sus modos de trasmisión, en que significa ser psicoanalistas en un mundo caótico, en guerra, en donde el dolor es tan intenso. Y, sin embargo, proponemos una labor de amor. Este último entendido como esa tarea de escuchar, ligar, acompañar y llegar a la verdad de cada quién. Una labor de amor en la que ambos en la dupla crecen y sufren, escuchan y son escuchados, y se subjetivizan el uno al otro. Trabajo imposible como nos dice Freud, pero en el que insistimos todos los días.
Escucharemos a nuestros nuevos candidatos, a los candidatos que pronto van a egresar, a mi querida Claudia Arias, analista madura, y al maestro Serapio Marcano. Planteamos un enlace generacional que nos recuerda la historia de nuestra sociedad. Un enlace de trasmisión del difícil arte de convertirse en psicoanalista. Y además un evento de celebración y vida.
Muchas gracias por acompaños hoy y todos los días en la gran aventura de ser psicoanalistas